Ir al contenido principal

La novia del guerrero (17)

Dejó  que el timbre del teléfono fijo sonara, con la esperanza de que, quien fuera que llamara, se hartara y colgara. Pero como siguió más allá del límite de su paciencia, finalmente atendió.
—Hola.
—¿Hablo con Liliana Petrini?
—Si. ¿Quién habla?
—Irina Monti. Yo estuve con vos…
—Me acuerdo.
—Perdón, ¿te hablo en un mal momento?
—Para nada. ¿Por qué lo decís?
—Bueno, tardaste mucho en atender. Ya casi colgaba. Además saludaste un poco parca.
—No.
—Bueno, ¿puedo hacerte unas consultas?
—Me parece que en la entrevista te conté todo lo que necesitabas.
—Bueno, si… pero…, me gustaría cotejar algunos detalles; porque a veces hay diferencias en  las versiones.
—¿Qué? ¿Alguien te dijo que mentí?
—No, para nada. Como voy a decir eso. Lo  que pasa es que…
—Mirá, la Susy no se enteraba de nada porque vivía y vive en su nube de pedos, así que deberías dudar de ella, no de mi.
—Si estás hablando de Susan Greenfield, te aclaro que ni llegué a hablar con ella porque me dijo que se volvía a Jujuy.
—Ah. Igual no ibas a sacar nada que valiera la pena de ella. De todas maneras hacés mal en dudar de mí. Raquel es muy fantasiosa.
—No. No te equivoques. Raquel y vos hablaron de historias que ni se cruzan ni se contradicen. Donde encuentro algunas diferencias es con el testimonio de Paloma Bensimón.
¡NInguna de nuestras compañeras se llamaba así!
—No, por supuesto. No era compañera tuya. Es que no me das tiempo para que te explique. Además, ella volvió a usar el apellido de soltera cuando quedó viuda. Vos la conociste como Ramirez.
Liliana se quedó muda. Después de un tiempo prudente sintió del otro lado del teléfono la voz de Monti.
—¿Se cortó? ¿Estás ahí todavía?
—Llamame en otro momento. Me surgió algo urgente.
Y cortó.
Liliana estaba estupefacta. Empezó  a combinar posibilidades de nombres buscando que alguno coincidiera con la imagen de algún conocido: Paloma Bensimón. Paloma Ramirez. Paloma Bensimón de Ramirez. Señora  Ramirez. Señora Bensimón. Señora de Ramirez.
Señora de Ramirez.
Nono.
El chico Ramirez.
El chico Ramirez, que conocía al Rengo. Hijo del Doctor Ramirez, que conocía a su padre de Tribunales. El de la hermanita antipática.
El chico con el que trató de darle celos al Rengo, cuando se enojó con él.
¿Pero qué tenía que ver eso con su historia? ¿Acaso el chico Ramirez había sido importante? De ninguna manera. ¿Por qué Irina Monti contrastaría un detalle nimio de su historia con el Rengo, con la señora de Ramirez?
Paloma Bensimón de Ramirez
Paloma Bensimón.
Mientras más repetía el nombre, más eco hacía en su cabeza. Paloma Bensimón era alguien conocido. Alguien que debía estar en internet. Pero Liliana no tenía computadora.
—¡El teléfono!  —dijo sobresaltada— Esa porquería que me hizo comprar Sibila.
Buscó en el fondo de la cartera hasta que encontró el aparato.
—Bueno chiquito, se ve que para algo ibas a servir.
Entender como funcionaba el navegador de internet le llevó unos cuarenta minutos que fue aderezando con insultos varios. Finalmente encontró como poner en Google el nombre.
—Pa-Lo-Ma-Ben-Si-Mon, —fue silabeando mientras tecleaba— Ahí vamos.
Y apretó el comando que correspondía al “enter”
—¡Mierda!
—En la primera foto que apareció pudo reconocer a la misma Señora de Ramirez del balneario de Nono. Mucho más vieja, ya sin el estudiado aire de nonchalance. Estaba sentada en el banco de juzgado, con mujeres de su misma edad y aspecto. Todas con pañuelos blancos en la cabeza.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Muertos

  Un muerto es un muerto, o eso creemos. A veces es más. O es menos que eso. Un muerto puede ser una pancarta, o una insignia, una moneda de cambio, o una cifra. Hay muertos de los que nadie se acuerda, y hay otros de los que debemos acordarnos por decreto. Muertos que nadie reclama, tirados en una zanja o en la mesa de una morgue. Y otros que no se van, aunque queramos. Salimos a gritar por nuestros muertos, competimos por ellos, los ponemos en tablas de posiciones, en un torneo de muertos célebres y reivindicables. Nos esforzamos en que la bandera de nuestro muerto sea mejor que la del muerto enemigo. Mientras tanto, poco hacemos por los vivos, que de una manera u otra llegaran a ser muertos para que unos y otros exhiban o denuesten. País perverso es este en que vivimos, esperando la muerte solamente  para tener qué cargarle al oponente.

Un año después (Nocturno nºXV)

 Otra noche fría estoy en casa como el año pasado, pero no porque este año es menos cruel. No me he vuelto más sabio, no. Tampoco más cínico, o prudente pero el tiempo y el dolor enseñan. No es gran cosa, pero es todo: Prestar atención a los que quiero y no distraerme en los imbéciles. Recordar lo bello (una plaza, una playa, en el mar o la sierra, los hombros de Mariana) No necesito más. La confusión y la estridencia, volverán, pero soy más viejo. Estoy preparado.

Habana 87

  Cuando en el verano de 1987, algunos de mis conocidos viajaban a la Florida para sumergirse en el templo de la alegría capitalista que era (y debe seguir siendo) Disneyworld, mis padres me llevaron a conocer Cuba. La Cuba de entonces no era el destino de las empresas españolas de turismo. Todavía existía la URSS, por lo que la isla se dedicaba sobre todo a enviar azúcar a los rusos, y a recibir el turismo del bloque socialista: gente de un color blanco imposible, aún para mí, que desciendo de moldavos y ucranianos. En la Argentina de 1987 irse a Cuba era para los curiosos o los socialistas. Como mi familia pertenecía a este segundo grupo, habíamos contratado un paquete turístico que incluía en partes iguales, destinos de playa, de historia colonial e historia revolucionaria. Íbamos a conocer el caribe, y a la vez, empaparnos del humanismo socialista, supuestamente tan lejano al consumismo desenfrenado de la Florida.  Para llegar, había que subirse a un avión de Aeroflot que condensab