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Baigorria (3)

Mi madre era una santa pero cocinaba muy mal.  Ustedes pensarán que exagero, pero para convencerlos, les debería alcanzar con saber que jamás logró hacer un huevo duro sin quemarlo. Tampoco entendió jamás, que la manera correcta de preparar arroz, era apagando el fuego a los veinte minutos de comenzado el hervor. Es por eso que todas mis ideas de lo que es el placer gastronómico se refieren a la rusa, a Sara Sandler.
Conocer a Sara fue iniciar una aventura a lo desconocido a través del gusto y del olfato. La primera vez que fui a su casa me recibió su madre, doña Raquel Tabachnick, viuda de Sandler. La mujer era pequeñita y redonda, pero venía equipada con un temperamento enorme, que legó a su hija y a su nieta. Su hijo, Salo, era un cabeza fresca al que lo único que le importaba en la vida era jugar al basket; pero, después de todo, fue gracias a eso, y a un oportuno partido entre Redes y Noar Sioni, que vi por primera vez a la rusa.
Dos cosas eran permanentes en doña Raquel: la preocupación por sus hijos y el estar ocupada en la cocina. Preparaba una cantidad de comida como para alimentar un batallón. Es por eso que los compañeros de basket de Salo siempre paraban en su casa comiendo las delicias que preparaba su madre. Nunca faltaban los pletzalej rellenos de pastrón y pepino. Eso fue lo que me convidó la vez que, juntando coraje, entre a la casa de los Sandler.
Recuerdo con precisión el sabor salado del pastrón contrastando con la ligera dulzura del pletzalej, y la acidez del pepino. La sensación se disparó en el paladar y fue pasando a la lengua, de ahí al cerebro. A medida que iba masticando, las distintas partes de la boca iban registrando las texturas: suave la carne, esponjoso el pan, apenas duro el encurtido. Años después, durante un curso sobre adicciones que hicimos en la policía, un médico nos explicó que el adicto busca una experiencia en particular: la primera experiencia. Un momento único que de ningún modo va a repetirse. Pero el adicto tiene la compulsión de volver a sentir eso. Creo que es exactamente la descripción que más se ajusta a lo que me lleva a buscar pastrón, volver al punto en que doña Raquel me mira y me ofrece un pletzalej.
Rújale es incapaz de cocinarlos. Dice que no le gustan, que no sabe la receta, que nunca le prestó atención a su madre cuando los cocinaba. Nunca sabré si eso es verdad. Si puedo afirmar que la rusita trata de evitar cualquier cosa que refiera a su madre. Cuando decidió dejar Israel y volver a Córdoba, me hizo jurar que no le iba a hacer preguntas y yo no las hago. Tampoco insisto en que me cocine nada de lo que hacía su madre. De todas maneras, recorro las fiambrerías del barrio buscando pastrón, para volver a sentir otra vez, la sensación de la explosión en el paladar.
 Así que ahí estaba yo, con Gomez, en el Museo de la Industria, escuchando memeces por parte del director, intentando imaginar quién se podría haber robado una Renault Traffic que alguna vez llevó a un Papa de paseo por la ciudad de Córdoba.
Como ya les conté, la hora de la mañana se combinó fatalmente con la cercanía a la vieja casa de los Sandler, para resultar en un deseo incontenible. Tenía que salir del museo e ir a la quesería de la calle Oncativo, por mi dosis de pastrón. Salí diciéndole a Gomez que necesitaba aire, y le prometí que ya lo llamaría para decirle en qué dirección iba a seguir mi pesquiza.
El parque del Museo estaba tranquilo. Apenas había algunas mujeres paseando bebés, chicos en bicicleta, y algunos compradores entrando al Hipermercado Libertad. Rápidamente me dirigí a la esquina de Oncativo y Viamonte. La fiambrería estaba abierta, pero para mi decepción no tenían pastrón. Pero la compulsión siempre genera un mapa de comerciantes que pueden darle satisfacción al deseo. Barrio General Paz tiene tres o cuatro muy buenas fiambrerías. Decidí que empezaría por la de los Aguilera en la calle Viamonte; si fracasaba iría a la de Pringles y 24 de Septiembre. Si no había allí, siempre quedaba la de la calle 24, en la cuadra del colegío de Las Pías.
