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La novia del guerrero (11)

Irina Monti tenía la cara redonda y el pelo enrulado. Apenas la vio, Liliana recordó la palabra “croquignole”, que utilizaba su abuela. La periodista le había abierto la puerta con amabilidad y la había hecho pasar al living, para inmediatamente ir a la cocina porque, según le dijo, estaba buscando el alimento para el gato.

Liliana estaba desencantada, ni la poca atención que le había prestado Monti, ni su aspecto, ni el de la casa de barrio San Vicente le auguraban la grandeza que había prometido Raquel. Le llamó la atención que en el ambiente no había libros a la vista; y fue por esa ausencia que interrogó a la mujer en cuanto volvió de la cocina, cargando el alimento y el gato.

—Es la primera vez que me lo preguntan; —respondió— supongo que para mi leer es un hecho muy íntimo.

Liliana no quedó satisfecha. Empezó a hacer suposiciones como cuando sospechaba conspiraciones de Koster y sus bárbaros.

—Monti no quiere que sepa qué lee porque esconde lo que piensa. Monti es una espía a sueldo de las fuerzas de la reacción y está haciendo tareas de inteligencia. Estoy acá porque esta mujer trabaja con Tito en no se qué cátedra de la Facultad de Lenguas y Tito quiere acercarse a mí después de lo que pasó en Buzios, Tito quiere sacarme…

—¿Tomás mate?

Liliana se sintió incómoda. Monti había cortado el fluir de su conciencia para ofrecerle mate, bebida que rara vez tomaba. Menos con desconocidos.

—No, gracias. ¿No tendrás otra cosa?

—Me fijo.

La mente de Liliana volvió a tomar velocidad:

—”Me fijo” quiere decir que no está segura. No tomó ninguna previsión. Entonces es una improvisada. Este proyecto no es serio. ¿Cómo iba a ser serio si esta mujer es amiga de Tito? ¿Para qué voy a contarle mi historia a ella si no es seria? Tiene razón la Susy: si yo tengo el borrador de mi libro, ¿para qué hablaría con esta mujer?

—Puedo ofrecerte té. También tengo algo de café instantáneo pero está viejo y pegado en el fondo del tarro.

—Que sea té entonces.

Liliana buscó donde sentarse mientras Monti volvía a la cocina.

—Dijo: “pegado en el fondo del tarro”. O bien esta chica no se entera de que el café hace años que viene en frascos, o pretendía hacerme tomar algo viejo y podrido.

Mientras seguía discurriendo, Liliana recorría el lugar con la mirada, buscando algo que la tranquilizara. Se quedó contemplando el vajillero, lleno de platos y vasos de vidrio color ámbar. Al momento, regresó Monti con una taza del mismo juego, llena de agua caliente y una caja de cartulina algo vieja, que decía “Twinigs assorted teas”. Liliana miró con un poco de aprensión, pero terminó eligiendo un saquito de Formosa Oolong y lo metió en la taza. El agua caliente empezó a cambiar de color y dibujar arabescos. La imagen inspiró a Liliana, que trató de impresionar a Monti:

—¿No es una belleza? Es como la memoria, que al sumergirse en un medio tibio y acogedor se va soltando para teñir todo y fundirse con la historia.

Monti reaccionó con un estruendo que sonaba en parte como un acceso de tos, y en parte a carcajada. Después, clavó los ojos en Liliana, y le contestó:

—Perdón si te parezco descortés, pero no siempre me encuentro con entrevistados que tengan una opinión tan estrambótica sobre mi trabajo.

—”Croquignole”, “tarro”, “estrambótica”…—repasó Liliana.

—¿Realmente pensás que la memoria y la historia pueden ser lo mismo?

Liliana trató de pensar una respuesta pero Monti no le dio tiempo.

—Si es así, estás completamente equivocada, y sería bueno que te saque del error. Me molestaría mucho que te sientas obligada a contribuir a un proyecto que no te represente.

Liliana estaba entrampada. Si se iba, todo el relato se basaría en las versiones de Tito, Cacho y Raquel. Pero si se quedaba, tenía que aceptar que Monti tuviera el atrevimiento de contradecir la epifanía que había tenido con la taza de té.

—Te escucho.

—Para mí la memoria es un material más. Es como si hablaras de una torta. La memoria podría ser la harina…

Liliana escuchaba atentamente para buscar en qué momento interrumpir y contestar; pero Monti la había dejado fuera del juego con la analogía culinaria. A pesar de su resistencia a reconocer limitaciones, era consciente de que no sabía nada de cocina, ya que siempre le había parecido una actividad pedestre y subordinada. Sin embargo, por ignorar esta tarea menor, se encontraba en inferioridad de condiciones para discutir. Monti, mientras tanto, seguía explicando con un fervor didáctico que hacía evidente que hablaba del tema frecuentemente con sus alumnos.

—El trabajo del historiador es darle coherencia a esos ingredientes que vos atesorás en tu memoria. Pero tu experiencia sola no refleja la complejidad del momento…

—¡Yo estuve ahí!, —interrumpió Liliana.

—¿Disculpame…?

—No me importa lo que te hayan contado Tito, Cacho o los demás. Yo se porque yo era la novia.

—¿De quién?

—Del Renguito.

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