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El tío Gordo.

 




TIRESIAS.- ¡Ay, ay! ¡Qué terrible es tener clarividencia cuando no aprovecha al que la tiene! Yo lo sabía bien, pero lo he olvidado, de lo contrario no hubiera venido aquí.
EDIPO.- ¿Qué pasa? ¡Qué abatido te has presentado!
TIRESIAS.- Déjame ir a casa. Más fácilmente soportaremos tú lo tuyo y yo lo mío si me haces caso.
SÓFOCLES. Edipo Rey.

Los griegos articulaban  sus tragedias  sobre dos líneas de desarrollo argumental: la peripecia, el relato de las pruebas y dificultades del Héroe; y la anagnórisis, la revelación, el descubrimiento de un dato del pasado ocultado u olvidado. Para Aristóteles las mejores tragedias eran aquellas en que la peripecia y la anagnórisis coincidían en la misma historia. Así como a Edipo la verdad le salto enfrente para revelarle su naturaleza; así, al Tío Gordo la verdad se le plantó frente a la cara con la forma de un palo así de grande.
Hijo de inmigrantes yugoslavos establecidos en la comuna de Luyaba, Departamento San Javier, Provincia de Córdoba; desde chiquito cargó con la suma de las expectativas de su padre. Los luyabenses habían acogido a la familia sin hacerse demasiada preguntas. En el año 1948 era más o menos habitual que en las sierras cordobesas se instalaran europeos rubios. Don Bronislaw y doña Milena llegaron con sus cinco hijas y se dedicaron a criar chanchos. No hablaban del pasado pero para el pueblo era un asunto curioso el gusto del jefe de familia por la música marcial y los uniformes. Cuando el maestro de la primaria trató de sacarle conversación sobre la política del Mariscal Tito, el hombre soltó unas estentóreas frases incomprensibles y dijo que ese partisano era solamente medio croata. Los vecinos no preguntaron más.
A los dos años de la llegada doña Milena quedó embarazada. Bronislaw esperó impaciente la llegada del varón que compensara sus frustraciones. Cuando nació lo llamaron Miroslav. Explicaron que el nombre significaba “paz y gloria” y dijeron que el pueblo vería grandes sucesos en torno a su hijo. Cómo el nombre era complicado de decir para los vecinos, y por la contextura mas bien fofa del infante, la gente empezó a referirse a él como “gordo”.
La primera infancia de Gordo no reveló ningún talento especial. Sus hermanas mayores lo utilizaban como juguete y don Bronislaw fue perdiendo el entusiasmo al ver que el niño no demostraba ningún interés ni en las marcha militares ni el deporte. Metido en la casa, se pasaba el tiempo rodeado de sus hermanas, jugando  con las muñecas que las chicas iban dejando. Durante las horas muertas de la siesta se la pasaban haciendo y deshaciendo trenzas. Su madre empezó a pensar que las cosas no iban por el camino de la masculinidad y la reciedumbre cuando notó la incontenible tendencia de tío a ponerse adornos en la cabeza.
Un conciliábulo familiar decidió tomar cartas en el asunto rápidamente. No sería el primer homosexual del pueblo, pero el orgullo croata de su padre no soportaba los incipientes comentarios sobre los dorados rizos del gordito y cuan bellamente los recogía con cintas. El destino del muchachito fue una escuela de los Salesianos en Villa Dolores. Si la familia hubiera sabido lo que hoy sabemos de los Salesianos (piensen sino que el exalumno más célebre que tienen los colegios de esa orden es Pedro Almodovar) otro hubiera sido el destino de Gordo (entonces Gordito). Redondito y rubio, los hermanos de la orden lo encontraron parecido a la iconografía angélica. Gordito ocupó ese lugar preferencial y ambiguo que tienen los monaguillos en las iglesias de pueblo. Mitad alcahuete servil, mitad adicto al poder. Empezó a disfrutar de saber que la suerte de sus compañeros podía dar una vuelta trágica en el aire con un solo golpe de su lengua afilada. Otros comentaristas podrían decir que anduvo afilando la lengua en oscuros rinconcitos. El hecho es que al final de su educación secundaria se había convertido en un joven a la vez temido y aborrecido, pero también genuflexo y adulador; dispuesto a humillarse al punto de hacerle campana al sacristán para que éste se encontrara clandestinamente con la buffetera de la escuela.
