Ir al contenido principal

La novia del guerrero (16)

Aunque Madame Berazategui era joven, para Liliana era “esa vieja de francés”. La había visto por primera vez durante los últimos días de clase del año anterior. Según le comentaron, había sido designada para reemplazar a Monsieur Gómez, ya que finalmente al viejo le había salido la jubilación.
En realidad, los primeros en detectar la presencia de la nueva docente fueron los varones. Madame debía tener unos veinticuatro años, y físicamente recordaba un poco a Chunchuna Villafañe. Es más, alguno de los muchachos de quinto año se había atrevido a decirle aquel latiguillo de las publicidades de Sylvapen (fammi guau); lo que terminó con una fuerte demostración de temperamento por parte de Madame, y cinco amonestaciones para el ocurrente.
Liliana ya estaba anoticiada  de eso cuando tuvo el encontronazo. Como en todos los principios de año, la primera semana de clases era ocupada por chicos y chicas en conversar sobre las vacaciones. Liliana estaba ansiosa por relatar la versión que había preparado de la estadía en Nono, la gente interesante con la que había tratado y sobre todo, el muchacho que había conocido. Cuando estaba por llegar su turno para hablar vio que la Susy se llamaba rápidamente a silencio. Detrás de ella escuchó una voz que les hablaba con un acento entre Alliance Française y casona de Nueva Córdoba:
¿Pourquoi autant de mots?
La Susy y Raquel no atinaron a decir una palabra. Un poco porque Madame Berazategui las había agarrado por sorpresa, y otro poco porque no entendían muy bien, ya que durante los años cursados con Monsieur Gómez, aprobaban sin aprender realmente gran cosa. Liliana en cambio se sentía en vena para la provocación. Después de todo, ¿quién se creía que era Madame para desconocer la tradición de no hacer nada durante la primera semana de clases? Disfrutando de antemano la aprobación que iba a generar su picardía, se tomó el trabajo de darse vuelta muy lentamente, hasta que se encontró cara a cara con la profesora, y con una pronunciación forzadamente imperfecta le contestó:
Ye ne le comprán pa.
Lo que siguió fue para Liliana el equivalente a saltar en una pileta vacía. Primero el silencio. Le pareció eterno, sobre todo porque había esperado que su participación fuera festejada con una salva de carcajadas. Pero eso nunca ocurrió. Alrededor suyo las chicas estaban impávidas. La Susy miraba a Madame Berazategui como si estuviera delante de la novia de Frankestein, y Raquel, parecía haber desarrollado un repentino interés por las baldosas. Un poco más allá, Tito y Moncho hacían como que copiaban el horario. Liliana volvió a mirar a Madame. Tenía los pómulos altos, los ojos grandes y azules, y una boca perfecta; pero en ese momento lo que más le llamó la atención fue un rictus duro, insinuado hacia un lado. Podía ser tanto una semisonrisa como una mueca.
Liliana empezó a sentir calor en la cara y que le transpiraban las manos. Volvió a mirar alrededor buscando al Renguito, pensando que si el año pasado la había salvado de la lección de la “pito gordo”, ahora debería hacer lo mismo. Pero no fue así. Estaba muy ocupado junto con Cacho, dibujando lo que le pareció el esquema de una cancha de fútbol. Sentía  que iba a llorar en cualquier momento cuando volvió a escuchar la voz de Madame, pero esta vez en castellano.
—Ya que no entiende, se lo digo de una vez y en nuestro idioma: O me pide disculpas delante de sus compañeros, o se va a la dirección.
Liliana salió en silencio del aula. Había considerado que pedir disculpas hubiera sido una claudicación inadmisible. Mientras caminaba hacia afuera, fantaseaba con la dignidad de Juana de Arco marchando hacia la pira, y sintió que era un momento trascendente. Sus compañeros, en cambio, comentaba tanto la falta de astucia como la carencia de gracia. Koster, con su habitual parquedad se limitó a decir:
—Quedó como una estúpida.
A pesar de que Liliana había escuchado el comentario de Koster, no fue eso lo que más le hizo sentir la humillación. Lo peor fue lo que tuvo que ver cuando regresó al aula con las amonestaciones. Delante de todo el curso, parado a un lado del escritorio, el Renguito actuaba uno de los diálogos de la lección de francés junto con la profesora. Y sonreía.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Declaración de intenciones

  Diré —con absoluta certeza— que no reconstruiré el templo de Jerusalén. Que no llevaré al proletariado al paraíso de los trabajadores, ni escribiré una canción que una a los pueblos. No creo que llegue a cruzar el Egeo, ni el Tirreno, ni el Adriático, para fundar Alba Longa y engendrar emperadores. Difícilmente arroje la piedra que derrote gigantes, ni soporte el llamado de las sirenas atado a un mástil. No es probable que busque Oriente por Occidente, ni que cruce mis barcos por tierra, sobre un istmo. No es probable, siquiera, que tenga un barco. No inventaré la rueda, ni el bronce, ni el pentámetro yámbico. No viajaré a Bali a ver bailar las máscaras, ni me santificaré en el Ganges. No buscaré la entrada del infierno en medio del camino de mi vida, ni tendré que optar entre el amor de Ofelia y la venganza de mi sangre. Gracias, Dios, por todos esos dones que no tengo.

Precisión histórica y aburrimiento: El caso de "El Hombre del Norte"

      Una de las primeras cosas que se aprendía en la carrera de historia era las diferencias entre historia e historiografía, y entre los datos y la reconstrucción o relato histórico. Para hacerla cortita, uno tenía que tener claro que cualquier historia que se relatase, terminaría de alguna manera hablando también de nuestro tiempo, además del período que pretendía reconstruir.     Otra cosa que se aprendía, pero con el correr de los años y las lecturas, era que la precisión y la calidad científica no se emparejaba así nomás con la calidad literaria. Nadie dudaba de la genialidad de Tulio Halperín Donghi, pero tampoco había estudiante alguno que se entusiasmara con su prosa.     Por otra parte, y esto lo aprendí saltando entre la escuela de Historia y la de Letras, me fui enterando que la coherencia de los relatos, depende muchas veces de las reglas internas del universo que crea el autor. A veces una aventura espacial era más creíble que una crónica...

Dobles.

Para SL en su cumpleaños. Como pasa seguido en la literatura argentina, la culpa la tuvo Borges. Él puso de moda eso de andar usando dobles que hicieran el trabajo  por uno, que llevaran el peso de las relaciones públicas y dijeran ingeniosadas por ahí. Dicen que había conseguido un cabalista que por unos pocos pesos le hizo el golem con su aspecto para que andara caminando titubeante de la mano de Kodama, sosteniendo el papel de escritor de laberintos y tigres, mientras Borges andaba tranquilo por los piringundines de los barrios del sur. El problema fue cuando todos los escritores, los consagrados y los principiantes, se vieron en la necesidad de tener un doppelganger que llevara una vida interesante por ellos. Por suerte gracias a Madonna que se convirtió a la Kabalah, esta chapucería hebrea de andar creando seres con palabras se puso de moda. Hoy encontrás fácilmente quien te hace un doble como antes aparecían por el barrio nuevos estudios de Pilates, parripoll...