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Baigorria (8)

Casipupi me llevó a casa manejando un Fiat 128 IAVA anaranjado, que debió haber conocido mejores épocas. Así como Casipupi encarnaba todo lo que no podía tolerar en una persona, su auto representaba claramente como no debía mantenerse una máquina. La pintura era ordinaria y había sido aplicada con rodillo, los espejos retrovisores eran de un tamaño incoherente, y el tapizado, no solo no era el original, sino que era chocante y estaba mal cosido. No había ningún punto que pudiera compararse con mi Dauphine, en el que se dejaba intuir la gloria de su diseño.
A las tres horas de haber llegado a casa, apareció Rújale. Sola. Durante lo que quedó del día se dedicó a no hablarme, a actuar su ausencia. En eso Raquelita es calcada a su madre, o a como era su madre cuando vivíamos juntos. Las broncas de Sara eran ruidosas, pero la ira absoluta y visceral se expresaba en un silencio opresivo. De todas maneras, lo que me angustiaba en Sara, no pasaba de ser un incidente menor en Raquel.
Esperando que el ánimo de mi hija volviera a la normalidad, me dedique ordenar mi ropa para la visita a Susana del día siguiente. Aunque la gorda fuera fácil, tenía que garantizar una facha interesante. Después de todo, el mismo tiempo que pasó para ella pasó para mí. Cuando finalmente fui a acostarme, me costó dormir porque no encontraba una posición en la cama en la que no me doliera algún moretón de la golpiza. De todas maneras ocho horas después, estaba nuevo y de buen humor. Tenía una pista, tenía un contacto y sentía que ya tenía asegurada la plata para terminar de arreglar el Dauphine. Nada podía salir mal.
Una de las cosas más asombrosas de la vejez, es que contra lo que la sabiduría popular sostiene, se aprende bastante poco de la experiencia. ¿Por qué digo esto? Porque siempre que tuve la certeza de que todo iba encaminado, alguna situación se torció de un modo inesperado o grotesco. Y aún así, sigo practicando ese optimismo enfermizo. Ya tendría yo que haberme dado cuenta que nada bueno puede salir de un día en que el desayuno es constantemente interrumpido por el orate del novio de Rújale.
Mi adorada hija había pasado de la aplicación férrea de la ley del hielo, al régimen del gruñido y los monosílabos. Eso no me impedía disfrutar de mi café y mis medialunas. Lo que si era un obstáculo, era la cara de mandril hambriento que plantó el muchacho delante de la bandeja de facturas.
--¿Qué buscas nene?—le dije con un tono lo suficientemente seco como para que una persona normal entendiera que no buscaba compañía.
--Hola suegro, buenos días.
El muchacho se arrimó a la mesa y se sentó. Me quedó claro que lo que opera con personas normales no funciona con este chico. ¨Por un instante me dio un  poco de lástima, y sin dejar de mojar mi medialuna en el café, con la mano que tenía libre, empujé la bandeja en dirección al bobo. El sujeto entendió perfectamente el gesto porque pasó a devorarse mi desayuno, y a hablarme con la boca llena.
--Buenas noticias suegro.
--No soy tu suegro, Renzo.
--No soy Renzo, soy Enzo.
--Me da lo mismo, ¿qué querés?
El chico sacó un paquete que traía en su bolso.
--Acá le traje el grabador. Se lo había llevado a un pibe amigo que tiene un tallercito en la calle Eufrasio Loza. Le dio una limpiadita y anda un chiche, además le conseguí unos microcassetes.
Mientras decía esto, Enzo iba poniendo el aparato y las cintas sobre la mesa del desayuno. Lo hacía con una delicadeza  tal que por un momento pensé que había una genuina corriente de afecto del muchacho hacia mí. Me acordé de un caniche horrible que Sara había tenido años atrás. Era un cuzco tan zonzo, que no importaba cuanto lo maltrataba, siempre volvía moviendo la cola. Para completar la analogía con el perro, apareció Raquel para poner orden.
--Enzo, ¡Venga para acá!
El muchacho, obediente, se levantó y fue hacia donde provenía la voz del amo. La escena me dio pena, así que mientras se iba le hice una sonrisa. Después de todo, se había tomado el trabajo de llevarme a arreglar el grabador.
Antes de la hora del almuerzo, aproveché el momento en que Raquel revisaba planillas para poder salir sin dar explicaciones. Lento pero decidido, disfrutando de la luz del mediodía llegué hasta la casa de la gorda Susana. Toqué la puerta y al ratito se abrió.
No quisiera apabullar al lector con descripciones. No es que no me alcancen las palabras. Es que no me parece justo. Es muy posible que si ustedes conocieran a la enfermera Susana, trabajando y con su uniforme, no les llame la atención. El problema es encontrarla en la puerta de su casa, semidesnuda, apenas cubierta por un negligeé de tela sintética que pretende ser satén.