El final de la secundaria trajo aparejado el abandono de la cáscara protectora de la institución. No deseaba volver a Luyaba todavía. Quería ver el mundo, sacudirse de encima el recuerdo de un pueblo cuyos mayores eventos eran el Festival del Algarrobo y la Fiesta de la Gallina Hervida. Sus dos hermanas mayores ya se habían ido a otras provincias y él sentía la necesidad de buscar su lugar. Quiso el azar que en Villa Dolores coincidiera en un bar con el poeta Alejandro Nicotra. Hombre de agradable y aguda conversación,don Alejandro soltó la ironía: “desde Villa Dolores, Córdoba es París”. Tío Gordo no tenía la inteligencia suficiente para comprender lo que significaban las figuras retóricas y creyó que el destino le marcaba el camino a la capital mediterránea. Hasta allí se dirigió e instaló, en una pensión de Barrio Alberdi. Le mintió a la familia y al pueblo que estudiaba arquitectura y que vivía como protegée y compañero sexual de la dueña de la pensión; mujer a la que describía como mundana, culta y apasionada. Cuando unos pocos años después retornó al pueblo como Maestro Mayor de Obra (que no arquitecto), tanto el género como la existencia de la hostelera fueron puestos seriamente en duda.
La temprana juventud de Tío trajo aparejado un cambio físico brutal. El aspecto de angelote mariconcito dio paso un hombrón severo e imponente. De los curas había aprendido a caminar de una forma dura, con un taconeo que le permitía subrayar sus discursos. Se dirigía a la gente como quien decía una homilía. Sacaba a relucir el conocimiento de la capital provincial ante cada uno de los setecientos cuarenta y dos habitantes de Luyaba como si eso lo convirtiera en el mejor, el primero entre los pares, un princeps. El pueblo se dejó impresionar un poco. Además,  burlarse del gordito maricón había perdido ya el chiste. El remate de  la conversión de Tío Gordo fue su matrimonio con la Vasca Bizcarreta.
La vasca (también llamada en el pueblo la vasca Bizca, tanto por el apocopamiento del apellido como por su notable estrabismo) era la hija de un pequeño terrateniente del valle de San Javier. No había sido fácil para el viejo Bizcarreta encontrar un pretendiente aceptable para la heredera de su señorío. No piensen aquí los lectores en argumentos al estilo de Jane Austen, donde todas las adolescentes son ingeniosas y casaderas. La vasca Bizca era insufrible, y no había pretendiente que le durara. Los pocos que podían atreverse a hacerle frente a su ojo extraviadísimo, no pasaban el filtro del viejo vasco que suponía (con toda razón), que los muchachitos venían en pos de la tierra y el dinero. Con el nuevo y remozado Tío Gordo pasó algo completamente distinto. “El pobre rústico se dejo engañar por ese disfraz de guerrero Ustacha”, decían algunos. “La vasca Bizca viene con sorpresita adentro y hay que vender el pescado antes de que el olor se sienta más allá del mostrador”, contestaban otros. La cuestión es que, aprovechando que era Enero,  que se realizaba el Festival de la Gallina Hervida, y que aparentemente era cierto que los tiempos apremiaban para realizar una boda que  garantizara salvar algo de la cascoteada honra de la Bizca, se aprovechó para celebrar con toda la pompa y fasto posible los esponsales.
El refrán criollo bien lo dice: “nunca faltan encontrones cuando un pobre se divierte”. La coincidencia del festival y el casamiento juntaron a lo más granado del pueblo con el lumpenaje vallisto.  Estos últimos aprovecharon la prodigalidad del vasco viejo y la abundancia de vino para soltar las opiniones mas crueles y zahirientes. El colmo se produjo cuando en el cénit del festejo se escuchó claramente el grito del viejo Dominguez: “parece que la bizca no le hace asco al puchero”. Luego, la oscuridad. No porque se hubiera producido ninguna catástrofe  bíblica, o una debacle al gusto de una obra de Tenesee Williams. Sencillamente los subordinados de vasco estaban avisados que ante la posibilidad de algún evento o comentario como el sucedido debían cortar la luz del pueblo y terminar la fiesta.
Lo que siguió, contra todos los pronósticos agoreros, fue la institucionalización del aburrimiento rural. A los ocho meses del festival nació la gorda bizca. Estrábica como la madre, gorda como el padre, razonaron las viejas. Le otorgaron al tío la paternidad putativa de la niña, y durante algún tiempo no se habló más de la sexualidad del gordo  ni del origen de la cría. La rutina y el tedio siguieron como siempre siendo el motor inmóvil del pueblo. Si en algún momento surgía otra vez el rumor, Tío Gordo le hacía un hijo a la Bizca y todos tranquilos en su lugar.
Llegando a la madurez, el Gordo y la Bizca tenían cinco hijos. Las tres chicas ostentaban el mal carácter de la vasca, pero la segunda y tercera habían salido rubias como su abuelo croata, y eso en un pueblo es considerado belleza. Los dos varones tenían el porte de un abuelo y el temperamento férreo del otro. Nada tenían que ver  con el niñito que se colgaba cintas en el pelo y deslumbró a los salesianos. Con el correr del tiempo, y la natural muerte de los mas viejos, parecía que el pasado se desvanecía para siempre. Don Bronislaw y doña Milena fallecieron sin ver los grandes logros que esperaban, pero por lo menos no vieron la hecatombe.
