Diré —con absoluta certeza— que no reconstruiré el templo de Jerusalén. Que no llevaré al proletariado al paraíso de los trabajadores, ni escribiré una canción que una a los pueblos. No creo que llegue a cruzar el Egeo, ni el Tirreno, ni el Adriático, para fundar Alba Longa y engendrar emperadores. Difícilmente arroje la piedra que derrote gigantes, ni soporte el llamado de las sirenas atado a un mástil. No es probable que busque Oriente por Occidente, ni que cruce mis barcos por tierra, sobre un istmo. No es probable, siquiera, que tenga un barco. No inventaré la rueda, ni el bronce, ni el pentámetro yámbico. No viajaré a Bali a ver bailar las máscaras, ni me santificaré en el Ganges. No buscaré la entrada del infierno en medio del camino de mi vida, ni tendré que optar entre el amor de Ofelia y la venganza de mi sangre. Gracias, Dios, por todos esos dones que no tengo.
Dos años o dos noches son lo mismo. El tiempo de la espera es relativo. como los son la vida, la ansiedad, o la muerte. El viento del norte trajo los incendios y la primavera no es tan amable. Como en un poema de Montale, un hilo se devana. A veces no se sabe que se espera: quizás sea un llamado, o un silencio, una bendición, una palabra… A veces no se espera nada. Es de noche y habrá otra mañana esperando para desenredarse; como un ovillo que escapa de una bolsa, como el destino. Como el destino impredecible que suponemos nos depara un ser imaginario, que creamos a nuestra imagen y semejanza. Quizás no haya un dios. Quizás solo esto: el fluir infinito de los días, sin orden, redención, deseos. Nada. Solo el rodar de la tierra Y no estaría mal que así fuera. El ...