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Versiones 2: Ne me quitte pas

“...l’ombre de ton chien...”  repite Dina mientras la voz de Jacques Brel suena en un taxi que la lleva por Boulevard Chacabuco. Hacía años que no lo escuchaba. Recuerda la sensación de ridículo que le producía escuchar “Ne me quittes pas”. ¿Quién podía ofrecerse a ser la sombra de un perro? Existían personas capaces de sentir así? Mientras el vuelve a su casa, estrofas enteras toman por asalto su cabeza:
“...Oublier ces heures
Qui tuaient parfois
A coups de pourquoi
Le coeur du bonheur...”

“Matar a golpes de por qué el corazón de la felicidad”. Detenidos en el semáforo de Plaza España siente que el corazón se le encoge de dolor. Quiere llorar. No puede. Le da vergüenza. Está el conductor.
“No me dejes” ¿Quién dejó a quién? ¿Su marido se fue? ¿Cuándo? La ruptura se había producido antes de la partida.¿Pero había realmente una ruptura? ¿Acaso sentía algo por Esteban? Pregunta incorrecta. ¿Sentía? ¿Tenía capacidad para sentir?
A la altura de Plaza Alberdi llega a una conclusión. Si algo le hab…
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Versiones 1: All Through the Night

All through the night I'll be awake and I'll be with you All through the night  This precious time when time is new Oh, all through the night today Knowing that we feel the same without saying

¿Estás respirando? La puta madre que te re mil parió, ¿estás respirando? Hablame, decime algo. Aunque sea insultame o haceme enojar, repetime alguna de esas estupideces con la que te gusta hacerme rabiar. Despertate, de una vez y yo voy a poder dormir. ¿Dormir? Quiero soñar, pero sin sueños, estar suspendido en una sensación de no necesitar nada. Saber que estás bien.
¿Cuánto tiempo llevo sin dormir? Una vez vimos un documental juntos de una persona que murió de insomnio familiar fatal, y te hice jurar que si alguna vez llegaba a sucederme algo como eso,  vos ibas a saltarme encima con la almohada hasta ahogarme. No vas a poder hacerlo. Y el único insomnio que tengo no está causado por una degeneración cerebral, sino por vos.


We have no past we won't reach back Keep with me forward all thro…

[casi] Historias reales. Los héroes deberían morir jóvenes.

Nunca terminaremos de entender: demasiado de lo que deseamos resulta demoledor. No estamos hechos de la materia de los titanes para cargar sobre nuestros hombros los dones que anhelamos. No saldremos indemnes.
De todos los atributos,  la juventud, el talento, la belleza,  el reconocimiento deben ser los mas solicitados. Helena los tuvo a todos. Fue joven y bella  (esto es quizás poco mérito: la belleza es obra de la casualidad, un feliz efecto del azar genético. La juventud nos es dada a todos por igual).  El ingenio de Helena fue que supo hacer de su hermosura  una exhortación a seguir mirándola. Invitaba a buscar el talento debajo de la superficie. Cuando no pasaba de los veintidós o veintitrés años, a fines de la década del 80,   ya había cubierto un buen centimetraje de prensa. Era graciosa, audaz, simpática. Podía ser encantadora, cruel o insidiosa al mismo tiempo. Jamás  perdía la calidad de "it girl", como una nueva Clara Bow. Estaba donde las cosas pasaban, y su pres…

Baigorria (21 - Final)

Las semanas pasaron sin que nada pasara. Después de todo, fuera del entorno del Barrio, poca gente recuerda que existe el Museo de la Industria y que ahí estaba guardado el Papamóvil de la visita de Wojtyla de 1987. En el diario salían noticias de temas que preocupaban más a la gente o a los editores. A los directivos del Museo y a los insoportables de la Asociación de Amigos del Transporte los tranquilizaron con una réplica que la Renault armó a las apuradas en la Planta de Santa Isabel. Y siguiendo con la lista de insoportables y fanáticos, loa pocos militantes visibles de los Legionarios de Cristo no hicieron ningún comentario sobre su vinculación en un incidente que de acuerdo a la prensa nunca había sucedido. Además, como nunca comentaban abiertamente quienes eran sus  miembros, tampoco comentaron nada sobre el accidente del ministro. ¿Qué accidente? Bien, resulta que si alguien se atrevía a preguntarle al ministro por los moretones, contestaba que se había caído por la escalera.

Baigorria (20)

No me gusta salir del barrio. Menos de noche. Si accedí a subirme al auto de Gómez y viajar hasta Alta Gracia fue por la necesidad de terminar con todo este asunto. Además, toda la zona de Paravachasca me trae recuerdos de Sara Sandler, de tardes en el río en La Paisanita, de fotos al lado del Hongo (ese mirador extraño en el medio del río) de momentos mejores que estos que les relato. El trayecto fue más rápido de lo que esperaba. El tramo por la autopista no nos llevó más de veinticinco minutos, en los que Gómez apenas me dirigió la palabra. Recién después de cruzar el norte de Alta Gracia y buscar un camino de tierra empezó a darme indicaciones: —Tratá de no hacer cagadas. —Chuy. —No contestés como un pendejo —Re-chuy —Baigorria, sos un pelotudo bárbaro y si me contestás “chuy” de nuevo te meto un balazo y te tiro en una cuneta.

Baigorria (19)

–¡Vos si que no te privás de nada, Betito! ¿Te ofreciste a probar la nueva tecnología en combate del delito? Despertar en una comisaría es malo. Que además te duela la cabeza y la espalda por que te dispararon con una pistola de electrodos es peor. Sumarle la voz estridente de Casipupi es infernal.  Mientras me tocaba la espalda para ver si me había quedado alguna lastimadura, intenté contestarle: –¿Qué hacés acá? –Y….,  vos viste como es con los chicos. A los dos boludos que tengo de hijos los agarraron en pedo tirándole piedras a una vidriera, y acá estoy sacándolos. Yo le decía a mi mujer que hay que dejarlos que se caguen por estúpidos, pero… Miré a Casipupi de arriba abajo. Realmente no sabía si contestarle o no, porque en realidad, más allá de lo que yo decidiera, él seguiría hablando todo el tiempo que se le antojara. Y de hecho lo hizo. Traté de distraerme poniendo atención al resto de los sonidos del lugar. A medida que iba recuperando el uso de mis sentidos me di cuenta que el t…

Baigorria (18)

No sé cuanto tiempo me llevó el trayecto desde mi casa hasta el galpón de los coreanos en la calle Suipacha. La rabia me había hecho perder las ideas de tiempo y de distancia. Recuerdo haber salido por la calle Antranik con el sonido de los gritos de Rújale de fondo. Inmediatamente después estaba delante de la puerta de lo que había sido el taller de los armenios, evaluando la mejor manera para entrar. No tenía otra herramienta más que la pistola. Cuando me disponía a balear la cerradura vi que desde la esquina se acercaba un auto. Nadie manejaba a esa velocidad a la madrugada de un día de semana por barrio Pueyrredón. Salvo que fuera un policía. Gómez. Bajé la pistola. El auto se detuvo. Gómez se bajó del auto. Estaba mal vestido. Seguramente Raquelita lo había llamado. No se porqué, pero sentí que la situación ameritaba un comentario gracioso y amigable: —Gómez, querido, no trajiste la ropa adecuada para esta fiesta. Gómez no tenía un ánimo gracioso ni amigable. —Beto Baigorria, loco de…