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Baigorria (10)

Aunque el contacto con Gómez no había llegado nunca a interrumpirse del todo, hacía muchos años que no entraba a la Comisaría Sexta. El edificio sobre la avenida 24 de Septiembre no había cambiado mucho. Era incómodo y poco funcional para una dependencia policial. No dejaba de ser una casa de  1900 con sus patios y recibidores.
Además de los problemas del edificio, Gómez no la manejaba bien. O sencillamente no la manejaba. Trataba de delegar todo lo que fuera posible en sus subordinados. Se atrincheraba en la cocina y resistía el avance de una generación de policías que, sin llegar a ser simpáticos, de vez en cuando aparecían en la tele llorando porque habían asistido en un parto.
Fui temprano para encontrar la menor cantidad de personal posible. No tengo ya ganas de explicar quien soy, o en todo caso quien fui. No es que se acuerden mucho de mi, pero cuando lo hacen no es en buenos términos. Algunos de mis excompañeros por suerte han pasado a retiro y ya no se sienten obligados a insultarme cuando me ven en la calle. Gómez estaba en el zaguán de la entrada, apoyado sobre una de las paredes, con el mate y el termo en las manos. Parecía una viñeta  de las que Cognini publicaba hace años en La Voz del Interior.
Gómez me miró. No dijo nada. Miró el mate, acomodó el termo. Cebó un mate largo y espumoso y me lo alcanzó.
—Le acabo de cambiar la yerba. No me vengas con delicadezas como acidez o cualquier otra boludez. Ahora tengo a cargo una banda de putos que ni mate toman.
Recibí el mate y me lo tomé en dos sorbos. Se lo alcancé de nuevo a Gómez, que volvió a cebar. Fue chupando la bombilla despacito y concentrado. Cuando terminó, me miró de nuevo con una expresión desganada.
—¿A qué viniste?
—¿Cómo “a que vine”? ¿No vamos a interrogar a los chinos?
—¿Qué? ¿Acaso hablás chino ahora, pelotudo?
Hizo una pausa. Sabía de sobra que cuando Gómez estaba en ese ánimo había que esperar y dejarlo hablar. Por el zaguán cruzó un policía muy joven que debía empezar su turno. Se saludaron, y el chico siguió hacia el patio donde está la unidad judicial. Como se había despegado de la pared para saludar, Gómez aprovechó para estirarse un poco y hacer unos pasos.
—No tengo a los chinos. Los tuve que largar –dijo.
— ¿Cómo?
—Abriéndoles la puerta.
Dejé pasar otro momento.
—Gómez, no te me hagás el ingenioso ahora. Estoy en esta porque vos me llamaste. Me cagaron a trompadas y terminé en la guardia. Mi hija no me habla. Me merezco una expli…
—Te merecés que te pasen por arriba con un tanque. Pero eso es otro asunto. Tuve que largar a los chinos putos esos porque a la media hora que los tuve acá me reventaron de llamadas de teléfono desde arriba.
—¿Arriba?
—El Gobierno de la Provincia, pelotudo. Desde la Cámara de Supermercados Chinos hasta la Asamblea de Iglesias Presbiterianas, salieron todos a gritar por los amarillitos estos. No hubo secretaría de la que no me hablaran para putearme. Así que los largué.
—¿Y el robo del museo?
—Eso es lo raro. Después de que ya había largado a los chinos me volvieron a llamar. No me acuerdo de que ministerio, para decirme que tuviera mucho cuidado. Que diera el asunto por cerrado. Que había habido un malentendido y que al papamóvil lo habían sacado para hacerle mantenimiento.
—¿Y?
—Y es mentira, pedazo de pajero a pilas. Me vengo a enterar que medio barrio vio pasar el papamóvil a la madrugada, y estos boludos me quieren hacer creer que no hubo un robo. Seguramente estarán buscando alguna Traffic vieja en los depósitos judiciales para hacer una copia y terminar el asunto.
Lo miré. Estaba lleno de bronca contenida. Era el momento de retirarme. Le pedí un mate más.
—Cebame uno para el estribo Gómez.
Me lo alcanzó. Lo tomé. Y me fui. Sin demasiados saludos ni expansiones.
Encaré por la 24 de Septiembre, para barrio Patria. La mañana estaba clara y daban ganas de caminar. Llegando a la avenida Patria me sentí cansado por la subida, así que decidí parar en algún café de la zona del Hospital Córdoba para tomar algo. Para no cruzarme con Casipupi, que solía parar en el Olé, fui directo para el Ambassador. Apenas entré me di cuenta de que había cometido un error.
