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La novia del guerrero (2)

Raquel y la Susy le decían "la novia del guerrero". Ella jugaba a hacerse la ofendida. Todas sabían que no le molestaba, porque a todas les gustaba el Renguito.  Por las mañanas,  mientras se demoraban para fumar antes de entrar a la escuela, la Susy la cargoseaba, mientras Raquel encendía una ronda de sus "43 70".
A las tres mujeres les gustaba el aura de independencia que creían emanar cuando tenían un cigarrillo en la boca. Raquel era especialmente hábil para sostenerlo en una situación de equilibrio inestable, copiada de la imagen de Faye Dunaway haciendo de Bonnie Parker en "Bonnie & Clyde". Incluso se había comprado una boina para perfeccionar el parecido.
La Susy era más recatada. Fumaba buscando siempre un alero o una tapia que la cubriera. La aterrorizaba la posibilidad de que la viera algún conocido de sus padres. A Liliana no le importaba porque le divertía la fantasía de que algún día, al volver a su casa, le increparían su comportamiento descocado. Ella contestaría furiosa con una arenga libertaria. En su cabeza tenía ensayadas distintas variantes de la escena. En todas se erguía victoriosa al final.
Con el tiempo, estos encuentros a la entrada o la salida de clases, fueron incorporando a otros compañeros de curso. El primero fue Tito. Las chicas lo aceptaron, a pesar de que no tenían ningún interés particular en él, porque tenía un encendedor Carusita que no se apagaba con el viento. Tito era el más chico del curso y también el más bajo. Tenía una cara delicada y un poco andrógina. Los varones no lo segregaban, pero tampoco lo trataban como uno de los suyos. La chicas lo incorporaron de a poco como parte del paisaje o como un mandadero servicial. A Liliana le gustaba compararlo con el personaje de la película "El mensajero", que habían ido a ver por indicación de la profesora de ingles. Para completar el argumento, ella tendría que ser Julie Christie y el Renguito, Alan Bates.
Después apareció Moncho pidiendo fuego. Con el tiempo ganó confianza, dejó de llegar con su etiqueta de "Particulares" y se dedicó a fumar de prestado los "43 70" de Raquel. Lo que no le impedía criticar:
—¿Por qué comprás esta porquería?
—Si no te gustan, traé los tuyos. —contestaba Raquel.
—Las chicas modernas e independientes fuman "LM" o "Jockey Club"... —decía Tito sin que nadie le prestara atención.
La Susy enseguida aportaba :
—A mi me gustan los "Kent", son como más... sofisticados.
Liliana no seguía la conversación, enfrascada en tratar de hacer anillos de humo. Tenía la idea de que era una habilidad que la volvería irresistible.
La discusión terminaba cuando Raquel guardaba la etiqueta y les espetaba:
—Al que no le gusta que no pida; estos los consigo porque es la marca de mi viejo y el almacenero me los vende sin preguntar.
Y Moncho se callaba con tal de ahorrarse sus "Particulares".
Cacho no fumaba pero se incorporó al grupo porque era amigo de Raquel. Se conocían desde chicos porque sus padres habían militado juntos en el Partido Comunista, y juntos también, habían sido expulsados por leer la revista Pasado y Presente.
El último en sumarse fue el Renguito. En realidad, cuando lo conocieron, al comenzar el segundo año de la escuela, lo llamaban por su nombre: César Carlos. El apodo se lo debía al profesor de matemática, que cuando tomó lista le preguntó:
—¿Vos sos el hijo del Rengo?
Y de ahí en más empezó a llamarlo Renguito, y fue Renguito para todos los demás.
Al poco tiempo empezó a destacarse en el fútbol. De esa manera se ganó el respeto de los compañeros. Después del primer torneo intercolegial César Carlos dejó de ser "el nuevo" para ser el "Capitán Renguito". Estaba dotado de dos de las virtudes más grandes que se pueden tener en la cancha: era inteligente para pararse y ver venir la jugada, y generoso con sus compañeros en el armado. Era un fuera de serie y se lo reconocieron de inmediato.
A las chicas se las ganó rescatando a Liliana en una lección oral durante una clase de la "Pito gordo".
La "Pito gordo" se llamaba Rufina Deolinda Perez Ocampo y era profesora de Lengua y Literatura. Era baja, redonda, y con la cabeza pegada a los hombros. Solía usar unas poleras de cuello volcado que hacía que su cabeza pareciera un glande gigante emergiendo de un prepucio de lana. Entre otros defectos tenía el mal aliento y el gusto por la humillación. El día en que el Renguito se convirtió en el héroe de las chicas, la "Pito gordo" iba a evaluar la lectura de "La fábula de Polifemo y Galatea" de Góngora. Mientras la profesora miraba la lista de alumnos, Liliana golpeaba la lapicera contra el pupitre. No había leído la obra ni había podido pedirle el resumen a algún compañero. Miró alrededor del curso y se cruzó con los ojos del Renguito. Él le dedicó una semisonrisa, nada más. Enseguida escuchó la voz de la profesora:
—Petrini, Nerea Liliana. Al frente.
Quedó congelada. Sabía que iba al bochazo. Además de que detestaba de que la hubieran llamado "Nerea". No llegó a ponerse de pié cuando escuchó a César Carlos:
—¿Y por qué tenemos que leer esta porquería sobre un cíclope y no nos da algo mejor, algo nuestro?
La señora Perez Ocampo se puso más rígida de lo que estaba Liliana. Alcanzó a estirar el cuello corto por fuera de la polera y giró con la cabeza hacia donde estaba el Renguito. Su cara estaba inflamada y roja. Sin levantar la voz respondió:
—¿Y cuál sería la lista de lecturas que recomienda el señor?
—Bueno, ya que por fin demuestra interés por sus alumnos, podría sugerirle unos cuantos autores… —contestó.
La cara de la “Pito gordo” subió todavía más de color y la mujer se puso de pie, echando el cuerpo hacia adelante y apoyando los nudillos en el escritorio. Detrás de Liliana, Cacho y Moncho empezaron a hacer comentarios y soltar risitas ahogadas.
—No estaría mal algo de Alvaro Yunque, —sugirió el Renguito— o Marechal. A lo mejor Cortazar…
—¡Subversivo, comunista, irrespetuoso! —estalló la profesora— Me acompaña ahora mismo a la Dirección.
La mujer salió airada hacia la puerta con el Renguito por detrás. Antes de salir del aula el muchacho se dio vuelta y miró de nuevo a Liliana. Esta vez le guiñó un ojo.
Liliana sintió que le subía calor por las mejillas. Los comentarios de Cacho y Moncho la volvieron a la realidad:
—¡El Renguito logró la erección de la “Pito gordo”!
Cuarenta minutos después, César Carlos volvió al aula con cinco amonestaciones y fama de guerrero. A partir de ese momento, si pasaba por la esquina donde estaban fumando, Liliana, Raquel y la Susy, hacían todo lo posible para que se demorara un rato charlando con ellas.

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