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Baigorria (7)

Despertarse en la guardia de un hospital siempre es malo. Para mí, Alberto Baigorria, despertarme en la guardia del Hospital Italiano, está entre las peores cosas que me pueden pasar.
Antes de que el departamento de relaciones con la comunidad de la institución, o la caterva de abogados que seguramente tienen a su servicio se consideren ofendidos, aclaro que no es por la calidad del servicio que digo esto. Otros opinarán de ese asunto. Mi problema se debe específicamente a una persona: la gorda Susana.
Seguramente en el hospital no la llaman así porque tiene un puesto jerárquico en la estructura del servicio de enfermería. La gente no es tonta y cuida su trabajo. A nadie le gustaría además, ponerse a ese tanque sexagenario y sindicalista en contra.  Solamente los que la conocimos como “La Susy”,  nos permitimos mentar su obesidad.
A la Susy la teníamos vista de caminar la avenida 24 de Septiembre. A sus veinte años llamaba mucho la atención. Era como una cámara de fotos japonesa, chiquita y compacta, pero con todo en su lugar. Además que era rápida como pocas.  No nos hizo falta encararla porque ella se daba maña solita. Allá por el año 1974, se acercó en la pileta de Redes Cordobesas a todo el equipo de Basket, un servidor incluído, con la excusa de que necesitaba “carne” para un práctico de la escuela de enfermería.
En ese momento no pude conocer las habilidades de la Susy, no porque yo fuera casto ni pacato, sino porque la convocatoria coincidía con una cita que ya tenía fijada con Sara Sandler. Sin embargo, los comentarios que los muchachos hicieron en el entrenamiento, días después, me dejaron picando la curiosidad. No salí a buscarla, porque a la Susy te la cruzabas seguro. Siempre a la misma hora pasaba por la puerta del club. Si no venía de la escuela de Enfermería, iba a una reunión de la JP. La Susy era brava y combativa en muchos terrenos.
Una tarde de diciembre que salía del entrenamiento, y que Sara estaba ocupada ayudando a su madre a preparar comida para festejar Jánuca, me la encontré en la vereda del club. Yo venía por Roma y ella por 24 de Septiembre. Casí chocamos en la esquina. Un poco después estábamos chocando en su casa. Y seguimos haciéndolo varias veces más. Hasta que Sara empezó a sospechar, o la Susy se cansó. Ya no recuerdo bien.
Si ustedes piensan que la Susy fue “el problemita”, se equivocan. En todo caso fue un factor más que sembró la desconfianza en Sara. La Susy, a medida que se iba convirtiendo en la gorda Susana, no menguaba su voracidad sexual, y aumentaba su desfachatez. Si uno se la cruzaba en la calle, aunque estuviera acompañado de esposa e hijos, no se privaba de hacer comentarios para nada sutiles. Sara la toleraba en público pero estallaba en privado. De todas maneras, como ya les dije, la Susy no fue la que hizo que Sara se fuera para siempre.
Pero volvamos al punto de la historia donde estábamos. Después de que el Cara e’balde y sus socios me reventaran a trompadas me desperté en la guardia del Hospital Italiano. Lo primero que pude reconocer fue la cara rabiosa de mi hija Raquel. Con Rújale no hay que preocuparse cuando te insulta en castellano o en hebreo, sino cuando no te dice nada. Estuvo un rato largo mirándome. Yo podía deducir por la forma en que apretaba la mandíbula, que estaba furibunda y angustiada. Siguió en silencio hasta que supuso que yo ya estaba lo suficientemente despierto como para entenderla.
—Ya vas a tener tiempo de explicarme en que cagada andás. Ahora que me consta que estás vivo, lo voy a buscar al estúpido del Enzo, que es incapaz de buscar un café sin perderse.
Mientras Raquel salía a buscar al bobo, me quedé pensando en las pocas veces en que tanto ella como yo hacíamos referencia al muchacho por su nombre, No pude divagar demasiado porque al ratito que Rújale salió, apareció la división Panzer motorizada en pleno.
—¿Qué pasó Beto, un calambre jugando contra Hindú?
Ahí estaba la gorda Susana, igual de lasciva que cuando era la Susy, pero con cuarenta años y kilos de más. Antes de que pudiera contestarle nada ya me había puesto una mano entre la rodilla y la cadera. Para que no siguiera inspeccionando, a pesar del esfuerzo que tuve que hacer,  me senté en la cama todo lo rápido que pude y le contesté:
—Salí Susy, no me toqués que estoy todo dolorido de las piñas.
