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Baigorria (18)

No sé cuanto tiempo me llevó el trayecto desde mi casa hasta el galpón de los coreanos en la calle Suipacha. La rabia me había hecho perder las ideas de tiempo y de distancia. Recuerdo haber salido por la calle Antranik con el sonido de los gritos de Rújale de fondo. Inmediatamente después estaba delante de la puerta de lo que había sido el taller de los armenios, evaluando la mejor manera para entrar. No tenía otra herramienta más que la pistola. Cuando me disponía a balear la cerradura vi que desde la esquina se acercaba un auto. Nadie manejaba a esa velocidad a la madrugada de un día de semana por barrio Pueyrredón. Salvo que fuera un policía.
Gómez.
Bajé la pistola. El auto se detuvo. Gómez se bajó del auto. Estaba mal vestido. Seguramente Raquelita lo había llamado. No se porqué, pero sentí que la situación ameritaba un comentario gracioso y amigable:
—Gómez, querido, no trajiste la ropa adecuada para esta fiesta.
Gómez no tenía un ánimo gracioso ni amigable.
—Beto Baigorria, loco de mierda, ¿de qué carajos hablás? ¿No te das cuenta de que estás en la calle, a la madrugada descalzo y en piyama?

Ahí me di cuenta de que en el apuro por liquidar el asunto me había olvidado de cambiarme.
—Por lo menos traje la pistola— le contesté.
—Beto, hacé el favor de bajar eso y venir conmigo al auto. Tu hija está preocupada.
—Dejala. Cuando se vuelva a Israel va a tener preocupaciones más importantes que un padre viejo y loco.
Empezó a sacudir la cabeza. Gómez tenía un repertorio de gestos limitado pero concreto. Así como agarrarse la hebilla del cinto era el preludio de la golpiza, el movimiento de cabeza anunciaba un discurso pretendidamente moralizante, pesado y dificultoso. No era un hombre con muchas herramientas a la hora de hablar.
—Betito, ¿qué querés? Vos le has dado una vida de mierda a esa chica. ¿Qué tenés para ofrecerle? ¿Cómo no va a querer volverse con la madre?
—Gómez, ¿de qué hablás? ¿Vos lees los diarios? En Israel hay tiroteos todos los días.
Gómez se quedó callado. De golpe me dio una estocada inesperada.
—¿Y no será que para ella es peor convivir con un padre que intenta “tirotear” mujeres todo el tiempo? Raquelita no es boluda y sabe de las cagadas que te has mandado. Sabe de la Teresa… y de todas las demás.
Sentí que me recorría electricidad por el cuerpo. Gómez había tenido un rapto de lucidez o de crueldad. La verdad es que no tuve ganas de seguir escuchando más nada, así que levanté la pistola y le metí un balazo al cerrojo. Después que dejé de escuchar el zumbido en los oídos que sigue a la explosión, pude distinguir la voz de Gómez pidiendo refuerzos por el handy. No me importó Delante de mí estaba la puerta del taller abierta. Entré.
El modo en que la memoria se organiza es muy extraño. Por más que haga el esfuerzo, en mi cabeza aparecen escenas mudas. Recuerdo el modo en que caminé por el galpón oscuro, cómo aparecieron desde el fondo tres coreanos y cómo les disparé. No le acerté a ninguno. Después de la luz de los disparos  Se encendieron las lámparas. Seguramente Gómez había encontrado algún interruptor.  Por el espacio del taller estaban diseminadas partes de una Renault Traffic blanca. Lo poco lo que quedaba del papamóvil. Justo en el centro, debajo de la luz, estaba la jaula de cristal con el asiento donde había viajado Wojtyla. Intenté acercarme. Los coreanos salieron de donde estaban escondidos. Querían impedirme que llegara hasta el asiento. No recuerdo los gritos, pero si los gestos, las caras desencajadas. Volví a dispararles. A uno le rocé la pierna. De a poco se fue armando una mancha de sangre en el pantalón. Los otros dos no se detuvieron. A medida que me acercaba a la caja de vidrio, aumentaba su urgencia por detenerme. Uno de ellos se cruzó delante. Seguí avanzando. Con una mano lo agarré del cuello y lo empujé contra el cristal. Con la otra le puse la pistola en la nariz.
En este punto del relato es donde aparecen de nuevo los sonidos. Los coreanos decían cosas que yo no entendía. Al que si pude comprender fue a Gómez, que desde la puerta le daba indicaciones a los policías que llegaban. Todo iba a terminar pronto pero yo no me sentía satisfecho. Sin bajar la pistola le grité al coreano:
—¿Por qué mi Dauphine? ¿Por qué?
Sin soltarle el cuello subí el otro brazo para callarlo de un culatazo. Antes de que llegara a bajarlo,  escuche a una persona que corría y la voz de Gómez:
—¡Quevedo, no! Que no está bien regulado…
Después, la descarga eléctrica. Lo siguiente que recuerdo es despertarme en el edificio de la seccional Sexta. 


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