La fiambrería de Aguilera tenía una cola enorme de viejas que se agolpaban a hacer la compras temprano. Nunca entendí como, en todos los años que lleva el local, y en la misma cantidad de tiempo que las viejas llevan viviendo en el barrio, a ninguna se le ocurrió salir a comprar a otra hora. De todas maneras, los cuarenta y cinco minutos de espera que me llevó conseguir el pastrón fueron recompensados por una pista.
Me había parado en el extremo de la cola de la fiambrería cuando sentí detrás  mío una voz inconfundible.
--¡Eh, es el Betito Baigorria! ¿En qué andás campeón?
Queda poca gente viva que me diga “Beto”, y mucho menos “Betito”. No necesitaba darme vuelta para reconocer al Casipupi.
Antes de que me lo pregunten, les explico. Casipupi, Octavio Fernando Martinez Menendez, tenía un hermano mayor, Augusto Claudio Martinez Menendez, el Pupi.  Augusto jugaba al basket conmigo. Era un espectáculo. Octavito en cambio siempre estuvo a la sombra del Pupi, por eso le decíamos Casi Pupi. Esto no le molestaba, sino que lo estimulaba en el esfuerzo inútil de tratar de alcanzar al hermano. Cuando todavía éramos jóvenes e irresponsables el Pupi se mató yendo a bailar a Argüello, manejando un Fiat Spider que le había regalado su padre. El Spider habrá tenido carrocería de Pininfarina, pero los frenos de tambor eran los de un 600, pero me estoy dispersando demasiado. Desaparecido el Pupi, lo lógico hubiera sido que Octavio Fernando saliera de la sombra del hermano muerto, pero no fue así. El Casipupi siguió siendo un remedo, un recordatorio de que el Pupi había sido una promesa enorme, Se pasaba las horas dando vueltas por los bares del barrio hablando de basket y de autos.  
Me di vuelta para saludar. Aunque el Casipupi era bastante insufrible, su tendencia a acumular datos sobre sus temas preferidos lo convertían en un informante al que todos los muchachos que se dedicaban al tunning recurrían de vez en cuando. Alguna vez me ayudó a conseguir alguna pieza difícil para el Dauphine. Esta vez, venía acompañado de un chico de veintipocos años, que por la cara de perdedor, seguramente era su hijo.
--¿Qué haces Casipupi? ¿Este es tu pibe?
--Ajá. Este es el Augustito. Claudito se quedó con la madre.
La costumbre de Casipupi a referirse a todo el mundo con diminutivos era lo suficientemente exasperante como para obviar el hecho de que había bautizado a sus hijos con los nombres del hermano muerto. El tal Augustito se limitó a levantar la mano a manera de saludo, sin emitir sonido alguno.
--¿Tan temprano levantado?—empezó a inquirir --¿No descansás después de hacer la vigilancia?
--Ya no hago más la ronda. La hace el novio de Raquel.
--¡Ah mira! La Raquelita ya tiene novio. ¿Y tu mujer como anda?
--No se. ¿No te acordás que estamos separados hace años?
--¡Uy que boludo! Perdoname. ¿Y los chicos se quedaron con vos?
--Raquel si.
Casipupi empezaba a ponerse fastidioso. Uno nunca sabía si era desmemoriado, o disfrutaba de meter el dedo en la llaga de los recuerdos más dolorosos. A eso había que sumarle el hecho de que la cola de la fiambrería no avanzaba, y mi necesidad de pastrón se hacía más acuciante. El Augustito miraba a su padre con cara de hastío. Casipupi largó otra pregunta inconveniente:
--Che, ¿y el varón?, ¿cómo se llamaba?
