Ir al contenido principal

La novia del guerrero (20)

—Esto no es un club.
—Ya me había dado cuenta. No soy tonta.
—No me entendés, lo que te quiero decir es que no cualquiera entra en la agrupación. Con buenas intenciones no alcanza.
—¿Y qué tendría que demostrarles?
—Conocimiento para entender la realidad social y compromiso para transformarla.
Liliana no contestó. Si hubiera podido, si se hubiera animado, le hubiera dicho al Renguito que el único compromiso al que ella aspiraba era el que se realizaba con un par de anillos, un novio, familia y amigos; pero ya le había escuchado alguna vez al Rengo, decir que que el matrimonio era una institución burguesa. Liliana no entendía muy bien que significaba eso, pero si lo decía el Rengo…
Dejó que el silencio se extendiera unos segundos más y después dijo:
—¿Entonces como hacemos?
—Bueno, la agrupación dicta unos cursos de formación política. Tendrías que asistir.
—¡Barbaro! ¿Cuándo empezamos?
—No es así de fácil. Yo te aviso si podés ir.
Liliana estaba asombrada de lo que había hecho. Lo había encarado al Rengo, y le había pedido que la dejara ir con él a la agrupación. ¿Qué seguía? Armar una coartada para que sus padres no se enteraran de lo que estaba por hacer. Estuvo un par de días pensando y barajando opciones hasta que concluyó que la mejor excusa para salir de la casa era decir que iba a sumarse al curso de Corte y Confección que hacían Elenita y Carmen. Después de todo, si le pedía a sus primas que la cubrieran, seguro que no se iban a negar. Además, su padre no iba a preguntar demasiado si se trataba de un asunto de mujeres, y su madre evitaba interesarse, preguntar o comentar nada que viniera de esa parte de la familia.
Resuelto el plan, había que preparar el terreno. Habló con sus primas y les relató una historia exagerada y romántica en la que ellas aparecían como las felices intermediarias para la concreción de un amor como ninguno. Con la venia de las chicas, pasó a convencer a su madre de lo conveniente que sería aprender Corte como sus primas. Doña Nélida, para evitar implicarse derivó el tema a su marido, que inmediatamente dijo que si. Faltaba que César Carlos le avisara cuándo y cómo.
Pasaron dos semanas hasta que el Rengo la abordó a la salida de la escuela.
—¿Podés estar este sábado a las diez en el Sporting?
—¿La reunión es en el Sporting?
—No.
—¿Entonces?
—No puedo darte la dirección. Si querés venir tenés que encontrarme en el Sporting y y te llevo.
Cuando volvió a casa, Liliana le dijo a su madres que a la mañana siguiente se iba con Elenita y Carmen. El sábado se levantó temprano y se arregló para salir. La elección de la ropa se puso complicada. Por un lado, tenía que salir lo suficientemente arreglada como para que sus padres creyeran que iba a estudiar, pero tampoco tan compuesta como para que el Rengo la viera como una burguesa.
Cuando tuvo resuelto el problema (pantalones vaqueros y remera de batik, zuecos de madera) y se disponía a irse a tomar el colectivo, doña Nélida insistió en que su padre la llevara en el auto. Liliana tuvo que inventar que la academia de Corte y Confección estaba en el centro, en el edificio de La Mundial. Fueron en el Peugeot hasta la esquina de Olmos y Rivadavia. Saludó a su padre, bajó del auto y entró al edificio. Se quedó unos minutos al lado del ascensor para asegurarse que su padre ya había arrancado. Salió y caminó rápido la cuadra que le faltaba  para llegar al Sporting. Cuando llegó el Rengo no estaba.
—Si esto fuera una cita de verdad sería un fracaso.— pensó.
Esperó cinco minutos rígida en la puerta del gimnasio de boxeo. Cuando se aburrió de estar parada se cruzó de vereda para mirar de cerca el frente de la sinagoga. Trató de deducir que querían decir las letras hebreas, hasta que por la forma del marco del texto, y la cantidad de renglones se dio cuenta que estaba delante de las Tablas de la Ley, y se sintió muy inteligente. Inmediatamente pensó que estaba faltando al mandamiento de honrar padre y madre, así que para distraerse caminó hasta el local de un anticuario, al lado del Centro Unión Israelita, para distraerse mirando la vidriera. Cuando había pasado media hora y ya se había resignado al fracaso sintió la voz de César Carlos.
—¿Viniste sola?
—Se dice “hola” primero.
—Dejate de pavadas. ¿Viniste sola?
—Si.
—¿Sos consciente del paso que estás dando?
Liliana no pensó. No podía pensar. Estaba al lado del Renguito. Sin Tito, ni Cacho, Moncho, Raquel o la Susy. Ni siquiera estaba la vieja de Francés, ni la “pito gordo”, ni nadie. Estaban él y ella. Solos. No había nada para pensar. Nada.
—Por supuesto que soy consciente.

