Ir al contenido principal

Baigorria (9)

Escapar de Susana pudo haber sido un aprieto. Pero te quiero ver saltando por los techos pasados los sesenta años. Cuando Gómez y yo éramos amigos y trabajábamos juntos, parecíamos Starsky y Hutch, suponiendo que uno de los policías hubiera sido un criollo cordobés. Acostumbrados a pasar las tardes en el club, descolgarse de una tapia, o saltar por una ventana eran proezas muy menores. Ahora, la mayor acción heroica que puede realizar Gómez es resistirse a comer la última factura del paquete. La vesícula del comisario no está para chistes.
La iglesia de los chinos no estaba, como decía la Susy, “acá nomás”. Llegar implicaba sortear un par de desniveles y otros obstáculos: pasar una claraboya,  cruzar un alambre de púas, hacer callar un caniche toy molestísimo.  Cuando estuvimos sobre el inmueble indicado se nos puso más complicado. Para mi no era una altura demasiado difícil de saltar pero, no contaba con que me fueran doler tanto las articulaciones después de la golpiza que me habían metido el Cara e’balde y sus secuaces. Con Gómez el problema fue su prominente barriga de comisario, que le limitaba demasiado la movilidad.
Media hora después (veinte minutos para bajar, diez para recuperar fuerzas), estábamos en un pequeño patio de luz. A pesar de todo el ruido que habíamos hecho nadie apareció, así que supusimos que el escenario estaba despejado como para entrar a buscar pistas del papamóvil. Pasada la enésima constatación por parte de Gómez de que cada parte de su cuerpo estaba en su correspondiente lugar, decidimos abrir la puerta ventana y entrar al inmueble.
Con el tiempo que llevaba retirado de la policía, me había olvidado cuan torpe y descuidado podía ser mi compañero. Antes de que pudiera sugerirle que vigilara que no hubiera alguna alarma, Gómez ya había hecho su entrada a lo Charles Bronson.  Inmediatamente empezó a sonar una sirena estridente.
Desactivarla fue relativamente sencillo. Gómez, fiel a su estilo, busco donde estaba la caja de control. La identificó por una luz que titilaba siguiendo el ritmo de los muchos y variados ruidos que hacía el aparato, y le metió un balazo de lo más prolijo. En eso el viejo Gómez no había perdido precisión. A pesar del escándalo nada pasó en los siguientes diez minutos. Se nota que a los vecinos ha dejado de importarle lo que pasa en la casa de al lado.  
La iglesia, como casi todos los salones evangélicos del barrio, era una casa vieja refaccionada. Se veía el esfuerzo por hacer del lugar un espacio acogedor y discreto. El salón principal estaba despejado de otros muebles que no fueran las sillas para los fieles y un atril para el pastor. No había nada allí que nos llevara al utilitario robado del Museo. Así que decidimos buscar si había alguna cochera. Cuando atravesábamos un pasillo interno sentimos ruido de llaves en la puerta principal. Yo hubiera tratado de escapar hacia el fondo y volver al techo, pero mi compañero no estaba en condiciones ni de correr ni de saltar. Se limitó a volver al salón para enfrentarse con lo que fuera a aparecer.
Después del primer deslumbramiento que nos produjo la luz que entraba desde afuera, pudimos reconocer la silueta a contraluz de un hombre viejo y pequeño. A lo mejor tenía la misma edad que nosotros, pero por culpa de las películas de Bruce Lee, uno se cruza con un chino petizo y canoso, e inmediatamente concluye que es viejo.  El hombrecito se mantuvo muy quieto y abrió mucho los ojos. A mi se me escapó una carcajada porque me imaginé el movimiento de cámara haciendo zoom en los ojos del chino. Sara Sandler siempre me decía que a mí me había cagado la cabeza haber pasado muchas tardes en los programas dobles del cine Cervantes, “la sala de la acción y la aventura”.
Estuvimos un rato en silencio hasta que el chino empezó a gritarnos. La verdad es que nos fallaron la intuición y los reflejos. Tendríamos que haber pasado al viejo  por arriba, alcanzar la puerta, buscar el auto y salir de ahí. Pero la estupefacción y los años nos ganaron. El hombrecito cerró la puerta y siguió profiriendo algo que debían ser quejas o amenazas. Aburrido, me senté en una de las silla que había en el salón y me dediqué a observar a Gómez. A pesar del aprieto en el que nos habíamos metido, no notaba ninguno de los indicios de la cercanía de una de sus explosiones.
Cuando el chino se aburrió de gritarnos sacó del bolsillo un teléfono celular. Ahí sí que Gómez recuperó los reflejos. Se abalanzó sobre el hombre, que resultó ser un aikidoka. Una maniobra elegante y tranquila, apenas un movimiento hacia el costado, y un pie cruzado a la altura precisa, y Gómez  quedó en el suelo. A pesar de la ridiculez del momento, decidí que lo mejor que podía hacer era tratar de no volver a reír, y esperar lo que viniera. Automáticamente me toqué los bolsillos de la camisa buscando algo para fumar. Luego me acordé de que había dejado de hacerlo para no tener que aguantar los retos de Rújale. Gómez, a su vez, se había puesto de pie. Y se había acomodado contra la pared, lejos del chino.
Pasó un momento en que nos estuvimos mirando los tres hasta que escuchamos gritos en la vereda y la puerta volvió a abrirse. Por entre el chorro de luz apareció un hombre un poco más joven, también gritando y blandiendo en la mano un teléfono. La situación había dejado de ser entretenida. Los cuatro nos mirábamos, impertérritos, hasta que sonó el handy de Gómez. Sin grandes gestos, cansado y golpeado atendió.
—Aquí Gómez, cambio.
—Jefe, ¿donde se metió?, cambio
—¡Qué poronga te importa, pelotudo!, cambio
—Pasa que nos llaman del 101, por lo que sería una entradera, cambio.
—¿Y no pueden resolver nada sin mi? ¡Qué manga de inútiles! Cambio.
—La verdad es que no sabemos porque es una situación medio rara. El operador del 101 dice que no entendía una mierda. Que parecían orientales. Pero que rastrearon la llamada y el celular estaba localizado en la vereda de la Iglesia Taiwanesa, cambio.
Gómez, bajó el brazo en el que tenía el handy. Me miró a mí, después a los chinos, luego a la puerta, y de nuevo levantó el intercomunicador.
—Estoy ahí. Mandáme un patrullero que ya te resuelvo el asunto. Cambio y fuera.
Volvió a apoyarse contra la pared.
Bajito, casi como hablando solo, dejó escapar.
—Chinos putos. Ya van a ver en la comisaría como les saco las ganas de pegarle a un representante de la ley.


