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Listas

       Los escritores, en general, se parecen mucho a los seres humanos. No estamos seguros de que lo sean. Algunos muestran los usos y costumbres de la gente común,  pero en algunas circunstancias aparecen elementos que nos hacen dudar: reacciones exacerbadas,  respuestas erráticas, etcétera. Pasan de la exaltación a la tristeza con una rapidez  fascinante. Pueden parecer peligrosos, a veces hasta para ellos mismos. A pesar de eso, presentan una gran habilidad para la supervivencia. En general su comportamiento adaptativo se orienta al camuflaje, a pasar inadvertidos. Nos recuerdan a los animales que cambian de color de piel o se desprenden de un miembro que luego vuelve a crecer.  
     No son facilmente reconocibles como los actores o los bailarines. Los artistas de la escena buscan naturalmente el contacto con la gente. Parecen los otarios, esos simpáticos mamíferos acuáticos. Generalmente se los ve en  lugares públicos, colas de entrada de teatros o patios de plateas. Los escritores no son tan sociables. Su conducta se orienta a consumir en forma compulsiva suplementos literarios y, desde que existe la web, las estadísticas de visita de sus blogs. 
     Hubo una época en la que un artista no era considerado demasiado diferente a un mono amaestrado. Desgraciadamente, a partir del romanticismo se difundieron una serie de malos entendidos; por ejemplo,  suponer que el artista tiene alguna misión o visión superior que transmitir. ¡Tamaña sandez! Afirmar que ésta gente tiene alguna virtud por su habilidad rara de combinar sonidos,  colores, o palabras, es una falta de respeto hacia otras habilidades más útiles. Hay personas que pueden cocinar sin medir los ingredientes y nadie supone que van a transformar el mundo.
     Donde los sujetos de nuestro estudio son únicos, es en su afán por las listas. Este comportamiento no es muy antiguo. Se remonta a la aparición del periodismo cultural. Algún redactor trasnochado debió alguna vez encontrarse con un espacio en blanco faltando poco para el cierre de edición. Sea que una publicidad no se confirmó a último momento o  que se dio de baja un artículo intrascendente, la necesidad de llenar el vacío habrá llevado al desventurado responsable de edición a suponer que a los lectores podría interesarle saber qué leían los escritores. Así, a la habitual enumeración de los libros más vendidos, se le agregó un elegante cuadro donde una vez por semana un escritor detallaba los libros que consideraba indispensable leer, o que habían determinado su particular modo de ver el mundo.
     Seamos sinceros, es dificil que esto haya podido interesarle al lector común, pero para los escritores fue como si se hubiera inventado una nueva droga. Cuanta persona se dedicara, mas o menos profesionalmente, a descargar su visión del mundo sobre un papel, empezó a desear ver su nombre al lado de un índice de lecturas. A éstas listas se le comenzó a atribuir la capacidad de generar prestigio. Insistimos, sin que a un verdadero lector le llamara demasiado la atención, los escritores comenzaron a peregrinar a las redacciones de los suplemento culturales, tratando de ver sus gustos inmortalizados. Según pasaban los usos y las modas, algunos libros  se mantenían y otros desaparecían: todavía vemos el ”Ulises” de Joyce o” En busca del tiempo perdido”, mientras Stefan Zweig o José Ingenieros, que fueron lugar común hace unos años, hoy son desconocidos.
     Darle importancia a los gustos particulares ya era una rareza, pero lo que siguió fue ridículo. Se convirtió en una costumbre andar comparando las listas, medirlas unas con otras. Al comienzo, de una manera sutil, los escritores intentaban demostrar que tenían una lista más larga que su predecesor.  Como era de suponer, la mayoría ostentaba una longitud que en la realidad era bastante discutible.
     -Mirá si ese mentiroso muerto de hambre la va a tener así de larga- , se convirtió en la forma más habitual de descalificarse. Como el descrédito cayó sobre los que aseguraban haber leído cantidades titánicas de libros, las estrategias cambiaron. Algunos decían que les daba pudor hablar de su lista. Que solo se la mostraban a aquellos que tuvieran alguna intimidad y estuvieran realmente interesados. Otros planteaban que la tenía corta pero intensa. Sabrosa decían los más atrevidos.
     También sucedió que las listas se volvieron más específicas. Con la diversificación del mercado, los editores animaron a los escritores presentar elementos más exóticos y atrevidos: listas de mujeres solas, interraciales, asíaticas, LGBT, hardcore,  violentas, latinas, etc. Hace unos treinta años todos decían leer a los autores del “Boom” y del “Postboom”: Vargas Llosa, García Marquez, Bryce Echenique, Donoso, Edwards. Veinte años después no podías abrir el diario sin que apareciera una lista de “mujeres que escriben”: Mastretta, Poniatovska, Belli, Valdéz. Qué tenía su literatura en común no importaba. De todas formas fue una moda pasajera que dio lugar a otra. Apareció el gusto por lo asiático, mientras más exótico, mejor. Los suplementos se fueron llenando de apellidos como Murakami, Oé, Yoshimoto; antes relegados a los anuncios de tintorerías de las páginas amarillas. La avidez por la novedad se combinó fatalmente con la ignorancia: no faltó el despistado que por parecer culto citó a Kazuo Ishiguro como oriental cuando en realidad es británico. La velocidad en el cambio de gustos hacía muy difícil presentar una lista que mantuviera al entrevistado en la cresta de la ola, así que se desarrollaron nuevas estrategias. Un escritor y librero cordobés acuñó la frase “No leo traducciones” con lo cual se excusaba de conocer los títulos de mas de la mitad de lo publicado. Como era egresado del Monserrat, rellenaba los espacios con clásicos. Aunque su impostura era muy evidente, no faltó el desprevenido que consideró muy impresionante que este señor hiciera convivir en una misma página a Homero, Virgilio, Marechal y Juan Ramón Jimenez*. Algunos, para evitar el trabajo de informarse, decretaron la muerte de la literatura a partir del capitalismo. Esta estrategia era además económica. Dedicarse a leer a Dante, Balzac, Cervantes o Flaubert, permitía ahorrarse lo que cuestan las novedades: siempre puede echarse mano de las ediciones baratas o las bibliotecas públicas.
    De todas formas, esta fiebre de las listas comienza a desaparecer. Los editores de los diarios descubrieron que muy pocos lectores seguían los suplementos literarios. De a poco, el espacio que ocupaban está siendo reemplazado por los suplementos de Barrios Privados o Mascotas. Donde antes se libraba la batalla de la pretendida erudición, hoy vemos el aviso de Purina Dog Chow.



* Interrogado sobre el asunto improvisó sobre la peripecia como rasgo común de los autores citados. Si bien acordamos esta estructura de transcurso / viaje iniciático está presente en La Odisea, La Eneida y hasta el Adán Buenosayres, todavía no llegamos a entender de que manera se conecta el burro Platero, salvo que sea considerado como medio de transporte.


Comentarios

  1. La mía es tan, pero tan cortita, que es un alivio no ser escritora...

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  2. corta y juguetona?...
    tampoco escribo, claro... y encima tengo que medir para cocinar !

    voy a seguir visitando estas páginas, hasta que en tus enumeraciones aparezca alguno de mis talentos !

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