Ir al contenido principal

La novia del guerrero (7)

—Por fin te encuentro nena, ¿nunca atendés el teléfono?
—Perdón, ¿quién habla?
—No te hagás la bobita, Nerea Liliana, que me conocés de hace casi cuarenta años. Sara Raquel Sterenfeld Malamud, felizmente divorciada de Hirschfield al habla.
—¡Ah! Hola Raquel, ¿Cómo andás?
—Esplendida, querida, como siempre. Que ya lo dijo Hamlet, si los viejos pudiéramos caminar hacia atrás como los cangrejos seríamos cada vez más jóvenes.
—Mirá vos.
—¡Ah bueno! ¡Que bien que le sientan a tu humor las tardecitas cordobesas!
—Raquel, no todas tenemos tanto tiempo libre como vos.
—Claro, mi imagino que entre removerte las cutículas y clasificar las pelusas del pupo tenés para toda la tarde.
—¿Qué querés Raquel?
—¡Pero qué humor de mierda que tenés! Al final no se para que me esfuerzo. Mejor le decimos a la periodista que no te pudimos ubicar.
—Pará, ¿de qué estás hablando?
—Nena, te dejé el mensaje. Y no me vengas con la historia de la otra vez de que se le había acabado la cinta al contestador, porque el otro día me mostraste que era digital.
—Tenés razón. Escuché el mensaje pero por arrebatada lo borré ahí nomás. Decías que lo viste a Cacho.
—¡Ay! ¡Precioso está Cachito! Igualito a don Bernardo, el padre. ¿Vos te acordás de don Bernardo?
—No Raquel. El viejo era amigo de tu familia. No se si lo vi alguna vez.
—Bueno, no importa. Divino Cachito, y la mujer nueva hermosa también. Ya llevan juntos como diez años así que tan nueva no es, pero a la Argentina es la primera vez que la trae, porque cuando fue el casamiento, fue doña Jaie la que viajó para allá. Y eso que a doña Jaie no le cerraba para nada que Cachito se casara con una goy, además de inglesa. Porque vos te acordarás que después de lo de Malvinas a doña Jaie le quedó un odio tremendo a los ingleses.
—Ajá.
—Pero bueno, se ve que entre que doña Jaie está en las penúltimas y la mujer de Cacho resultó buena piba… ¡Qué se yo! ¿Estás ahí todavía?
—Si.
—Como no te escuchaba pensé que habías cortado. La cuestión es que Cachito me llamó para que fuera a conocer a Claire… ¿Te dije que se llama Claire la mujer?
— Me estoy enterando.
—…y hablando de cosas viejas, contándole a Claire desde hace cuanto que nos conocemos, me dice que de hace algún tiempo tiene contacto fluido con Tito.
—Ah.
—Che, ¿no me vas a decir que seguís enojada con Tito?
—¿Por qué estaría enojada?
—Por favor Liliana, por esa cosa que nunca explicaron, a la que vos llamás “lo que pasó en Buzios”.
——Eso… No es relevante en mi vida. A lo mejor él esta enojado.
—Por qué no hacemos así: me avisás cuando se te pase la pelotudez y ahí te cuento. Al final tanto que jodés con que hay que conservar la memoria del Renguito…
—¿Qué tiene que ver el Renguito?
—Ah, picaste. Ahora que se te pasó el enojo, ¿la conocés a Irina Monti?
—Me suena, ¿no escribe en el suplemento de cultura del diario?
—Exactamente. Bueno, resulta que Irina es profesora adjunta de la cátedra de Tito.
¿Y donde enseña Tito?
—Dejá de hacerte la boluda que sabés bien que está en la Facultad de Lenguas.
—No me acordaba…¿Y cómo le va?
—Bien, gracias. ¿Te interesa o no?
—Si me interesa. Pasa que vos sos incapaz de hablar de a un tema por vez.
—Perdoname querida, me olvidaba que vos no hablás en judío.
—¿Qué tiene que ver el Rengo con todo esto?
—¡Che pero qué carácter! Parece que Irina Monti gano no se que premio o beca para hacer un libro; y no se como fue que Tito le contó una historia de una noche que pasó en un Ami 8, buscando un lugar donde le dieran auxilio a la familia  del Rengo.
—…
—¿Estás bien?
—Si. Seguí.
—Bueno, Monti tuvo la idea de hacer un libro sobre los desaparecidos adolescentes en Córdoba, a lo Truman Capote, “non-fiction”.
—No me expliques que ya se quien fue Capote.
—Bueno, esta última pataleta hago como que no te la escuché. ¿En qué estaba? ¡Ah si! Monti empezó con unas conversaciones con Tito para armar el marco del relato. Después quiso hablar con la mamá y el hermano del Rengo, pero dijeron que no. Así que con la ayuda de Tito, fue buscando a los compañeros. A Cacho lo ubicó para que le contara del equipo de fútbol, y ahí Cachito le dijo que por qué no hablaba con nosotras.
—Perdoname, ¿quiénes son “nosotras”?
—La Susy, vos y yo. ¿Quién más?
—Ni vos ni la Susy saben nada del Renguito.
—Ma’ si, te corto. Llamame cuando se te pase el ataque de conchudez.

