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Muertos

  Un muerto es un muerto, o eso creemos. A veces es más. O es menos que eso. Un muerto puede ser una pancarta, o una insignia, una moneda de cambio, o una cifra. Hay muertos de los que nadie se acuerda, y hay otros de los que debemos acordarnos por decreto. Muertos que nadie reclama, tirados en una zanja o en la mesa de una morgue. Y otros que no se van, aunque queramos. Salimos a gritar por nuestros muertos, competimos por ellos, los ponemos en tablas de posiciones, en un torneo de muertos célebres y reivindicables. Nos esforzamos en que la bandera de nuestro muerto sea mejor que la del muerto enemigo. Mientras tanto, poco hacemos por los vivos, que de una manera u otra llegaran a ser muertos para que unos y otros exhiban o denuesten. País perverso es este en que vivimos, esperando la muerte solamente  para tener qué cargarle al oponente.
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Habana 87

  Cuando en el verano de 1987, algunos de mis conocidos viajaban a la Florida para sumergirse en el templo de la alegría capitalista que era (y debe seguir siendo) Disneyworld, mis padres me llevaron a conocer Cuba. La Cuba de entonces no era el destino de las empresas españolas de turismo. Todavía existía la URSS, por lo que la isla se dedicaba sobre todo a enviar azúcar a los rusos, y a recibir el turismo del bloque socialista: gente de un color blanco imposible, aún para mí, que desciendo de moldavos y ucranianos. En la Argentina de 1987 irse a Cuba era para los curiosos o los socialistas. Como mi familia pertenecía a este segundo grupo, habíamos contratado un paquete turístico que incluía en partes iguales, destinos de playa, de historia colonial e historia revolucionaria. Íbamos a conocer el caribe, y a la vez, empaparnos del humanismo socialista, supuestamente tan lejano al consumismo desenfrenado de la Florida.  Para llegar, había que subirse a un avión de Aeroflot que condensab

Gaza 2021

Cruzan las luces el cielo. Son misiles, no estrellas fugaces ni cometas, no. Morirán personas que mañana serán números en un diario, solo manchas de tinta. Ya nadie se acuerda cómo empezó esto. Si Yahveh, sus profetas, o los romanos… O quizás la diáspora o Masada? No lo se. Pero en algún lugar los cadáveres huelen. Y los hijos y los padres de cualquier bando no hacen más que pedir por sangre y una tierra, por la que salen a matarse día a día. Ya nada augura otra cosa que pólvora y venganza. Habrá un mañana (siempre hay) pero igual  que ayer y que anteayer. Una sucesión  interminables de cuerpos, de podredumbre y muerte, en nombre de un dios ausente.

Un año después (Nocturno nºXV)

 Otra noche fría estoy en casa como el año pasado, pero no porque este año es menos cruel. No me he vuelto más sabio, no. Tampoco más cínico, o prudente pero el tiempo y el dolor enseñan. No es gran cosa, pero es todo: Prestar atención a los que quiero y no distraerme en los imbéciles. Recordar lo bello (una plaza, una playa, en el mar o la sierra, los hombros de Mariana) No necesito más. La confusión y la estridencia, volverán, pero soy más viejo. Estoy preparado.

21 de abril

La noche, la noche, la noche, la noche la idea da vueltas, da vueltas, da vueltas y llega o no llega, no llega, no llega... un poema escapa, quizás otro llega. No es un tiempo fácil, si alguna vez hubo. Nunca un tiempo fácil. Nunca. No es quizás la peste, lo que más altera sino la miseria, peor que la peste. Miseria del alma, miseria de gentes. Miseria que cala los huesos, que sale a pasear desembozadamente, que sale a reírse del pobre y desnudo. Miseria  quien cree que es bueno y mejor Miseria que cree ser misericordia, Miseria que mata, que hiere, que embota. La noche, la noche que vuelve, que hiere ideas que parten, no llegan, se pierden, poemas que escapan, tristeza que llega.  

Otoño 2021

  Las noticias saltan sin continuidad de un tema a otro: un escritor muerto (me entero por comentarios de amigos que se conduelen, no lo conocí), la pandemia se esparce como una mancha de aceite... Los días de otoño traen el fresco y la belleza de las hojas amarillas. También traen la muerte. Si existe un dios, le gusta la ironía, pienso; pero no me detengo demasiado en cavilaciones. Por suerte el hambre nos impulsa a salir de casa. Los días que vivimos son amargos, a veces, pero no peores de los tiempos que vivieron los mayores. Dante o Bocaccio sufrieron también y a pesar de todo vieron la belleza de las cosas. Regodearse en sufrir es vanidad. Sin duda. No tengo una vida reposada, pero tengo vida. Y puedo sentarme a escribir estas líneas. Tengo mucho más que otros. Cincuenta y un años y el amor de los míos, y tiempo para pensar versos No puedo estar más que agradecido.

Choque

Retumban desde lejos, como un eco como un requiem: tus pasos son muy lentos, majestuosos. Me llevo la mano a la cara, me acomodo el cabello (frondoso todavia, a mi edad) y te miro llegando, ¿cómo puede la belleza conjugarse en tus pisadas, en tus manos, en tu pelo, en tu mirada triste, en el  borde de tu boca, en el ruedo de tu falda? Evitamos mirarnos por un rato. Levantaste la tapa del teclado del piano, y jugaste con las teclas, sugiriendo una frase, golpeando apenas con los dedos en las notas. ¿Qué  viene de afuera? Por la ventana se cuela el  ruido de una radio, un auto interrumpe tu misterio. Tu belleza sigue entera, pero el  momento se ha quebrado. Quizás nunca  vuelva a verte así. De la esquina viene un estruendo de vidrios rotos y metales golpeteando, gritos, pasos, arrebatos. Ambulancias, sirenas. Nadie ha muerto pero siento que algo se ha perdido. ¿Cuantas veces más podrá revelarse la belleza? ¿Una, dos? O nunca.