La gorda fue sacando la mano lentamente, disfrutando de saber que me incomodaba.
—Ya se tonto, si acá no pasa nada sin que yo me entere. ¿Qué andaba buscando mi investigador policial preferido?
—Ya no estoy más en la policía.
—Ya se tontito—dijo Susana tratando de parecer sensual –Demasiada paciencia te tuvieron para las cagadas que hacías.
No le contesté. Ella aprovechó el silencio para dar una vuelta alrededor mío, como si fuera la araña que recorre la tela antes del llegar al centro donde la mosca está pegada.
—¿Así que te cagaron a trompadas? ¿Qué estabas buscando?
—¿Sabés algo de los chinos de acá a la vuelta?
—Claro querido, mi casa comparte la medianera. Son medio ruidosos los días domingo, pero el resto de la semana no  pasa nada.
Mi cabeza empezó a asociar ideas rápidamente. Si Susana vivía al lado de los chinos podía cruzar desde el techo de su casa y meterme a espiar. De nuevo estaba en carrera para conseguir la plata para el arreglo del Dauphine. Traté de sonar amable y sugerente.
—¿Y yo podría pasar por tu casa para que me muestres la medianera?
La gorda era golosa y no dejaba pasar ninguna oportunidad. El tono de su voz pasó de juguetón a exaltado.
—Te puedo mostrar, la medianera, la tapia, la zanja, lo que quieras papito.
Cuando la cosa se estaba por poner espesa aparecieron por la puerta Rújale y el novio. Raquel no estaba rigoreando al bobo porque ya de chiquita fue muy obediente de los carteles que decían “Silencio, Hospital”. Susana dio un paso para atrás para recuperar una distancia decente conmigo. Rújale no pareció notar nada. Se limitó a saludarla y hacer una serie de preguntas sobre mi estado de salud. Mientras la gorda contestaba de una manera técnica y profesional, escribía algo en un anotador. Cuando terminó de responder a todas las dudas de Rújale, se acercó hacia mí y me extendió un papel.
—Acá tiene mi dirección, ya sabe, por si necesita inyecciones.
Dio media vuelta y salió.
No pude disfrutar ni medio minuto de tranquilidad, porque en cuanto  Raquelita supo que me vida no corría peligro, recuperó su habitual iracundia.
—No puede ser que me haya vuelto de Israel buscando paz, y que convivir con vos sea peor que tener a los de Hamas en la casa de al lado. Ahora mismo me voy con el Enzo a resolver unas cuestiones de la cobertura de tu obra social. Preparate que en cuanto vuelva, me vas a escuchar.
Cuando estuve de nuevo solo, y pensé que el día ya había agotado todas las sorpresas desagradables, otra voz conocida me sacudió desde el fondo de la sala de guardia:
—Eh Betito, ¿cómo andás? ¿Esa era la Raquelita? Se puso grande la chiquitina.
La voz y la manía de usar diminutivos eran inconfundibles. Casipupi. Al instante lo tuve delante de mí.
—¿Te dieron la salsa Betito?
—¿Qué hacés acá Casipupi?
—Uno de los pibes se tragó un hueso de una tira de asado. Vos viste que los pibes son medio boluditos.
Estuve tentado de contestarle que seguramente se parecían al padre, pero me contuve. En cambio, me mostré interesado en el asunto.
—¡Mirá! Pobre pibe, ¿pero ya está bien, no?
—Si. Es más, pasé por acá porque casi me dejo olvidado el saco, —me dijo mientras me mostraba la prenda— pero el chico ya me está esperando en la calle con el auto encendido.
El momento para escapar de Raquel se me había servido en bandeja.
—Che, Casipupi, yo ya me estoy yendo; ¿no te jode dejarme por mi casa?
—Para nada Betito, ¿pero no tenés que firmar nada?
—¡Naa! Ya estará Rújale ocupándose de todo.
Me bajé de la camilla y tratando de llamar la atención lo menos posible, salí de la guardia detrás de Casipupi. Llámenme cobarde, pero prefiero aguantar la charla estúpida de este hombrecito, que enfrentarme con mi hija.


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