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Baigorria (11)

La mayor diferencia entre Rújale y su madre, es que mi hija es innegablemente goy. Contra todas las teorías que los judíos suelen esbozar sobre la transmisión de la condición de israelita a través del vientre, Rújale es la síntesis de todo lo gentil que puede nacer de un útero hebreo. Ella es en un cien por ciento Baigorria, nada de Sandler.
Cuando era muy pequeña, y su hermano Ariel era un bebé, Sara solía hacer una prueba: con una cucharada de puré en la mano, encaraba a sus dos hijos mientras decía con voz lastimera “comé por mi salud”. Ariel abría la boca, Raquelita salía corriendo. También se saltaba otros tópicos. No movía las manos al hablar porque en realidad casi no hablaba con nadie. Y para no aburrirlos con más datos, el peor de todos: carecía completamente de sentido gastronómico. En eso era igual a mi madre.
Promediando la mañana, cuando supuse que la amenaza de Rújale de irse del país ya había caducado, me la crucé cerca de la cocina. A esa hora ya me había empezado a picar el hambre y la nostalgia.
—¿Raquelita querida, no se te antoja comer algo?
—No.
—¿Sabés que me gustaría?
—No.
—Raquelita, ¿no le podés poner un poco de voluntad a la conversación?
—Papá, ¿qué querés?—soltó con un tono apenas fastidiado.
—Me estaba acordando de los latkes de arroz que hacía tu abuela Raquel.
—Sabés que no la conocí.
—Ya sé Rújale, pero a lo mejor tu madre te dio la receta.
—No cocino, y menos latkes.
—Yo pensé que a lo mejor cuando viviste en Israel…
—Lugar que no me gustó, pero donde me quedan parientes que me dan muchos menos dolores de cabeza que vos.
Raquelita se había puesto rígida. Y yo había cometido un error. Por suerte (o como decía Pepe Biondi, suerte para la desgracia) la conversación fue interrumpida por la aparición del orate. No sé si venía en el rol de novio de Raquel o de único empleado de la empresa de vigilancia, pero entró con la torpeza y falta de sentido de la oportunidad que lo caracterizaba.
—¡Hola familia!
Pasó al lado mío y me palmeó la espalda. Le dio un sonoro beso en la mejilla a Raquel que se había quedado dura e incómoda. El muchacho redobló la apuesta.
—¿Todo bien suegro? – se dio vuelta y con la mano tomó el mentón de Raquel —¿Cómo andás capullito?
Raquel le sacó la mano de la cara con furia.
—No podés ser así de opa. ¿No te das cuenta de que estamos discutiendo?
Rújale respiro hondo mientras el pelmazo respiraba agitado. Les juro que me dio un poco de pena. No debe ser un trabajo fácil ser el novio de Rújale, como tampoco debió ser fácil para Sara estar casada conmigo.
 Antes de que alguna emoción m e dejara aplastado por el resto del día,me fui al galpón a probar unas piezas de la puerta de un Renault Gordini, que a lo mejor podía adaptar para el Dauphine. Estuve limando y probando como acomodar el mecanismo de apertura mientras escuchaba a Raquel atendiendo el teléfono, sin dejar de rigorear a Enzo, Renzo, o como fuera que se llamara el muchacho. Pasado el mediodía llegué a la conclusión de que tendría que buscar una cerradura original de Dauphine. Y comer algo también. Me levanté del banco de trabajo y volví a la cocina. Me encontré al tonto comiendo sándwiches que sacaba de un paquete con el logo de una panadería de la calle Roma.
—¿Gusta uno don Beto?
Acepté. La verdad es que el fiambre era malo y la mayonesa también. Me imaginé que pronto tendría la sensación corrosiva de la gastritis alrededor de la boca del estómago. De todos modos no tenía ninguna otra cosa mejor para comer.  Estuve masticando tranquilo  porque el muchacho, que había tenido un rapto repentino de inteligencia,  se mantuvo callado. Cuando decidí volver al galpón apareció Raquel furiosa con el teléfono inalámbrico en la mano.
—El pelotudo de Gómez llama y cuelga cuando escucha mi voz. No sé qué carajos hay entre este tipo y vos, pero resolvé esto antes de que me termine de encabronar.
Dejó el teléfono y volvió a salir. El muchacho y yo nos quedamos mirando el aparato. Yo estaba cómodo en el silencio pero el chico no, así que tuve que escuchar otro de sus comentarios supuestamente profundos:
—¿Se dio cuenta, don Beto, que desde que se inventaron los celulares se arruinaron todos los argumentos de las películas policiales?
No le contesté. Agarré el aparato y salí de la cocina. Decidí que iba a llamar a Gómez para ir a investigar el galpón de la calle Suipacha.


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—¿Te molesta hacer una pataleta, o concluir que tiraste la plata yendo a terapia?
—Callate y escuchá.
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