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Nocturno número 8

I
Debajo de la piel están los músculos
y más abajo aún bailan mis huesos,
haciendo una extraña música de ruidos
celebrando que llego a los cincuenta.


Ya no seré más joven ni tendré otra vez
el tiempo por delante. Y no habrá para mí
oportunidades infinitas. Ni noches en el pasto
esperando el paso de un cometa.


Y sin embargo no extraño la niñez: 
se me hace ajena, como mirada 
en una pantalla de cine. Como si fuera
la vida de otro. No la mía.


II
A los ocho años volvía solo a casa.
Era la tarde, y salía de clases.
Delante de mí, una vieja muy pequeña
caminaba, arrastrando los pies.


No vi más que sus piernas, flacas,
sucias, con las medias rotas y corridas,
parecía que la carne y la piel se desprendían
y caían en rollos hacia abajo.


No recuerdo más. Tan solo el asco.
Me inquietaba la visión del abandono,
la pobreza, la indolencia, la mugre. 
Sin embargo, esa imagen me persigue.


III
Años después he visto muchas cosas,
sino cometas, hambre, maldad,
una pequeña guerra, motines, broncas
y saqueos. También amores


y sin embargo aquellas piernas flacas
sucias y magulladas se me aparecen
de cuando en vez, para mostrarme
la vejez y el abandono.

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