Comentarios

Entradas populares de este blog

El idioma de la abuela Rebeca

La abuela Rebeca nació en 1912 en una colonia agrícola de la provincia de Santa Fe. Criada entre inmigrantes no supo de la existencia del idioma castellano hasta que tuvo que ir a primer grado. A pesar de esta situación fue entre siete hermanas la única que completó la escuela primaria y la secundaria (hubo un hermano varón que llegó a ser médico, pero para eso era varón). Este contacto tardío con el español podría haber sido de una de las causas del uso tan extraño de la lengua que hacía mi abuela. No debemos descartar que en su casa los mayores hablaban poco. Su madre distaba de ser instruida y su padre callaba resignado ante la vida  que su mujer y sus hijos le daban. Eso sí, a la hora de maldecir e insultar, mi bisabuela podía blandir la chancleta acompañándola  de gritos de guerra en variados lenguajes eslavos, germánicos o semíticos.   Su repertorio favorito incluía expresiones tales como “Juligán” “Ipesh” o “paskuñak”. No se (ni sabré nunca) si a la hora de construir una fras

Telémaco (Ítaca 4)

¡Ojalá que fuera vástago de un hombre dichoso que envejeciese en su casa, rodeado de sus riquezas!; mas ahora dicen que desciendo, ya que me lo preguntas, del más infeliz de los mortales hombres. ODISEA. Canto I ¿Qué es un hombre? ¿Qué sentido tiene ser el príncipe de Ítaca? ¿Qué obligación me empuja hacia el mar, en busca de Néstor y Menelao? ¿Qué honor debo limpiar?, ¿a quién debo servir? Ninguna respuesta. ¿Tendré que navegar como Odiseo, en busca de una costa donde queden mis huesos desnudos? ¿Quién es Odiseo?, o mejor dicho,¿quién era Odiseo? ¿Qué es un padre? ¿O acaso seré hijo del mar y al mar debo volver? Méntor me alienta a que navegue. También a que mate a los pretendientes. Nadie ha preguntado nunca qué quiere Telémaco. Si es que Telémaco existe. Si es que Telémaco desea. Si es que Telémaco tuvo padres. Si este cuerpo es algo más que un huerfano. Al mar. A por respuestas.

Un Plato de guiso.

Susana nació en la mitad del siglo veinte. No acostumbra dar  datos exactos sobre la fecha. Ya bastante pesado le cae el apelativo “sexagenaria” como para abundar en detalles o precisiones. Ahorremos el espacio del relato de su infancia. No hay allí nada relevante. Fue una cordobesa más, de una clase media educada, que llegó a la adolescencia en los 60. Como a casi todas sus contemporáneas, la época le cargó el imperativo revolucionario en la espalda: una muchacha moderna debía ser sexualmente emancipada y políticamente comprometida. Aunque sus padres, conservadores,  la habían enviado a un colegio de monjas, no tuvieron en cuenta o no supieron que la orden de las Hermanas Mercedarias había abrazado el Concilio Vaticano II y la Teología de la Liberación. Fue así que la formación intelectual de Susana abrevó en esa masa diversa que suelen llamar progresismo: un poco de marxismo, algo de religión, bastante de voluntarismo y mesianismo, algo de literatura y música. Terminó la secund