Comentarios

Entradas populares de este blog

[casi] Historias reales. Los héroes deberían morir jóvenes.

Nunca terminaremos de entender: demasiado de lo que deseamos resulta demoledor. No estamos hechos de la materia de los titanes para cargar sobre nuestros hombros los dones que anhelamos. No saldremos indemnes.
De todos los atributos,  la juventud, el talento, la belleza,  el reconocimiento deben ser los mas solicitados. Helena los tuvo a todos. Fue joven y bella  (esto es quizás poco mérito: la belleza es obra de la casualidad, un feliz efecto del azar genético. La juventud nos es dada a todos por igual).  El ingenio de Helena fue que supo hacer de su hermosura  una exhortación a seguir mirándola. Invitaba a buscar el talento debajo de la superficie. Cuando no pasaba de los veintidós o veintitrés años, a fines de la década del 80,   ya había cubierto un buen centimetraje de prensa. Era graciosa, audaz, simpática. Podía ser encantadora, cruel o insidiosa al mismo tiempo. Jamás  perdía la calidad de "it girl", como una nueva Clara Bow. Estaba donde las cosas pasaban, y su pres…

Baigorria (20)

No me gusta salir del barrio. Menos de noche. Si accedí a subirme al auto de Gómez y viajar hasta Alta Gracia fue por la necesidad de terminar con todo este asunto. Además, toda la zona de Paravachasca me trae recuerdos de Sara Sandler, de tardes en el río en La Paisanita, de fotos al lado del Hongo (ese mirador extraño en el medio del río) de momentos mejores que estos que les relato. El trayecto fue más rápido de lo que esperaba. El tramo por la autopista no nos llevó más de veinticinco minutos, en los que Gómez apenas me dirigió la palabra. Recién después de cruzar el norte de Alta Gracia y buscar un camino de tierra empezó a darme indicaciones: —Tratá de no hacer cagadas. —Chuy. —No contestés como un pendejo —Re-chuy —Baigorria, sos un pelotudo bárbaro y si me contestás “chuy” de nuevo te meto un balazo y te tiro en una cuneta.

Siesta.

Maté a un niño. ¿Soy un monstruo? Fue mucho más fácil de lo que pensaba. Acabo de entender que ni siquiera hace falta ser inteligente para matar. Por el tamaño ni siquiera va a costar deshacerse del cuerpo. En una bolsa de consorcio entró bien. Raro. Nunca me imaginé que fuera así. Debe ser porque la literatura va creando una imagen ligeramente distorsionada de las cosas. Siempre pensé en que estas situaciones eran el resultado de la perversidad, la locura, o el cansancio; como en ese cuento de Chejov, donde la niñera ahoga al bebé. No. Las razones pueden ser infinítamente más pedestres. Infantiles incluso. ¿Dije infantiles? Si. Ahora me doy cuenta. El paisaje era el mismo. ¿Para qué inscribí a mi hijo en la misma escuela a la que fui yo. Tendría que haberlo pensado antes. Una persona con una memoria como la mía nunca termina de hacer desaparecer la basura que va juntando en el fondo de los recuerdos. Tampoco perdona. No importa. Ya sucedió. No es relevante.  ¿Éste es el monstruito que…