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Siesta.


Maté a un niño. ¿Soy un monstruo? Fue mucho más fácil de lo que pensaba. Acabo de entender que ni siquiera hace falta ser inteligente para matar. Por el tamaño ni siquiera va a costar deshacerse del cuerpo. En una bolsa de consorcio entró bien.
Raro. Nunca me imaginé que fuera así. Debe ser porque la literatura va creando una imagen ligeramente distorsionada de las cosas. Siempre pensé en que estas situaciones eran el resultado de la perversidad, la locura, o el cansancio; como en ese cuento de Chejov, donde la niñera ahoga al bebé.
No. Las razones pueden ser infinítamente más pedestres. Infantiles incluso. ¿Dije infantiles? Si. Ahora me doy cuenta. El paisaje era el mismo. ¿Para qué inscribí a mi hijo en la misma escuela a la que fui yo. Tendría que haberlo pensado antes. Una persona con una memoria como la mía nunca termina de hacer desaparecer la basura que va juntando en el fondo de los recuerdos. Tampoco perdona.
No importa. Ya sucedió. No es relevante.  ¿Éste es el monstruito que me molestaba a mi o a mi hijo? El mundo está mucho mejor sin él de cualquier modo. Es más, debería poner la cabeza del sabandija en una pica, en la puerta de la escuela, para que el resto escarmiente.
No soporto la mentira. No acepto ese discurso de que los niños nacen buenos y el ambiente los hace hostiles. Algunos nacen hijos de puta y así mueren. Acá en el fondo de una bolsa tengo a uno. Mentiroso. Basura subhumana. Hijo de una mierda falsa y sentenciosa. Me gustaría ver ahora a esa desgraciada. Ayer, en la escuela, pretendía convencernos que había parido a un angelito incapaz de cualquier maldad. Cuando se fue, la mismísima directora me dijo que estaba harta de soportarla, mentirosa, negadora e hipócrita.
La idea de matar al chico no se me había cruzado hasta que tuve que aguantar a su madre. Desde lo profundo de su idiotez, la mujer me sugirió que el problema era mi hijo, que lo tenía que llevar a un psicólogo. No la reventé a trompadas porque la directora es buena gente y no le iba a agregar un problema más. Pero en ese momento tomé la decisión de acabar con los problemas como se hace con las malezas: de un buen tirón y de raíz.
¿Soy un monstruo? No sentí nada. No tuve un impulso sexual como “el petizo orejudo” ni me vengué de la falta de pago como el flautista de Hamelin. ¿Acaso Dios no permitió la matanza de los inocentes? La Biblia está llena de niños masacrados. Dios es un asesino de niños mucho más peligroso que yo. Dios. Tremenda falacia. El asesino más prolífico de Colombia ahora trabaja de Pastor en una iglesia. Por una cuestión puramente estadística ¿no merezco mucha más misericordia?
Además no lo hice sufrir. No soy de esos degenerados que raptan y hacen porquerías indescriptibles. En mi trabajo he visto lo que es la crueldad de las personas. Cuando me traen animalitos al consultorio para que haga milagros imposibles, para que cure a perros que están deformados por tumores, escucho como prefieren verlos retorcerse de dolor antes que sacrificarlos.
-No me da el corazón para hacerlo. Es matar a un miembro de la familia-, me dicen. Yo, en cambio, sé qué hay en la mirada de esos pobres bichos. No quieren estar más al lado de una vieja miserable que los sometió a una vida larga y asfixiante. Piden morir ya. Dejar de estar encerrados en departamentos, abrazados y retorcidos por ancianas malolientes y mocosos desgraciados.
Al que tengo en la bolsa lo traicionó la propia estupidez. Ni los perros que le ladran a las bicicletas son tan idiotas. Quizo terminar de mortificar a mi hijo en nuestro territorio. En vez de eso ahora está muerto.
Vino al local de la veterinaria a las dos y media de la tarde. No es muy difícil ubicar la dirección: estamos en la guía de teléfono, en la revistita barrial y cuando los chicos iban a segundo grado, la maestra les hizo completar una agenda con los datos de los compañeros.  De donde quiera que haya sacado la dirección es un dato menor. El infeliz vino a buscar pelea. A esa hora en San Vicente no hay nadie en la calle. Por suerte, si te apartás dos cuadras de la San Jerónimo todavía vivimos en el país de la siesta. Al abrirle la puerta me aseguré de que nadie había visto que llegó acá. Antes de que el mocoso pudiera decir nada, lo fui convenciendo para que pasara. Le dije que no veía razones para estar enojado, que le quería mostrar los animalitos y, que como forma de firmar la paz definitiva, podía regalarle uno. Si he podido dominar a un mastín napolitano para poder meterle un dedo en el culo, engañar a un chico no es imposible.
Sonrió el desgraciado, sonrió. Seguramente fantaseaba con todas las porquerías que podía hacerle a un perro o a un gato. La vieja Dominguez, de la despensa de la esquina, me había contado que al  muy retorcido lo habían encontrado una siesta tocándole la concha a la hermanita infradotada. La pelotuda de la madre primero armó una batahola terrible, y al día siguiente le negaba a todo el barrio que hubiera pasado.
Siesta. Ahora me doy cuenta de que el monstruito tenía un  modus operandi. Como sea, ahora no va a ver ni siestas ni tardes ni anocheceres. Está en el fondo de una bolsa y en cuanto todos se hayan ido a dormir, lo llevo al quirofano, y lo descuartizo. No es más grande que un collie. En unos cuarenta minutos tengo el cuerpo reducido. Después lo tiro en el  crematorio que tienen unos conocidos. Voy seguido a llevar animales enteros o amputaciones así que no van a sospechar del paquete.
Lo primero que miró en la veterinaria fueron las peceras. Nunca entendí que le ven de interesante. Bichos que se la pasan el día y la noche nadando entre su propia mierda. Le prendí los fluorescentes para que mirara mejor. Dejé que golpeara los vidrios, total iba a ser el último daño que hiciera. Me miraba de reojo mientras molestaba a los peces, buscaba el momento en que se me agotara la paciencia. Cuando se aburrió de eso me pidió que le mostrara los hamsters. Cuando tuvo uno en la mano se quedó duro. No supo que hacer. A lo mejor entre ratas se respetan. Aprovechando el momento de desconcierto le dije que mejor íbamos al patio, que ahí tengo otras jaulas con animales más interesantes.
Por el pasillo busqué con que golpearlo. Pasé al lado de la ventana rota. Mi mujer me reclama que desarme el taparrollo y arregle la cinta, pero nunca lo hago, directamente trabo la persiana con una barra. Si hubiera sido más hábil con los arreglos domésticos no habría tenido un arma a mano.  Cuando llegamos a la puerta del patio se veía cómo el sol se filtraba por el marco. Buena señal. En cuanto abriera la puerta, la luz le daría de lleno en la cara y yo podría aprovechar el encandilamiento. Busqué alguna excusa para detenerme y le pedí que se me adelantara y saliera. Cuando abrió la puerta el chorro de luz llenó el pasillo. El desgraciado quedó en el medio, iluminado. La imagen era la de una estampita de comunión. Debe haber sido el único momento de su vida que pareció bueno. Avanzó por el patio, lento, tratando de hacerse sombra con la mano sobre los ojos. Cuando estuvo bien en el medio se dio cuenta que no había jaulas, solamente basuras, damajuanas vacías, canastos viejos. No llegó a darse vuelta para reclamar. Un solo golpe de barra en la nuca. Rápido y certero. Listo. No jode más.

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