Ir al contenido principal

La novia del Guerrero (3)

Liliana había salido de la escuela a las dos de la tarde, después de tres cursos mediocres, entre los cuales tenía medía hora de descanso que perdió en discutir con la preceptora de primer año. Luego remató la seguidilla de malos ratos  con un ensayo lamentable del coro de egresados. Además, tenía que llegar antes de las dos y media al centro, porque Raquel le había insistido en lo importante que era contar con su presencia para una reunión.
Llegó quince minutos tarde, pensando que la idea de juntarse a esa hora en pleno centro, sólo podía haber salido de la cabeza de un imbécil. Cuando reconoció la pelada grasosa de Moncho en una de las mesas, confirmó su sospecha. Estaba por dar media vuelta y salir del bar cuando sintió detrás suyo la voz de Raquel:
—¡Llegaste! No te vi entrar. Había salido a la vereda para ver si venías.
—¿Por qué no me dijiste que venía el pelotudo de Moncho?
—¿Qué te pasa? ¿No somos todos amigos?
—¿A vos te pasa que los amigos te manden fotos de pijas por teléfono?
—No.
—Bueno, a mi con Moncho si me pasó.
—No será para tanto. Se habrá equivocado. Además, viste que esas cosas no son importantes ahora.
Raquel siguió hasta la mesa sin darle más importancia al asunto. Liliana se quedó estupefacta. Le quedaba resonando la idea de un "ahora" al que ella no pertenecía. No pude seguir pensando porque delante suyo, Moncho se había puesto de pié y le hacía señas para que se juntara con ellos. Raquel ya estaba sentada.
Respiró hondo y fue a saludar. Se estremeció del asco cuando Moncho apoyó la mejilla transpirada sobre la suya al intentar darle un beso.
—¡Tenemos noticias preciosas! —dijo Raquel.
Liliana murmuró:
—¿Qué pasa?
Moncho empezó a hablar con su habitual tono de disertación:
—Bueno, parece ser que la madre de Cacho estaría muy enferma...
—¿Y eso es una buena noticia?  —interrumpió Liliana.
—Lli, dejá hablar a Moncho por favor. —terció Raquel.
Moncho tomó aire y se echó hacia atrás en la silla antes de retomar el discurso:
—Bueno, parece ser que como la madre no está bien, Cacho viene a quedarse una temporada en Córdoba.
Liliana miró a Moncho y a Raquel. No dijo nada. Pensó que la última visita de Cacho había sido un desastre total. Raquel y la Susy se habían comportado como si su amigo hubiera sido el último varón en la tierra. La Susy, que era tan apegada a las historias bíblicas, parecía una de las hijas de Lot, tratando de emborrachar a Cacho para llevárselo a la cama.
—¿Me disculpan? —dijo Liliana— No fui al baño en toda la mañana.
Se levantó de la mesa, y después de esperar cinco minutos que se desocupara uno de los boxes, pudo sentarse a hacer pis. Mientras miraba los azulejos llenos de comentarios obscenos, se acordó de más detalles del asado con Cacho. A ella la habían invitado en el último momento, y de compromiso, porque la organización había estado a cargo de "los bárbaros". La había pasado mal. Si Cacho volvía, seguramente iba a juntarse con "los bárbaros" y ella no podía soportar eso.  Terminó, se lavó las manos, y volvió a la mesa.
Como Raquel y Moncho estaban callados, aprovechó para dejar sentada su posición:
Si quieren que nos juntemos con Cacho, sepan que si invitan a "los bárbaros", yo no voy.
Raquel se rió de una manera teatral que crispaba a Liliana. Después le dijo:
—¡Qué tonta sos! Ya ni me acordaba que les decíamos "los bárbaros". ¿En qué te molestan esos viejos chotos?
Liliana empezó a transpirar. Otro comentario de Raquel que no llegaba a desentrañar. Primero la referencia al "ahora", después hablar de sus compañeros como "viejos chotos". ¿Por qué insistía en hacer referencias al tiempo y a la edad. El sudor le cubría la cara y le picaba la rosácea. Si se tocaba o trataba se secarse el maquillaje iba a correrse. Para peor, notó que la pierna de Moncho estaba cada vez más cerca de la suya.
—El gordo grasiento me quiere tocar —pensó.
Una gota de transpiración le corrió por la espalda y escuchó un zumbido en el oído derecho y el ritmo de su propia respiración agitada. La voz del mozo la sobresaltó:
—¿El café es para la señora?
—¡Yo no pedí café! —gritó Liliana desbordada— ¿De dónde sacó que quiero café? Tengo gastritis corrosiva, ¿sabe? ¿Para que podría querer café? ¡Y no me trate de señora! ¿O tengo pinta de vieja acaso?
Raquel trató de calmarla pero sabía que en situaciones así no servía de mucho hablar o,  peor aún, tocar a Liliana. Moncho dijo algo por lo bajo, metió una mano en el bolsillo, y dejando dos billetes sobre la mesa, se levantó y se fue. Cuando Liliana se calmó y Raquel pidió la cuenta, se dieron cuenta de que los billetes no alcanzaban a pagar lo que había tomado Moncho.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Muertos

  Un muerto es un muerto, o eso creemos. A veces es más. O es menos que eso. Un muerto puede ser una pancarta, o una insignia, una moneda de cambio, o una cifra. Hay muertos de los que nadie se acuerda, y hay otros de los que debemos acordarnos por decreto. Muertos que nadie reclama, tirados en una zanja o en la mesa de una morgue. Y otros que no se van, aunque queramos. Salimos a gritar por nuestros muertos, competimos por ellos, los ponemos en tablas de posiciones, en un torneo de muertos célebres y reivindicables. Nos esforzamos en que la bandera de nuestro muerto sea mejor que la del muerto enemigo. Mientras tanto, poco hacemos por los vivos, que de una manera u otra llegaran a ser muertos para que unos y otros exhiban o denuesten. País perverso es este en que vivimos, esperando la muerte solamente  para tener qué cargarle al oponente.

Un año después (Nocturno nºXV)

 Otra noche fría estoy en casa como el año pasado, pero no porque este año es menos cruel. No me he vuelto más sabio, no. Tampoco más cínico, o prudente pero el tiempo y el dolor enseñan. No es gran cosa, pero es todo: Prestar atención a los que quiero y no distraerme en los imbéciles. Recordar lo bello (una plaza, una playa, en el mar o la sierra, los hombros de Mariana) No necesito más. La confusión y la estridencia, volverán, pero soy más viejo. Estoy preparado.

Habana 87

  Cuando en el verano de 1987, algunos de mis conocidos viajaban a la Florida para sumergirse en el templo de la alegría capitalista que era (y debe seguir siendo) Disneyworld, mis padres me llevaron a conocer Cuba. La Cuba de entonces no era el destino de las empresas españolas de turismo. Todavía existía la URSS, por lo que la isla se dedicaba sobre todo a enviar azúcar a los rusos, y a recibir el turismo del bloque socialista: gente de un color blanco imposible, aún para mí, que desciendo de moldavos y ucranianos. En la Argentina de 1987 irse a Cuba era para los curiosos o los socialistas. Como mi familia pertenecía a este segundo grupo, habíamos contratado un paquete turístico que incluía en partes iguales, destinos de playa, de historia colonial e historia revolucionaria. Íbamos a conocer el caribe, y a la vez, empaparnos del humanismo socialista, supuestamente tan lejano al consumismo desenfrenado de la Florida.  Para llegar, había que subirse a un avión de Aeroflot que condensab