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La novia del guerrero (8)

Tito, Raquel y Liliana no llegaban a decidir si soportaban mejor el frío parados o sentados.

—El cemento de la tribuna me enfría el culo— berreaba Tito mientras daba saltitos.

—Si, pero parada me lleva el viento— contestó Raquel  acurrucada.

Liliana, agazapada detrás de un árbol opinó:

—Cuando sea presidente voy  a prohibir los torneos por insalubres.

—¿Y a vos quién te dijo que podés llegar a presidente?— contestó Raquel mientras jugaba con el encendedor de Tito.

—La “Pito Gordo”. ¿O acaso no la oyen cuando nos caga a pedos y dice eso de “espero más de los alumnos del colegio donde se forma la futura elit dirigente”

—Élite— corrigió Tito.

—¿Qué?

—Se dice élite, no elit.

—Andá a la mierda.

Tito estaba a punto de contestarle a Liliana cuando desde la cancha, un tremendo pelotazo le acertó en el medio del pecho. Raquel y Liliana quedaron tan azoradas que no atinaron a hacer nada. Mientras miraban a Tito desparramado en la tribuna, la voz de Koster las sacó del asombro:

—Che Rengo, a la pelota la frenó tu amigo el manfloro. Andá pedísela.

Raquel levantó apenas la comisura de los labios. A pesar de todo encontraba la situación graciosa. Liliana, en cambio, reaccionó como lo hacía ante cada intervención de Koster:

—Ahí tenés a la basura machista derrumbando gente sensible a pelotazos —decía airadamente— Si yo tengo razón. A este juego hay que prohibirlo.

—¿Prohibir qué?

A Liliana se le aflojaron las piernas. No había notado que el Renguito se había acercado a buscar la pelota. No alcanzó a contestarle porque el muchacho pasó directo a donde estaba el caído.

—¡Dale Tito! Dejá de hacerte el flojo que no pasa nada. Permiso, me llevo la pelota que a este partido hay que seguirlo “hasta la victoria siempre”— dijo saltando por encima de Tito. Agarró el fútbol y volvió corriendo a la cancha. Unos metros antes de llegar a la línea blanca, se dio vuelta para mirar. A Liliana le pareció que le guiñaba el ojo.

Se quedó embobada mirándolo correr por la cancha hasta que notó que Tito estaba parado a su lado. Tenía la cara roja de ira, y Liliana no pudo contener una risotada ante el aspecto de su amigo.

—¿De qué te reís? ¡Estúpida!

Al decir la última palabra, Tito estiró mucho la “u” y la voz le salió aflautada. Raquel, para no agravar la situación, se fue caminando por el borde de la tribuna. Liliana en cambio, se consideró ofendida:

—Perdón, ¿Qué me dijiste?

—”Estúpida”, nena. Menos mal que vos pensás salvar el mundo porque perteneces a la elit ilustrada.

—¿Quién te crees que sos para burlarte de mí?

—No querida, ¿quién te crees vos para que nadie pueda decirte nada? Al final tiene razón Cacho. Sos una creída.

Liliana se quedó pensando que decir hasta que soltó la contestación:

—Bueno, y en tu caso tiene razón Koster.

Apenas terminó de hablar se dio cuenta de que había metido la pata. Mientras intentaba buscar como enmendarse, Tito ya le había dado la espalda y empezado a caminar. Mientras se alejaba de la cancha, lloraba bajito y repetía una y otra vez la misma frase:

—¡Hija de mil putas! ¿Quién sos vos para tratarme de marica?

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