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Baigorria (5)

Después de la conversación  telefónica estaba resuelto a ponerme en movimiento. La posibilidad de hacer unos pesitos extra para pagar los arreglos que le faltaban al Dauphine, era un aliciente mucho más importante que las supuestas obligaciones y deudas de honor que me unían a Gómez y al pasado. Así que, habiendo decidido volver a la acción, necesitaba buscar algunas herramientas.
La prioridad número uno era buscar información sobre los chinos, así podía prescindir de la pistola. En realidad, si tengo que ser honesto, ya no tengo permiso para utilizarla, y estoy fuera de práctica. Además, aunque sé donde está guardada, buscarla sería como abrir la caja de Pandora. Para ser menos literario y más concreto, implica abrir los cajones de la rusita. Cuando Rújale volvió a vivir conmigo, ordenó y limpió su vieja habitación para hacerse un espacio. Metió todo lo que yo había ido poniendo ahí en cinco cajas que ahora están en el fondo del galponcito. Cada vez que las ve, Rújale me espeta:
—¿Qué esperás para tirar esa mierda?
Yo no le contesto porque no quiero pelear con ella. Que haya vuelto ya fue un premio inesperado. No me gustaría que volviera a irse. Pero tampoco tiro las cajas.
Entonces, sabiendo que salía sin pistola, tenía que hacerme de algunos otros instrumentos que me sirvieran para registrar la información que justificaría la plata que gentilmente me iba a “ceder” la cooperativa policial de la Sexta. Me puse a buscar el grabador y la cámara de fotos.
Durante la hora que me llevó encontrarlos, estuve moviendo cosas viejas y sacudiendo parvas de tierra. Así que el resultado, además de una cámara y un grabador, fue dolor de ciático, tos y estornudos. En ese estado me encontró mi empleado, el bobo, que pasaba a buscar mi hija. Lo que más me molesta de este muchacho, y de toda su generación, es esa creencia estúpida de que son simpáticos simulando una familiaridad que nadie les ha pedido.
—Hola suegro, —saludó el orate.
—Nada de suegro. Y no jodás que acá soy tu jefe.
El muchacho me miró con una expresión que mezclaba impavidez y zoncera, y cambió de tema:
—¿Qué anda haciendo Baigorria? Mire que después la Raquel se enoja…
—Mirá chiquito, dejame que yo me arreglo con Raquel. Por otra parte, ¿vos no fuiste con ella al centro para cambiar un pantalón?
—La tenía que encontrar, pero me olvidé donde habíamos quedado. Además me dejé el teléfono acá, así que no tenía como contactarla. Por eso vine.
—Entonces busca tu telefonito y dejame que yo haga mis cosas.
El muchacho se puso a dar vueltas por ahí cuando me agarró un nuevo ataque de tos y de estornudos. Cuando pasaron, me sentía acalorado y lloroso.
—¡Uh! ¡Qué mal que andamos suegro –me dijo el tarado, mientras revisaba el teléfono recién encontrado—, se ve que le hace falta tener alguien que lo cuide.
El chico insistía en tomarse una confianza que yo no le había dado, pero no me podía dar el gusto de insultarlo porque me costaba hablar. Me limité a pedirle que me acercara un vaso de agua. Como no puede hacer bien ni las cosas más sencillas, tardó un tiempo irracionalmente largo en traérmelo. Por lo menos me sirvió para revisar tranquilo el estado de los aparatos. Cuando llegó con el vaso de agua, el muchacho se sentó a mi lado y empezó a soltar opiniones:
—¿Colecciona antigüedades, Baigorria?
—Mirá, nene –le dije tratando de no putearlo—, este grabador Sony, era la envidia de toda la comisaría. Y la cámara es una Canon AE1. No cualquier pichi tiene una de estas.
Me miró como si viera llover. Estuvo un momento más en silencio y después me largó:
 —¡Qué pena que no vaya a conseguir rollo! Hubiera estado buena si hubiera sido digital.
—¿Qué querés decir?
—Que la maquina esa habrá sido todo lo recontra top que usted dice, pero ahora no le sirve para nada.
—¡Mierda! –solté bajito y entre dientes. En ese momento, la combinación de la tos, el dolor de cintura, y el comentario del novio de Rújale me hicieron tomar conciencia de todo el tiempo pasado. Tomé la cámara con las dos manos y la sostuve. El gesto, la sensación del peso entre las manos me recordó la manera en que había sostenido la cara de Sara Sandler, al despedirse, justo antes del momento en que se fue para siempre. Se me volvieron a humedercer los ojos, pero esta vez por la tristeza.
—¿Le pasa algo, suegro?
—Nada pibe, es que me llené los ojos de la tierra que tienen estas cosa. Y no me digas suegro.
Dejé la cámara sobre la mesa. Me pasé la manga por los ojos y traté de cambiar de tema.
—Vos que sos tan moderno, nene, ¿me podés decir si este grabador sirve para algo?
—Habría que ver si los engranajes y las gomas andan bien, pero no le veo otra cosa. Los cassetes chiquitos que usa los puede conseguir por la calle Rioja.
Cuando el chico terminaba de hablar, sentimos el estruendo de la puerta del living al cerrarse violentamente. Inmediatamente después, unos pasos pesados y rítmicos, como si los cuerpos de élite del ejército israelí entraran a allanar la casa. Antes de que pudiéramos comentar nada, Rújale estaba parada delante de nosotros. Primero dijo algo en hebreo, que por el tono debió haber sido muy agresivo, lo que siguió fue en español.
—Pedazo de pelotudo, —le dijo al novio mientras le tiraba por la cabeza el pantalón que había ido a cambiar—, ¿por qué no apareciste, y por qué carajos no contestaste el teléfono?
El muchacho me dio pena. Una cosa es que me parezca un idiota sin arreglo, y otra es avalar que se lo trate de una manera humillante. Pero Raquelita no es precisamente una colaboradora de las misiones humanitarias de la ONU.
El chico se quedó sin habla. Se limitó a sacarse el pantalón que tenía enredado en la cabeza y a blandir el teléfono con una mano.
—Me lo había olvidado. Lo vine a buscar.
Raquel lo miró con odio y volvió a insultar en hebreo. Caminó alrededor nuestro como una leona que juega con la presa, hasta que reparó en la cámara y el grabador.
—¿Para qué sacaste esas porquerías?
—No son porquerías, —dijo el muchacho—tu papá me contaban que son Canon y Sony.
—A vos no te hablo, estúpido. Agarrá el pantalón y andá a la vereda.
El chico, obediente, salió en silencio. Raquel volvió a mirarme esperando una respuesta. Antes de que intentara contestarle me amenazó:
—Que no me vaya a enterar que volviste a las andadas.
Cuando llegó a la vereda escuché como seguía rigoreando al novio hasta que se fueron alejando. Me quedé pensando qué hacer. Finalmente concluí que Rújale no era un peligro real mientras no se enterara lo que yo hacía, así que salí de casa a buscar información sobre los chinos, en el lugar más lógico: los supermercados del barrio.


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