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El viento trae un extraño lamento (Nocturnos 4)

Los primeros fríos del invierno traen 
somnolencia y sequedad.
Salgo a caminar de noche por el barrio,


el silencio de la calle es fértil e imagino
las escenas que transcurren
detrás de los vidrios de las casas


donde las luces titilan. Las ventanas
cerradas, guardan
el escaso calor y los afectos.


El viento sur se levanta y mueve
las hojas que quedaron 
del otoño. Ajusto mi bufanda


entrecierro los ojos y avanzo
al abrazo de la noche
mientras escucho el silbido


del aire moviéndose y gritando
como si una banshee
me cantara un oscuro presagio

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Muertos

  Un muerto es un muerto, o eso creemos. A veces es más. O es menos que eso. Un muerto puede ser una pancarta, o una insignia, una moneda de cambio, o una cifra. Hay muertos de los que nadie se acuerda, y hay otros de los que debemos acordarnos por decreto. Muertos que nadie reclama, tirados en una zanja o en la mesa de una morgue. Y otros que no se van, aunque queramos. Salimos a gritar por nuestros muertos, competimos por ellos, los ponemos en tablas de posiciones, en un torneo de muertos célebres y reivindicables. Nos esforzamos en que la bandera de nuestro muerto sea mejor que la del muerto enemigo. Mientras tanto, poco hacemos por los vivos, que de una manera u otra llegaran a ser muertos para que unos y otros exhiban o denuesten. País perverso es este en que vivimos, esperando la muerte solamente  para tener qué cargarle al oponente.

Un año después (Nocturno nºXV)

 Otra noche fría estoy en casa como el año pasado, pero no porque este año es menos cruel. No me he vuelto más sabio, no. Tampoco más cínico, o prudente pero el tiempo y el dolor enseñan. No es gran cosa, pero es todo: Prestar atención a los que quiero y no distraerme en los imbéciles. Recordar lo bello (una plaza, una playa, en el mar o la sierra, los hombros de Mariana) No necesito más. La confusión y la estridencia, volverán, pero soy más viejo. Estoy preparado.

Habana 87

  Cuando en el verano de 1987, algunos de mis conocidos viajaban a la Florida para sumergirse en el templo de la alegría capitalista que era (y debe seguir siendo) Disneyworld, mis padres me llevaron a conocer Cuba. La Cuba de entonces no era el destino de las empresas españolas de turismo. Todavía existía la URSS, por lo que la isla se dedicaba sobre todo a enviar azúcar a los rusos, y a recibir el turismo del bloque socialista: gente de un color blanco imposible, aún para mí, que desciendo de moldavos y ucranianos. En la Argentina de 1987 irse a Cuba era para los curiosos o los socialistas. Como mi familia pertenecía a este segundo grupo, habíamos contratado un paquete turístico que incluía en partes iguales, destinos de playa, de historia colonial e historia revolucionaria. Íbamos a conocer el caribe, y a la vez, empaparnos del humanismo socialista, supuestamente tan lejano al consumismo desenfrenado de la Florida.  Para llegar, había que subirse a un avión de Aeroflot que condensab