Comentarios

Entradas populares de este blog

El idioma de la abuela Rebeca

La abuela Rebeca nació en 1912 en una colonia agrícola de la provincia de Santa Fe. Criada entre inmigrantes no supo de la existencia del idioma castellano hasta que tuvo que ir a primer grado. A pesar de esta situación fue entre siete hermanas la única que completó la escuela primaria y la secundaria (hubo un hermano varón que llegó a ser médico, pero para eso era varón). Este contacto tardío con el español podría haber sido de una de las causas del uso tan extraño de la lengua que hacía mi abuela. No debemos descartar que en su casa los mayores hablaban poco. Su madre distaba de ser instruida y su padre callaba resignado ante la vida  que su mujer y sus hijos le daban. Eso sí, a la hora de maldecir e insultar, mi bisabuela podía blandir la chancleta acompañándola  de gritos de guerra en variados lenguajes eslavos, germánicos o semíticos.   Su repertorio favorito incluía expresiones tales como “Juligán” “Ipesh” o “paskuñak”. No se (ni sabré nunca) si a la hora de construir una fras

Telémaco (Ítaca 4)

¡Ojalá que fuera vástago de un hombre dichoso que envejeciese en su casa, rodeado de sus riquezas!; mas ahora dicen que desciendo, ya que me lo preguntas, del más infeliz de los mortales hombres. ODISEA. Canto I ¿Qué es un hombre? ¿Qué sentido tiene ser el príncipe de Ítaca? ¿Qué obligación me empuja hacia el mar, en busca de Néstor y Menelao? ¿Qué honor debo limpiar?, ¿a quién debo servir? Ninguna respuesta. ¿Tendré que navegar como Odiseo, en busca de una costa donde queden mis huesos desnudos? ¿Quién es Odiseo?, o mejor dicho,¿quién era Odiseo? ¿Qué es un padre? ¿O acaso seré hijo del mar y al mar debo volver? Méntor me alienta a que navegue. También a que mate a los pretendientes. Nadie ha preguntado nunca qué quiere Telémaco. Si es que Telémaco existe. Si es que Telémaco desea. Si es que Telémaco tuvo padres. Si este cuerpo es algo más que un huerfano. Al mar. A por respuestas.

Un Plato de guiso.

Susana nació en la mitad del siglo veinte. No acostumbra dar  datos exactos sobre la fecha. Ya bastante pesado le cae el apelativo “sexagenaria” como para abundar en detalles o precisiones. Ahorremos el espacio del relato de su infancia. No hay allí nada relevante. Fue una cordobesa más, de una clase media educada, que llegó a la adolescencia en los 60. Como a casi todas sus contemporáneas, la época le cargó el imperativo revolucionario en la espalda: una muchacha moderna debía ser sexualmente emancipada y políticamente comprometida. Aunque sus padres, conservadores,  la habían enviado a un colegio de monjas, no tuvieron en cuenta o no supieron que la orden de las Hermanas Mercedarias había abrazado el Concilio Vaticano II y la Teología de la Liberación. Fue así que la formación intelectual de Susana abrevó en esa masa diversa que suelen llamar progresismo: un poco de marxismo, algo de religión, bastante de voluntarismo y mesianismo, algo de literatura y música. Terminó la secund