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Baigorria (6)

Sin la cámara de fotos, sin el grabador, y sobre todo sin el permiso de mi hija Rújale, salí a buscar pistas sobre los chinos que habían robado el papamóvil. Empujado por la promesa de Gómez de que conseguiría unos dineros de la cooperadora policial como recompensa a mis tareas, dejé el galponcito de la calle Antranik. Ya en la vereda me di cuenta de que no tenía demasiadas puntas por donde empezar a desanudar el ovillo.
Lo primero que pensé fue ir a ver a los chinos del supermercado de la calle Patria, pero era una muy mala elección. No los entiendo, ellos a su vez no me entienden, y no soporto el pop oriental que suena todo el tiempo adentro del local. Por otra parte, si fuera verdad lo que dicen las viejas del barrio, y todos los súper chinos formaran parte de una mafia que se quiere quedar con la Patagonia, ir a entrevistarlos hubiera sido poner la cabeza en la guillotina.
Deje de utilizar el raciocinio y pase a la intuición, que en mi caso, siempre se vincula al estómago. Sentí hambre y volví a recordar el pastrón, la cola en el local de Aguilera y el encuentro con Casipupi. Si la primera vez había funcionado, no veía porque razón no podría volver a suceder. Decidí que iniciaría una nueva rueda de averiguaciones por las fiambrerías para ver que encontraba.
Encontré muchas cosas interesantes: en la de la esquina de Pringles y 24, un jamón serrano espectacular. El perfume nomás te pegaba trompadas en la nariz. En el local que está al lado de las Escuelas Pías, un escabeche de queso de cabra bastante prometedor. Pero nada de información sobre los chinos. A decir verdad, más allá de la calidad de los productos que venden, esta gente no es muy dada a la conversación. Deduje además,  por el asombro que manifestaban al enterarse de que había un museo cerca de sus negocios, que esta gente no vivía en el barrio.
Con sendos paquetes bajo el brazo enfilé para la fiambrería del inglés de la calle Oncativo. El tipo es muy agradable, y suele tener ricas bondiolas y un excelente queso Brie. Mientras iba caminando, fui pensando cual sería la manera de orientar  la conversación para poder preguntar abiertamente sobre los chinos y se me ocurrió decir que buscaba vino de arroz para una receta.
Una vez que llegué, me demoré en sacar el tema. Me distraje probando y comprando unos quesos ahumados. Ya a punto de pagar e irme pregunté por el Sake:
--Una última antes de irme, ¿no tendrá Sake?
--Está difícil. ¿Para que lo necesita?
--Para una receta china.
--Entonces usted no necesita Sake. Lo que anda buscando es Mijiu.
--¿Y cuál sería la diferencia?
--El Sake es japonés, el Mijiú es chino, y es un poco más dulzón. De todas maneras, desde que se cerraron las importaciones yo no consigo más esas cosas. Se va a tener que ir al centro.
Pensé que el recorrido había sido un fracaso en cuanto a la información, no a la comida, y puse la mano en el picaporte, cuando el inglés me detuvo.
--Espere un minuto. No lo había pensado pero la solución está acá nomás.  Si sube dos cuadras por esta misma calle, pasando el Hospital Italiano, está la Iglesia Taiwanesa. No le digo que vendan comida, pero seguro que esa gente sabrá donde se puede conseguir lo que usted busca.
Saludé y salí. No podía ser tan sencillo. Si efectivamente había chinos en el 1600 de la calle Oncativo, estaban a escasas seis cuadras del Museo. Empecé a saborear la posibilidad de la victoria, y unos pedazos de queso que iba sacando del paquete, cuando la realidad me pateó en el medio de la espalda. Literalmente.
No fue la realidad en si. Lo que me trajo de vuelta de la ensoñación de triunfo fue el golpe que me asestó un naranjita, cuando estaba pasando la cuadra del Hospital Italiano. Para los que no son de Córdoba capital, les explico: se les llama “naranjitas” a las personas que piden dinero a cambio de “cuidarte” el auto. Esta forma de mendicidad disfrazada de trabajo fue institucionalizada por el ex intendente Juez; y ninguno de los que lo siguió en la gestión municipal tomó jamás una medida para poner el asunto del estacionamiento medido en orden. Hoy los naranjitas, reconocibles por los chalecos de color anaranjado, son una fuerza terrible, que  en muchos casos cobran bajo amenaza. Los habrá buenos y malos como en todas las profesiones. El que me metió la patada era definitivamente de los malos.
Como estoy un poco viejo y falto de reflejos, tardé en reaccionar. Además me amargó ver los paquetes de comida en el piso. Cuando pude poner mi mente en claro y buscar el origen del golpe me encontré frente a un hombre igual de viejo que yo pero visiblemente arruinado. Gordo, pelado, y con muy pocos dientes. No llegaba a darme cuenta quién era hasta que habló:
--Botonazo culiaú, ¿Qué’hací acá ch’ijueputa?
El Cara e’balde, sin duda.
El Cara e’balde había sido un raterito de poca monta que fue desarrollando la carrera de ladrón al mismo tiempo que yo había desarrollado la de policía. Cada tanto lo agarrábamos y lo metíamos en el calabozo y lo volvíamos a soltar. Nunca hacía un “trabajo” que ameritara procesarlo. En realidad, las carreras de Gómez y mía progresaban mucho más que las de Cara e’balde. Hasta que Gómez decidió darle un “ascenso”
A principios de los años ochenta, la comisaría era un desmadre. La llegada de la democracia había traído nuevas ideas que eran difíciles de conciliar con las de la gestión anterior, y muchas veces eso generaba incoherencias a la hora de actuar. La falta de claridad no es buena para la policía. Menos para Gómez que, ante la duda,  seguía siempre el impulso de reventar a trompadas a la gente. A Gómez lo venían marcando por un par de “excesos”, cuando decidió que la mejor manera de salir del lodazal era hacer una detención que lo dejara posicionado como un agente eficiente y comprometido. Como nunca fue un investigador nato, armó un caso con dos o tres denuncias de robo, le plantó evidencia a un perejil y salió airoso. El perejil había sido el Cara e’balde.
Se ve que no la había pasado bien en la cárcel el hombre. Tenía un brazo medio inútil, bastantes cicatrices, y sobre todo mucha cara de rencor. Traté de evitar el conflicto.
--Oiga, ¿por qué me golpeó? Usted se confunde…
--Que me uá’ a confundí, cobani culiaú, viejo y choto no me uá’ a olvidá  má de la cara tuia.
No había mucho por hacer, El hombre sabía quién era yo.
--Mirá Cara e’balde, hace años que no soy policía, y yo no tuve nada que ver con que vos fueras preso.
El Cara e’balde empezó a acercarse de manera amenazadora y a levantar la voz.
--Vo’, sorete mal cagado, y toda la banda de soretes que laburaba con Gómez me cagó la vida, ¿sabí vo’?
Lo miré midiéndolo. No había forma de que el pobre hombre me hiciera más daño del que me había hecho con la patada. Lo peor hasta ese momento era la caída del fiambre al piso. Envalentonado cometí un error. Contestarle.
--A ver Cara e’balde, ¿vos y cuántos más?
El Cara e’balde pegó un chiflido, y en menos de un minuto tuve alrededor a seis naranjitas que “trabajaban” entre la Clínica Reina Fabiola, el Hospital Italiano y el Sanatorio del Salvador. Cómo fue la golpiza, no podría decirlo. Lo único que recuerdo después, es la cara enojada de Rújale, mientras me despertaba en la camilla de la guardia del Hospital Italiano.


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