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La novia del guerrero (5)

Liliana estaba incómoda. No le gustaba el olor del tabaco en la gente. Mucho menos en las personas que tenían que juzgar su desempeño. Llevaba media hora escuchando vaguedades sobre pedagogía, acompañadas de pequeños sonidos como "hmmm", "ajá" y la carraspera nerviosa que la inspectora hacía a intervalos de unos cinco minutos. Estaba atenta para ver por donde venía el sablazo porque ya había estado en esa situación. Cada vez que le comentaba a sus amigos que se sentía perseguida por el Ministerio, la Susy, con toda su paciencia evangélica, le contaba la historia de Job, rematándola siempre de la misma manera:
—Lili, no somos más que polvo y cenizas.
—Un buén polvo es lo que necesitás que te echen.— pensaba Liliana, pero no se lo decía.
—...y entenderá que si no rectifica su conducta nos veremos obligados a tomar medidas administrativas.
La voz de la mujer cortó de cuajo los desvaríos de Liliana. Sintió como si una flecha le atravesara la cabeza.
—¿Qué dice?
—Lo que oyó. Las quejas sobre su desempeño son muchas. Incluso hubo sugerencias de que se llamara a una junta médica para evaluar su grado de aptitud.
Liliana contuvo la respiración. Por un momento quiso  montar una escena pero inmediatamente tuvo el impulso contrario. Bajó la mirada y sin pensarlo, repitió una de las frases del relato que le hacía la Susy:
Renuevas contra mí tus pruebas, y aumentas conmigo tu furor como tropas de relevo.
Para su asombro, la cara de la inspectora cambió. La mujer, con un gesto más benévolo le dijo que le ese era uno de sus pasajes favoritos de la Biblia. Liliana evaluó que la mejor manera de zafar era seguirle la corriente.
—¡Qué casualidad! Es mi preferido también.— dijo.
—¿Usted lee la Palabra de Diós?
—¡Por supuesto!— Liliana hizo una nueva pausa para evaluar la reacción de la mujer. Como vio que ya se había aflojado un poco, insistió —Es más, estoy coordinando un grupo de estudio.
La mujer abandonó definitivamente el ceño fruncido y pasó del gesto inquisidor a la sonrisa beatífica. Con esa cara tenía un cierto parecido con doña Ingrid, la madre de la Susy. Liliana puso a trabajar su memoria para recordar todos los detalles que pudiera de la infancia de su amiga y empezó a relatarlos como si fuera su historia. Minutos después, la inspectora se despidió con un abrazo. Liliana contuvo la nausea que le provocaba el olor a cigarrillo. Mientras se despedían la mujer le dijo:
—Sin duda se ha tratado de un malentendido. No puede ser que le atribuyan a una hermana en la Fe, las cosas que he oído sobre usted.— y salió de la oficina de la Dirección.
Liliana se quedó sentada unos cinco minutos hasta que la Directora entró con una furia apenas contenida.
—No se que le dijo a esta mujer pero, ¡le juro que me voy a asegurar que esta sea la última vez que sale indemne!.
No contestó. Mientras salía volvió a escuchar a la Directora:
—Váyase a su casa. Les habíamos dicho a sus alumnos que no vinieran hoy.
Se encogió de hombros. No llegaba a disfrutar de la situación, pero sabía que en el medio de la guerra había ganado una batalla. 
Volvió a su departamento en colectivo. Aprovechó de comprar verduras en la esquina y de conversar con una vecina en el ascensor. Al entrar en su casa, dejó la compra en la cocina y,  camino al baño, notó que el contestador le indicaba dos mensajes. Como le urgía sacarse el maquillaje decidió escucharlos después. Buscó en el botiquín el algodón y la loción y se limpió la cara. Como había prendido todas las luces de alrededor del espejo la piel aparecía muy blanca. Además, no tenía señas de irritación.
—Parezco una estampita, — pensó— se ve que hoy la tengo con el tema de la santidad.
Intentó reírse de su ocurrencia pero notó que no era lo suficientemente ingeniosa. Encima, se acordó de su exmarido, que en cuanto le refería alguna de estas situaciones, le decía que era una neurótica obsesionada con el modo en que se percibía. Salió del baño para volver a la cocina cuando se acordó de los dos mensajes y fue a escucharlos.
El primero era de Sibila. Con su habitual tono de enojo le reclamaba que no atendía el teléfono celular, y que le hubiera sido muy necesario comunicarse con ella, pero que ya era tarde.
—Entonces me dejás un mensaje cuando ya no me necesitás, para joderme con la culpa. Mirá como tiemblo...—le contestó a la máquina.
Después de un pip largo empezó el segundo mensaje. Era de Raquel:
—Te aviso que Cacho lleva dos días en Córdoba. Me llamó esta mañana. Para que te quedés tranquila, a los viejos chotos ya los vio así que para vos no va a haber peligro. Además me dijo que te quiere contactar por algo de la historia del Renguito.
El contestador volvió a hacer pip y Liliana apretó el botón de borrado de mensajes. Siguió camino a la cocina, y a la altura de la heladera volvió, como cuando se encontraron en el bar,  a enojarse con Raquel.
—¿Por qué a esta mujer le gustará tanto hacer comentarios desubicados sobre la edad de la gente?— se preguntaba mientras sacaba de la heladera la manteca y el tarro de dulce de leche. Los puso sobre la mesa  y acomodó al lado una bolsa de pan de molde que había comprado junto con las verduras. Se dio vuelta, buscó en el escurridor, un cuchillo liso para untar y se dedicó hacer una generosa colación.
Había comido la mitad de la primera tajada de pan con manteca y dulce cuando se dio cuenta que el mensaje de Raquel hablaba del Renguito. Fue masticando al living para escuchar la grabación pero a mitad de camino recordó que la había borrado. Volvió a la cocina. De un solo bocado se tragó lo que quedaba del pan, junto con la bronca de saber que tendría que llamar a Raquel

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