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Baigorria (14)

Un tiempo después del nacimiento de Ariel y Raquel, pero antes de que pasara lo que pasó con la Teresa, Sara Sandler había atravesado un período que yo no entendía y al que no podía ponerle nombre. Muchos años después, durante  la experiencia muy breve que tuve de ir a terapia, me enteré que lo que le pasaba a Sara podía ser llamado introspección. No es algo que vaya a relatarles ahora como fue que yo terminé haciendo terapia. La historia de Sara viene a cuento de que, durante esa etapa, ella salía poco, pero generalmente al mismo lugar: una librería de usados que un hombre mayor, paisano suyo tenía en la Galería Cabildo. El lugar era más bien sucio y olía a papel viejo y pis de gato. De ahí Sara volvía los sábados con unos tomos amarillentos que leía con desesperación, como si al terminar la semana tuviera que darle cuenta al librero del contenido de cada uno. La rutina concluía y volvía a empezar con un nuevo libro viejo cada sábado.
Una vez, trajo un bodoque ancho y de color gris sucio. Era completamente diferente de lo que Sara había leído hasta ese momento. No eran ni poesías ni cuentos, ni novelas. Era un tomo de teatro. El autor, Jean Paul Sartre. Al comienzo no le di demasiada importancia a la presencia de ese libro en casa, hasta  que noté que permaneció más de una semana en la mesa de luz. Sara lo leía y releía. Con el tiempo empezó a citar textos, a meter palabras de los personajes como si fueran propios. De todas las obras que había en el tomo, la que Sara citaba más seguido era “A puertas cerradas”. No sé si la frases aparecían en la obra tal como las repetía Sara, pero parecía que, para ella, todas las situaciones que podían sucederle, estaban resumidas allí. Cuando el periodo de introspección terminó, me olvidé  de la obra y de sus citas. Volvió a aparecer cuando reventó la bomba del affaire con la Teresa. En un período muy corto, ubicado entre el mutismo total y la partida a Israel, Sara insistía en liquidar cualquier discusión sobre lo que nos había pasado diciendo “El infierno son los otros”
Creo que nunca llegué a entender completamente el significado. Hasta el día que siguió a la primera visita al taller de los coreanos. La mañana empezó mal El ruido de la radio en la cocina sonaba muy fuerte. Me levanté de la cama para apagarla y me encontré con Enzo (o Renzo) tomando mate, usando mis cosas. Tenía su cara de mono bobo concentrada en la lectura del diario. Cuando reparó en mi presencia, ni siquiera se dignó a decirme “buen día”
--¡Qué pedazo de quilombo, suegro! ¿No le parece?

Cerró el diario para mostrarme la portada. La noticia del robo por fin había llegado a la primera página. El muchacho parecía genuinamente sorprendido. Todos los habitantes de la Seccional Sexta llevaban día hablando de lo mismo y el pobre orate recién se enteraba. Desde la radio los periodistas largaban todo tipo de teorías conspirativas. Iba a tratar de contestar algo pero desistí. Sin abrir la boca me acerqué y le quite el termo y el mate. Con mis pertenencias recuperadas me iba a instalar en el taller pero el teléfono me detuvo cuando no había terminado de salir de la cocina. Di media vuelta y atendí. Del otro lado de la línea se escuchó la voz de burócrata poquita cosa del director del Museo de la Industria. No voy a perder tiempo refiriéndoles detalles. En su habitual tono entre exaltado e imbécil insultó a todos mis ancestros. Después pasó a lamentarse de la situación en la que quedaba con esa especie de secta de fanáticos de los autos que eran “Los amigos del transporte” Cuando se cansó de gritarme, colgó sin darme más explicaciones.
La mañana no estaba todavía del todo arruinada. Volví a encarar para el galponcito  con el termo bajo el brazo, cuando el teléfono volvió a sonar. Iba a dejarlo sin atender pero el orate del novio de Rújale, comedido donde nadie lo llama, lo hizo por mí.
--Para usted de nuevo, suegrito--, me dijo el memo mientras me extendía el brazo con el tubo en la mano. Di la vuelta y agarré el aparato.
--Baigorria y la reputa madre que te remil parió.— Gomez, con su cortesía habitual.
--¿Qué querés Gomez? No vengo teniendo un comienzo de mañana muy feliz.
--Si no logras que esto se resuelva pronto me voy a hundir en la mierda. Pero antes paso por tu casa y te meto todas las balas que te tendría que haber metido hace años.
--No jodas Gomez, vos me pusiste en el medio de esta cagada.
El comisario hizo una pausa. No le resulta fácil pensar cuando está exaltado. Esperé un momento más hasta que escuché su contestación:
--Puede ser, pero tus brillantes intervenciones nos enquilombaron mucho más. Si no  hubieras ido a la casa de la Susy, esto hubiera quedado como un caso sin resolver más. Ahora tenemos al gobierno y a todos los amarillos que viven en Córdoba soplándonos la nuca.
--¿Qué tiene que ver el gobierno?
--Ya te dije, pelotudo, que me llaman desde distintas oficinas para decirme primero una cosa, y después lo contrario. No sé que tiene adentro esa Traffic de mierda, pero todos lo quieren.
No contesté nada. Quería ver si de nuevo el silencio le servía a Gómez para hilar alguna idea coherente. Efectivamente, algo se le ocurrió:
--¿Estás ahí?
--Si.
--Mirá Baigorria, si no deshacés este balurdo, olvidate de la plata que te prometí.
Colgó.
Gómez logró tocar un punto neurálgico. Sin el dinero, no había repuestos para el Dauphine. Todo lo qué había estado haciendo en esos días, todas las trompadas que recibí, los riesgos que corrí, no se justificaban tanto por la deuda de honor que tenía, como por la posibilidad de conseguir los medios para terminar la restauración del autito. Si no encontraba a los ladrones, volvía al mismo punto del comienzo, pero más golpeado y humillado. Tenía que buscar una solución al problema.
En vez de ir hacia el galpón, pasé por la oficina para saludar a Rújale. No esperaba que mi hija fuera a aportar alguna idea sobre el asunto. Simplemente necesitaba garantizar que no hubiera otro frente de combate abierto. Cuando llegué, la habitación estaba vacía. Junto a la computadora encendida, había un bloc de notas abierto y una taza de café a medio tomar. Me acerqué al monitor para ver en que andaba Raquelita. El corazón casi se me detuvo. Mi hija estaba averiguando sobre frecuencias y precios de vuelos a Israel. Ya había pasado de la fase de la amenaza a la de planificación.
Escuché sus pasos detrás de mí. No saludó, no me habló. Pasó al lado mío, con una mano levantó la taza de café y con la otra apretó el botón de apagado de la computadora. Después volvió a salir.
Cuando pensé que estaba por tocar fondo, que ya no podía pasar nada peor, me encontré en el living con que el cartero había dejado por debajo de la puerta, un papel amarillo. Cuando me acerqué para levantarlo del piso vi claramente las letras negras que decían “intimación de pago”. La empresa de energía también había decidido que era el día de hundirme en el fango.
“El infierno son los otros” decía Sara Sandler citando a Sartre. Es posible que fuera así. Pero yo no iba a permitir que una a una se desvanecieran las pocas cosas que me quedaban.  Me tomé un momento para tranquilizarme y llamé a Gómez. Le dije en los términos más correctos que pude que me tuviera confianza, que en unos días iba a tener el caso resuelto. Después busqué en la guía de teléfono, como ubicar a Salomón Sandler.

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