La muerte de sus padres le hizo pensar que estaba en deuda con el destino de grandeza que habían esperado de él. Enancado en los campos de su mujer, y en el dudoso título terciario que tenía, el tío decidió recuperar su gusto por el poder y llegar al puesto de jefe comunal.  Recordaba el placer que había sentido humillando a sus compañeritos de escuela, ordenando castigos, delatando ante los curas a los mas insurrectos, y descubrió que tenía un talento natural para el mando. Pacientemente construyó su camino a la jefatura. Puso dinero, movió influencias, opinó sobre las obras públicas, propuso modificaciones urbanísticas. De a poco se ganó la confianza de la gente y logró un cargo pequeño relacionado con la infraestructura. No había demasiado para hacer pero puso en práctica lo que había aprendido con los curas: se atribuía como propios todos los méritos y derivaba en algún otro los errores. Un buen día las puertas de la oficina de jefe se abrieron, los vecinos lo convocaron y aclamaron. Él hizo la pantomima del honor enorme que no merecía y se instaló pensando que sería para siempre.
“Para siempre” fue en realidad hasta hace dos veranos. Se acercaba la segunda quincena de Enero, se cumplía el vigésimo quinto aniversario de los felices esponsales, y como todos los años, llegaba el Festival de la Gallina Hervida. Como si se tratara de un nuevo Calígula, Tío Gordo consideró necesario realizar una fiesta que celebrara su gloria y talento. Aún a costa del presupuesto comunal, peleó y consiguió traer a la fiesta a la Banda de Música de la Policía de la Provincia. De a poco los viejos rumores empezaron a reaparecer: “ahí lo tenés al gordo puto, loca por los uniformes…..”, “se ve que hace rato que no prueba la carne en barra porque para el Festival del Puchero se va a hacer traer un camión completo”, y otros comentarios de ese tenor se escuchaban por las callecitas del pueblo. La familia parecía no escuchar. Los hijos tenían inmunidad a las habladurías o pocas luces para entenderlas. La cuestión  es que seguían adelante, imperturbables, ante las alusiones más guarangas.
El día del festejo todo mostraba el grado de obsesión y pulcritud puesto en la fiesta. La plaza estaba atravesada de banderines y tiras de lamparitas de colores. En el centro se colocó un palco donde la familia del Jefe se ubicó en una disposición goyesca. Llegó la banda. Tío gordo estaba tan feliz que apenas podía quedarse quieto y  mantener la compostura. Primero sonó solemnemente el Himno Nacional. El principio del fin llegó con “Avenida de las camelias”. Desde el fondo de la plaza apareció el bastonero de la banda. Joven, pequeño pero musculoso, parecía el Tadzio de “Muerte en Venecia”, pero de uniforme. Tío gordo tenía ya medio cuerpo fuera del balcón para mirarlo cuando empezó a sonar “Fuerza Aérea Argentina”. El pueblo empezó a comentar y las tres  hermanas que todavía vivían allí intentaron ocultar lo evidente, recordándole a quienes se cruzaran  el gusto de su padre, don Bronislaw por las Marchas militares y los galones.
Con los primeros acordes de la “Marcha de San Lorenzo”, la banda empezó a recorrer el perímetro de la plaza, y Tío Gordo puso cara de novia abandonada hasta que el recorrido puso al bastonero frente al palco. Durante el “Pericón Nacional”, aplaudía, resoplaba y daba pequeños grititos. Sus hermanas prudentemente ya se habían retirado. La vasca y los chicos parecían encogerse en el palco.
Lo trágico llegó con “Alas Argentinas”. Mientras la banda se alejaba sonaban los primeros compases y los policías cantaban. “Con un toque de agudo clarín,/Que en el cielo argentino se expande…”, y el tío ya estaba abajo del palco.”… De la cumbre más alta del Andes,/Nos reclama atención San Martín…”,  y ya había corrido media plaza en dirección a la banda. Cuando llegó al final de la estrofa, “…Que ese cielo que libre os he dado,/Sea ruta de paz y de amor,” se lo tomó demasiado literalmente y se colgó del cuello del bastonero. Mal cálculo hizo el pobre hombre; el bastón ya estaba en el aire y le aterrizó en el centro de la cabeza. Cuando recuperó el conocimiento, la banda ya estaba en la Capital, y su familia había escapado a la casa de la estancita del vasco. El pueblo no paraba de comentar y mirarlo, con lástima primero y con sorna después.
No se quedó demasiado tiempo a ver la desintegración de sus magros logros. Dicen que lo vieron la mañana siguiente tomar el colectivo a Villa Dolores y de ahí suponen que fue a Córdoba. La Bizca y sus hijos aparecen por el pueblo lo mínimo indispensable. Si tienen que comprar o vender algo prefieren irse hasta San Luis. Del Tío Gordo poco se sabe. El hijo del viejo Dominguez  dice se lo cruzó en Córdoba, viviendo en Barrio La France. Que iba vestido de mujer, se hacía llamar Gloria Paz y andaba con el pelo largo.
Y que en el almacén en el que creyó haberlo visto, las vecinas ponderaban la habilidad y gracia con la que se armaba las trenzas.

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