--Hola Betito. ¡Que lindo estás! Pasá que te sirvo algo fresco.
Entré sabiendo que iba a necesitar bastante más que algo fresco para pasar el mal trago. Por debajo de la tela se intuía una masa amorfa que tenía poco que ver con el cuerpo solido que recordaba. Para distraerme me puse a mirar el ambiente: un salón comedor lleno de muebles viejos, una puerta que daba a la cocina, una ventana a un patio de luz, y al costado, una escalera que llevaba a una planta alta. Tratando de ir directo al grano, mientras Susana iba a buscar algo a la cocina, pregunté por los chinos.
--¿Así que la iglesia de los chinos está acá nomás?
--¿Vas a hablar solamente de trabajo? Yo me estaba preparando para pasar un lindo momento.
Susana traía una bandeja con vasos, un sifón, una botella de Cinzano Rosso y un Gancia. Sin contestar a mi pregunta, ni dando lugar a más conversación combinó las bebidas de la misma manera que años atrás lo hacía en el buffet del club. Me acercó un vaso apoyándose casi en mí, y después se alejó para arrojarse en un silloncito. Quiero creer que ella se veía como una mezcla de Lana Turner con Sharon Stone. Para mí, en cambio, era un híbrido de Miss Piggy con la gorda de Misery. Empecé a caminar por el salón como un ratoncito que busca una vía de escape. Nervioso, cometí un error. Buscando cómo llegar por el techo a la iglesia de los chinos, puse un pie en la escalera.
--¿Por acá se llegará a…
--Subí corazón—interrumpió la gorda, mientras me empujaba con los pechos. De la impresión, llegué a la planta alta de un tirón. Inmediatamente me acordé de Rújale cuando miraba películas de terror. Mientras Renzo, Enzo o como sea que se llame se tapaba la cara para no ver, Raquelita le gritaba al televisor.
--¡Hacete matar pelotuda! No hay que escapar para arriba.
Igual que la chica que llega viva al final de cualquiera de la serie de “Martes 13” empecé a mirar ansioso las puertas mientras escuchaba los pasos pesados de la gorda por la escalera. Vi un baño y entré. Pasé la traba y busqué el teléfono para pedir refuerzos.  Afuera, la gorda había alcanzado el rellano y me buscaba.
--Betito, picarón, ¿Dónde te metiste?
--Ponete cómoda y esperame un ratito. Me parece que me cayó mal el copetín.
Nervioso marqué el número de Gomez. El desgraciado tardó en atender.
--¿En qué andás Baigorria?
--Tengo una pista firme para llegar al Papamóvil pero tenés que venir ya a darme una mano.
Mientras le daba la dirección, Susana volvió a acercarse a la puerta del baño.
--¿Qué pasa Betito, hablás solito?
--Nada, nada. Esperame que ahí voy.
Gomez, escuchó la conversación. A partir de ese momento noté en su voz un claro tono de malicia:
--¿En qué te metiste “Betito”? ¿Otra vez pensando con la cabeza de abajo?
--Por favor Gomez, por lo que más quieras, vení a sacarme de este apuro.
Del otro lado de la línea se sintió la carcajada de Gomez. Después siguió hablando.
--Te merecés todas y cada una de las que te pasan “Betito”. Ahí voy para rescatarte, lo más lento que pueda—dijo. Y cortó.
La comisaria Sexta está a no más de seis cuadras de la casa de Susana, pero de todas maneras, Gomez se las arregló para tardar media hora en llegar. Tiempo durante el cual se me fueron agotando las excusas para permanecer en el baño. Por otra parte, el tono de la conversación de la gorda había ido virando de la seducción al enojo. Cuando pensé que tendría que salir y enfrentar la situación sonó el timbre. Susana dejó escapar una puteada y bajó la escalera. Cuando abrió la puerta de calle, y escuche la voz de Gomez, abandoné de mi refugio. Gomez y Susana también se conocían de jóvenes pero se detestaban desde entonces. No había ninguna razón en particular. Simplemente no se gustaban. A los dos o tres minutos de hablar, subieron la escalera. Susana estaba claramente enojada. Sin mirarme, abrió una puerta que estaba junto al baño, y extendió el brazo señalando hacia afuera.
--Terraza, —dijo– a la derecha está el techo de los chinos.
Gomez rodeó a la gorda y salió por la puerta. Lo seguí. Cuando le pasé al lado, escuché clarito la voz de Susana diciéndome:
--Si volvés a pisar mi casa, o te cruzo en la guardia del Hospi, te castro de una.
Salí todo lo rápido que pude. Esta no era una mujer de perder tiempo en amenazas porque si nomás.


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