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La novia del guerrero (4)

Raúl Koster llevaba el pelo rubio cortado al estilo militar. No era dado a la conversación. Con los adultos hablaba solamente si primero se habían dirigido a él, y con sus pares seguía unas pocas reglas sencillas: si los consideraba personas muy capaces, los escuchaba atentamente, si estaban a su misma altura, era llano y franco, y si estaban por debajo de él, no perdía el tiempo en prestarles atención. Apenas conoció a Liliana, en el curso de preparación para el examen de ingreso de la escuela, la colocó en éste último grupo. No fue desagradable ni agresivo, solamente actuaba como si la chica no existiera.
Liliana toleraba mal la falta de atención, Estaba acostumbrada a los aplausos que durante años le habían prodigado en los actos escolares y era la alumna más destacada en la academia de declamación. Primero consideró que Raúl era raro; después, que era una molestia; y finalmente, el enemigo. La declaración de guerra total se produjo cuando el primer día de clases de la secundaria se encontraron formando fila en el mismo curso. Raúl levantó la vista de una revista, y cuando se dio con la cara de Liliana le dijo:
—¡Ah! Entraste.
Y Liliana sintió que su singularidad y talento estaban siendo cuestionados. Decidió que si ella era la encarnación de todo lo bueno, Koster representaba todo lo contrario, por ejemplo: si ella se consideraba progresista, él seguramente era reaccionario, y de la misma manera con todo lo que considerara una virtud. En una clase de la “pito gordo” sobre Sarmiento, Liliana se identificó con la idea de civilización, concluyó entonces que Raúl y sus acólitos eran la barbarie. Desde ese día empezó a referirse a ellos como “los bárbaros”.
Con el pasar de los cursos, lo que parecía una definición simple del campo enemigo empezó a dar problemas. Koster no se comportaba como un doble opuesto. No solo que no era malo en aquello en lo que Liliana se consideraba buena, sinó que en algunas materias era francamente mejor. Para justificarse, Liliana empezó a tejer fantasías delirantes que compartía con Raquel y la Susy: “El padre de Koster trabaja en la S.I.D.E. y tiene a los profesores amenazados, por eso saca buenas notas”.“La familia de Koster tiene casa en Calamuchita, como todos los nazis refugiados que entraron durante el gobierno de Perón”.“Koster sabe química porque el padre nazi agente de la S.I.D.E.  le explica”
Raquel, a pesar de su origen judío, no se impresionaba con los comentarios de su amiga. La Susy, en cambio, abría los ojos con asombro. De todas maneras, esto no conformaba a Liliana, que siempre había considerado a la Susy una chica demasiado simple. Conseguir su apoyo no era gran mérito.
El esfuerzo por separar las fuerzas del cambio de las de la reacción, se hundió en el fracaso cuando en Tercer año se organizó el equipo de básquet y Cacho se hizo compinche de Raúl. Liliana no podía dudar de la filiación ideológica de Cacho. Había estado en su casa y había visto en el living una pila de revistas entre las que había varios ejemplares de “Crisis” y de “Jerónimo”, aunque la gran mayoría eran número viejos de “Hortensia”. No era aceptable que su amigo se juntara con su enemigo.
Para terminar con el peligro de la infiltración, decidió llevar a cabo un interrogatorio. Habían salido de la escuela, y faltaba media cuadra para llegar a la esquina donde solían sentarse a fumar. Raquel ya había encendido un cigarrillo y Tito jugaba con el encendedor mientras cantaba el jingle de “Virgina Slims”. Moncho y Cacho caminaban unos pasos atrás, comentando un partido de fútbol. Cuando pararon en la verja de la casa de la esquina, Liliana sacó su mejor voz dramática:
—Esto así no va más, Cachito. ¿De qué lado estás?
—¿Cómo?— contestó Cacho.
—Definite.
—No entiendo.
—Que te definas. Ellos o nosotros.
—¿Quiénes son “ellos”?
—Los “bárbaros”
—¿De qué hablás? Te juro que no te entiendo.
—No te hagas el estúpido.
—No me tratés de estúpido que yo a vos no te trato de pelotuda.
—¡¿Que?! ¿Te atrevés a decir que soy una pelotuda? ¡Ves como los “bárbaros” te lavaron el cerebro!
—Decime que esto es una joda— le dijo Cacho a Raquel. Raquel se limitó a subir los hombros mientras soltaba el humo. Tito, ignorante de la discusión, hacía equilibrio en el cantero del jardín de la casa, mientras Moncho calculaba en que momento se caería al piso.
Liliana subió la apuesta:
—¿Qué le contaste de nosotros a los “bárbaros”?
—Si me estás haciendo un chiste, no tiene gracia. ¿A qué jugás? ¿A la purga?
Liliana no sabía qué era una purga, pero no estaba dispuesta a mostrar flaqueza. Recordó una obra de teatro político que había visto meses atrás en el Teatrino de Ciudad Universitaria, y echó mano de la escena que le había parecido más significativa. De un salto, tomó a Cacho por el cuello y le gritó:
—¡Defínete, Burgués!.
Lo siguiente que se escuchó fue la cachetada que Cacho le cruzó en la cara. Raquel seguía impávida mirando el humo. Liliana, primero respiró hondo y contuvo el aire unos segundos. Después exhaló y empezó a llorar entre alaridos, mientras Cacho y Moncho se iban caminando lento. Tito no cantaba más, trataba que Liliana dejara de gritar. La escena se mantuvo unos minutos hasta que la dueña de la casa apareció en el jardín con dos bulldogs.

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