--Ariel.
--Eso, ¿Arielito también se quedó con vos?
--No. Está en Israel con la madre.
--Cierto que tu mujer se piró a Israel después del problemita—dijo el Casipupi.
 En ese momento tuve ganas de matarlo. Que se juntaran en una misma mañana la presión de Gomez para que lo ayudara en un caso, con la necesidad irrefrenable de comer pastrón, ya era suficiente como para que se sumara el Casipupi a recordarme todos mis asuntos familiares.  Augustito debió notar cierta alteración en la expresión de mi cara, porque discretamente le metió un codazo en las costillas a su padre. De todas maneras, Casipupi no entendía de esas sutilezas en la comunicación.
--¿Qué te pasa?
El chico no contestó. Casipupi enseguida volvió a hacerme miserable la mañana.
--¿Y no sabés nada de Arielito?
Haciendo un esfuerzo enorme para contenerme y hablar claro y pausado, le contesté:
--Escuchame Octavio, tengo una mañana complicada. No me gusta hablar de lo que vos llamás “el problemita”, no me gusta hablar de que Sara y Ariel llevan años sin comunicarse conmigo, no me gusta hacer cola en la fiambrería y no me gusta tener que ayudarlo a Gomez por el problema del Papamóvil.
Mientras me escuchaba hablar me di cuenta del enorme error que estaba cometiendo. Supuestamente nadie debía saber que había cometido un robo en el Museo. Pero la irritación que me provocaba Casipupi hizo que perdiera el control. Para mi asombro, Casipupi no tuvo ninguna reacción. En cambio, Augustito dejo escuchar su voz chiquita y nasal:
--¿Qué sería un Papamóvil?
Casipupi aprovechó para sacar a relucir su erudición en datos inútiles.
--Durante la visita pastoral de Karol Wojtyla a la Argentina..
--¿Carola qué?—dijo el chico.
Casipupi lo paró irritado: --Sabes que no me gusta que me interrumpan. Estoy hablando del Papa Juan Pablo segundo, que pisó esta bendita tierra dos veces, en 1982 y en 1987.
El chico empezó a revolear los ojos como manera de demostrar su aburrimiento ante la arenga del padre. Casipupi siguió hablando solemnemente como si disertara en un auditorio, y yo esperaba que se olvidara rápidamente que se me había escapado el dato del robo.
--Durante su segunda visita, porque la primera fue en un contexto lamentable, el Santo Padre visitó  Buenos Aires, Bahía Blanca, Viedma, Mendoza, Córdoba, Tucumán, Salta, Corrientes, Paraná y Rosario. En los traslados de tierra, en vez de usar el Ford F 350 del año 1982, Renault le acondicionó una Traffic de la primera generación, que está depositada hoy en el Museo de la Insdustria.
Casipupi hizo una pausa y me miro con malicia.
--O estaba.
Traté de hacerme el tonto pero insistió.
--Porque aunque el Betito se haga el desentendido, a mi me llegaron comentarios de que ya no está más ahí.
--¿De qué hablás?
--Mirá que sos salame, Betito. El barrio no habla de otra cosa. A la madrugada vieron pasar el Papamóvil, por la avenida Patria. La gente que estaba en el bar de enfrente al Hospital Córdoba dice que lo manejaban unos chinos.
Casipupi no llegó a disfrutar de mi cara de estupefacción porque su hijo volvió a interrumpirlo. Blandiendo en la mano el teléfono celular le dijo a su padre:
--El Claudio dice que la mamá está como loca y que si no vamos a casa enseguida, no comemos.
Casipupi cortó la conversación. Saludó rápidamente y se fue con su hijo. Aunque la cola de la fiambrería había avanzado poco, aunque había tenido que soportar que Casipupi escarbara en mi pasado, ahora tenía información sobre el Papamóvil. Estaba un paso delante de Gomez. Y eso me permitiría negociar mi participación en el caso.




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