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Z

1 De todos los comienzos posibles para un relato este debe ser el peor: estoy en la calle, arrodillado, la cabeza abajo, el culo para arriba, con el brazo enganchado en un desagüe. El problema no es ni la incomodidad ni el ridículo. No deben quedar muchas personas que estén en condiciones de reírse de la posición en la que estoy. El asunto es que, aunque el mundo que conocimos no existe más, si llego a casa sin el anillo Elisa va a matarme. Claro, suponiendo que Elisa y las chicas estén vivas y en casa. Esto me pasa porque nunca fui lo suficientemente irresponsable, o no tuve la sangre fría necesaria para poder llevar a cabo una relación paralela sin preocuparme de las consecuencias. Cada vez que me encontraba con Daniela en su departamento de Nueva Córdoba me sacaba el anillo y me lo guardaba en el bolsillo. Tenía el prurito de que, de alguna forma, cometía un sacrilegio si lo tenía puesto cuando me acostaba. A Daniela no le mentía. Ella conocía perfectamente mi historia así c...

Siesta.

Maté a un niño. ¿Soy un monstruo? Fue mucho más fácil de lo que pensaba. Acabo de entender que ni siquiera hace falta ser inteligente para matar. Por el tamaño ni siquiera va a costar deshacerse del cuerpo. En una bolsa de consorcio entró bien. Raro. Nunca me imaginé que fuera así. Debe ser porque la literatura va creando una imagen ligeramente distorsionada de las cosas. Siempre pensé en que estas situaciones eran el resultado de la perversidad, la locura, o el cansancio; como en ese cuento de Chejov, donde la niñera ahoga al bebé. No. Las razones pueden ser infinítamente más pedestres. Infantiles incluso. ¿Dije infantiles? Si. Ahora me doy cuenta. El paisaje era el mismo. ¿Para qué inscribí a mi hijo en la misma escuela a la que fui yo. Tendría que haberlo pensado antes. Una persona con una memoria como la mía nunca termina de hacer desaparecer la basura que va juntando en el fondo de los recuerdos. Tampoco perdona. No importa. Ya sucedió. No es relevante.  ¿Éste es el mo...

Llamame Marcela.

1 -Pero... -Nada. Marcela dije. -Pe... -Son las reglas. Si me querés acá, soy Marcela. No me importa lo que sepas. -Esta bién, Dani..., perdón; Marcela. ¿Tomás algo? -Campari con tónica. ¿Qué? ¿Sos sordo? ¡CAM-PA-RI CON TO-NI-CA! -No soy sordo. Nunca me imaginé que pidieras eso. Digo, siempre pedís... -¿De qué siempre hablás? Me acabás de conocer. -Cierto. Mozo, un Campari con tónica para la señora. -Señorita. -Perdón, señorita; y una Quilmes para mí. -Entonces... -¿Entonces qué? -¿Entonces qué querés? -¿Entonces qué querés qué? -¿Sos idiota o miraste demasiados capítulos del Chavo? -¿Desde cuando contestás así? -Desde que tengo ganas. Y como vos NO me conocés, no tengo porqué cumplir ninguna expectativa tuya. -¿Segura? -Estoy segura que no nos conocemos. -No. Hablo de las expectativas. -¿Por qué? ¿Vos esperás algo en particular? No sabés que clase de loca puedo ser. A lo mejor te despertás mañana en una bañera llena de hielo y sin...

El tío Gordo.

  TIRESIAS.- ¡Ay, ay! ¡Qué terrible es tener clarividencia cuando no aprovecha al que la tiene! Yo lo sabía bien, pero lo he olvidado, de lo contrario no hubiera venido aquí. EDIPO.- ¿Qué pasa? ¡Qué abatido te has presentado! TIRESIAS.- Déjame ir a casa. Más fácilmente soportaremos tú lo tuyo y yo lo mío si me haces caso. SÓFOCLES. Edipo Rey. Los griegos articulaban  sus tragedias  sobre dos líneas de desarrollo argumental: la peripecia, el relato de las pruebas y dificultades del Héroe; y la anagnórisis, la revelación, el descubrimiento de un dato del pasado ocultado u olvidado. Para Aristóteles las mejores tragedias eran aquellas en que la peripecia y la anagnórisis coincidían en la misma historia. Así como a Edipo la verdad le salto enfrente para revelarle su naturaleza; así, al Tío Gordo la verdad se le plantó frente a la cara con la forma de un palo así de grande. Hijo de inmigrantes yugoslavos establecidos en la comuna de Luyaba, Departamento S...