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Baigorria (13)

Gómez subió al auto y arrancó. No esperaba que me acercara a casa después de la discusión que habíamos tenido, pero por lo menos podría haber saludado. Me quedé parado en la vereda mientras los dos orientales me miraban con cara de pocos amigos. Desde la vereda de enfrente, la vecina que nos había gritado “borrachos” también  tenía los ojos puestos sobre mí,  pero la expresión era una mezcla de satisfacción y deseo que los tipos del taller me reventaran a trompadas. No cabía la menor duda de que no tenía nada que hacer en ese lugar, así que empecé a caminar lentamente en dirección a la avenida Patria. Tampoco iba a salir corriendo. Una cosa es recular y otra muy diferente es perder la poca dignidad que a uno le va quedando.
Debían ser ya las tres de la tarde y lo único que había almorzado era el sándwich que me había convidado el orate del novio de Rujale. Milagrosamente no me había producido acidez, Empecé a sentir hambre de nuevo. La posibilidad de conseguir latkes para cumplir con el antojo que tenía desde la mañana era inexistente. Por otra parte, era una hora en que la mayoría de los almacenes de barrio Pueyrredón estaban cerrados. La única alternativa que iba quedando era seguir camino hasta la avenida Patria y  buscar algún barcito o supermercado abierto.

A la altura de Patria al 900 encontré un súper chino. No soy un hombre prejuicioso  y me causaban extrañeza las cosas que dicen de ellos. El barrio, a pesar de su mezcla de armenios, judíos rusos, ingleses y gallegos, era muy cerrado. Sobre los chinos había escuchado toda clase de rumores dementes: que apagaban las heladeras durante la noche, que le cambiaban las fechas de vencimiento a los perecederos, que el precio bajo de los vinos se debía a que se lo compraban a piratas del asfalto y otras cosas así. De todas maneras lo único que alguna vez había comprado allí era alguna bebida embotellada. La razón por la cual evitaba el local, era la música que escuchaba la señora que atendía en la caja. Pop de Hong Kong. Siempre a un volumen excesivo.
Cuando hago este tipo de comentarios Raquel insiste en que estoy envejeciendo, y que la música que escuchan los jóvenes hoy, no es peor que cualquier disco de Lalo Fransen o de Billy Caffaro. Tiene razón, pero eso no resuelve el hecho de que no tolero el pop oriental
De todas maneras, el hambre podía más que mi intolerancia y entré al súper. La cajera me saludó con la cabeza y pasé directo a la parte de los fiambres. La música que sonaba era una versión del tema de “Titanic” cantada en chino (no me pregunten si en mandarín o cantonés). No llegó a molestarme porque al pararme delante de la heladera encontré una pieza entera de pastrón. No todo estaba perdido. Como no había nadie que me atendiera, fui a buscar pan y pepinos. Entre los frascos de los encurtidos encontré unos pepinos agridulces bastante aceptables, y entre los panes envasados encontré un pan negro con centeno. Volví a la fiambrería. Una muchacha con aspecto de cordobesa común y corriente se miraba las uñas y masticaba chicle. No me saludó pero por lo menos fue diligente y cortó el fiambre con prolijidad. Con alegría y un cuarto quilo de pastrón cortado en fetas me dirigí a la caja.
La mujer que tenía que cobrarme estaba muy concentrada en la canción que estaba sonando. La situación era complicada en varios aspectos. Por un lado quería pagar e irme para armar el sándwich de pastrón y pepinos lo más pronto posible. Pero, ya que estaba ahí, no podía desperdiciar la oportunidad de sacar algún dato sobre el robo del papamóvil.
Es posible que en este punto ustedes comiencen a desconfiar de mi habilidad como investigador. Dirán que es ridículo pensar que todos los chinos que viven en Córdoba se conozcan entre sí y sepan lo que unos y otros hacen. Comentarios parecidos hacía Sara Sandler cuando le preguntaba por algún integrante de la colectividad judía.
--No todos los “ovich” nos conocemos—me decía riéndose.
De la misma manera podía contestarme la mujer del súper. Además tenía otras dificultades para superar, por ejemplo la conocida reticencia oriental o la posibilidad de que no hablara castellano.
Me acerqué un poco más a la caja. Noté que había una notebook conectada al amplificador. En la pantalla podía verse una lista de reproducción de youtube llamada “beautyful chinese music”
--Linda música—le dije.
--Garacias, señor…
--Alberto.
--¿A usted le gusta la música china señor Albereto?
--Bueno, si. Todos hemos escuchado alguna vez al señor este del Gangam Style.
La mujer se puso seria. –Ese es coreano. No chino.
Metida de pata. Tenía serias posibilidades de volver a mi casa sin información, y si volvía a equivocarme, quizás sin pastrón.  Decidí garantizar el sándwich.
--¿Me va cobrando por favor?
La china fue pasando los productos por el lector de barras, mientras seguía tarareando. Cuando terminó me dijo el precio. Fui sacando la billetera con lentitud como para ir estirando la situación y poder conversar. Mientras contaba los billetes le dije:
--¿Se ha enterado de lo que pasó en la iglesia china?
--No es china. Es de Taiwan.
La cantidad y variedad de orientales distintos me estaba jugando claramente en contra.
--Si disculpe. ¿Pero se ha enterado?
--Yo nada que ver con taiwaneses.
La china contaba los billetes con parsimonia. Me miró con desconfianza:
--Faltan cinco.
--Perdóneme, es que soy un poco distraído.
La china no solamente se daba cuenta de mis estrategias para ganar tiempo, sino que se empezaba a mostrarse hastiada. Saqué los cinco pesos que faltaban y decidí ir a lo directo.
--Mi nombre es Alberto Baigorria, estoy investigando junto con el personal de la Seccional Sexta un asunto muy importante que afecta a su colectividad. Necesito que me diga todo lo que sabe sobre el taller mecánico de la calle Suipacha…
La cajera pasó del hastío al enojo. Empezó a gritarme en chino. Desde el fondo del local vino corriendo un hombre mayor que primero le gritó a ella y después a mí. No le entendía a ninguno de los dos, pero instintivamente apreté contra el pecho el paquete de fiambre, pan y pepinos.  Fui saliendo del local caminando para atrás. Antes de que llegara a la calle, el hombre dejó de gritarme en chino, respiró hondo, pensó y me dijo:
Poricia perotudo, somos chinos, no coreanos.

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