—Betito, viejo animalito nocturno, ¿qué aventuras te traen por acá?
La voz ridícula de Casipupi salía de entre una banda de viejos arrinconados en una mesa.
No había mucho que hacer. No podía dar la vuelta y salir, así que me acerqué a la mesa.
—Vení Betito, te acordás de las “estrellas blancas”?
Los viejos que estaban sentados con Casipupi eran, efectivamente, algunos de los integrantes de lo que había sido el mejor equipo de Basket que había tenido General Paz Junior’s. Cuando yo era chico, se paseaban por el barrio con aire de gladiadores. Los más chicos queríamos ser como ellos. Ahora eran unos señores gruesos y anteojudos.
—Hola, ¿Qué tal? Baigorria… —Saludé.
—Si, el de Redes—dijo uno.
—Ah, el policía—dijo otro.
Otros se callaron y se miraron. Como ya estoy acostumbrado a estas situaciones,  y además quería tomar algo, me senté en la silla que Casipupi me acercó.
Los viejos siguieron hablando de sus asuntos. Alguno contaba una operación de cataratas mientras otro se quejaba de los divorcios de sus hijos,  y otras conversaciones por el estilo. El mozo pasó, le pedí un café doble y me quedé en silencio esperando la bebida. De la nada, Casipupi interrumpió las conversaciones para espetarme directamente:
—Y Betito, ¿ahora que largaron a los Taiwaneses de la Iglesia, a quién le tiramos el muerto?
La mesa hizo un silencio incómodo. Justo llegó el mozo con mi café. Aproveché como para que la cosa se distendiera un poco. Sin darle demasiada importancia, busqué un sobrecito de azúcar, y mientras lo ponía en el café y revolvía, le contrapregunté:
—¿De qué me estás hablando, che?
Casipupi se rió. Buscó con la mirada la complicidad de los viejos de la mesa, pero ninguno le llevó mucho el apunte.
—Betito, acá en el barrio se sabe todo. Aunque los diarios no lo publiquen, aunque del gobierno lo escondan. Todos se preguntan porque sigue cerrado el museo. Muchos vimos a los chinos, y el quilombo que se mandaron ayer en la Iglesia Taiwanesa también circula. Hasta sabemos que Chen lo cagó a palos a tu “amigo” Gomez.
No me gustaba que Casipupi se pusiera irónico sobre mis asuntos con Gómez, pero no estaba con ganas de contestarle. Me limité a tomar un buen sorbo de mi taza.
—Lo que no entiendo—siguió Casipupi, —es por qué son tan limitados para hacer investigaciones.
Casipupi hizo una pausa dramática. El tipo estaba ansioso de que le preguntara qué sabía. Decidí no darle con el gusto y seguí tomando el café. Los viejos estaban por retomar sus conversaciones cuando Casipupi no aguantó y largó:
—A ver Betito, uno más uno es dos. Si tenían que buscar un auto robado y unos orientales, ¿por qué no fueron directamente a buscar a los amarillos de la calle Suipacha?
—¿Perdón?
—No te hagas el pavo, Betito. Es  a cuadras de tu casa, nomás. ¿Sos el único que no sabe que los armenios del taller le alquilaron el galpón a unos coreanos?
—¿Qué armenios? ¿Los Agopian?
—No, los Avakian—dijo uno de los viejos.
Intervino otro:
—¿El taller no era de los Mulukián? ¿O de los Torosián?
—Basta, –interrumpí, —ya se de que galpón hablamos. ¿Lo alquilaron unos chinos?
—Coreanos, —me corrigieron.
La situación era un poco humillante. Un equipo de jugadores de basket retirados sabía más que yo de un caso que estaba sacudiendo al barrio. Decidí retirarme de la manera más honrosa posible. Terminé el café, inventé que tenía que ocuparme de algún trámite y volví para casa. Cuando llegué me encontré con Rújale desayunando en la cocina.
—Buen día Raquelita.
—Buen día.
Si Rújale contestaba, las cosas no debían estar tan mal. Decidí descansar el resto de la mañana y salir a buscar a los coreanos después del almuerzo. Me puse a buscar el juego de mate para prepararme unos amargos en la oficina.
Como si nada Rújale largó:
Seguís haciendo estupideces y a la primera de cambio me vuelvo a Israel con Ariel y mamá.

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