Ir al contenido principal

La novia del guerrero (31 – epílogo)

La noche anterior al día de la presentación del libro Liliana había dejado planeado todos los detalles del desayuno. Como mantenía la creencia de que el comienzo de la jornada era determinante de lo que seguía, se aseguró de tener todo lo que necesitaba para regalarse un desayuno a la altura de sus expectativas. Llegó incluso a abrir el tarro de mermelada antes de acostarse, para asegurarse de que por la mañana nada fuera difícil o trabajoso.
El despertador del teléfono sonó a la hora precisa. Se levantó. Caminó al baño y miró el living. Vio como por las ventanas entraba el sol. Todo iba bien. Cuando llegó frente al espejo se tomó unos minutos para revisar el estado de la rosácea. La cara no estaba congestionada así que se maquilló poco. Fue para la cocina.
Estaba contenta. El momento de reconocimiento público, la gloria que tanto se le había negado, estaba por llegar. Había leído las pruebas de imprenta y sentía que nada podía salir mal.
El trabajo en la escuela fue tranquilo. Además dos cursos habían salido de excursión, por lo que se desocupó temprano. Aprovechó para salir a caminar por el centro. Hizo una especie de itinerario conmemorativo: fue por la peatonal entrando en las galerías más viejas buscando recuerdo.
—Acá estaba Ruiz y Roca, a la vuelta estaba Olocco. Saliendo por la General Paz llegabas a Siroco…
Al terminar el recorrido volvió al departamento. Comió liviano. Una ensalada y algo de arroz frío. No quería que nada imprevisto arruinara el día. Después intentó dormir una siesta pero no lo logró. Descolgó el teléfono fijo y se dio un baño de inmersión que tampoco llegó a disfrutar porque la asaltó la fantasía de que podía ahogarse en la bañera y perderse la presentación del libro. El resto de la tarde miró películas en la tele.
A las seis tomó un té y empezó a vestirse. Demoró media hora hora para elegir un conjunto de falda y saco negro, que combinó con una remera de encaje. Buscó el espejo. Dudó si era la ropa adecuada porque parecía una viuda. Se volvió a mirar y se convenció de que, después de todo, ella podría haber sido la viuda del Rengo, así que estaba bien.
A las siete llamó un taxi que la llevó a la Biblioteca Córdoba. Mientras se acercaba al lugar la inquietó la posibilidad de que el salón fuera demasiado grande y no hubiera la suficiente cantidad de asistentes, pero se tranquilizó al ver una buena cantidad de personas conversando en la vereda.
Bajó del taxi como si estuviera en la alfombra roja de un festival de cine. A pesar de que ya atardecía se calzó los anteojos de sol, y entró a la biblioteca buscando gente conocida para saludar. La desconcertó encontrar un público muy joven, seguramente alumnos de la Facultad de Lenguas que estaban ahí por Monti o por Tito. Cruzó la sala de lectura para entrar al salón donde se iba a realizar la presentación. Alcanzó a reconocer a Carbone.
No se lo veía insignificante. Parecía que una fuerza magnética emanaba de él. Daba indicaciones a una pequeña brigada de empleados. Unos armaban una barra de bebidas, otros preparaban una pila de libros para vender al lado de un escritorio, y un adolescente, que por el aspecto debía ser el hijo del editor, probaba el funcionamiento de una computadora que estaba conectada a un proyector.
—Señora, ¿podría esperar afuera?
Liliana se dio vuelta de una manera lenta y teatral.
—Carbone, ¿ya no te acordás de los amigos?
Carbone la miró con incredulidad primero y con un dejo de ironía después.
—¿Petrini?
—Si.
—Para ser precisos no éramos amigos. De todos modos, si querés esperar acá adentro, sentate a un costado y no molestes que tenemos que ajustar el asunto de la teleconferencia.
Liliana no dijo nada. Había quedado obnubilada al escuchar que habría una teleconferencia. Confirmó que estaba en el centro de un evento relevante. Buscó un asiento, y durante la siguiente media hora vio como arreglaban los últimos detalles.
A las ocho menos cuarto llegó Monti, que se acercó y la saludó con un beso en la mejilla. Le comentó que estaba emocionada, y que Carbone le había dicho que ya tenían una buena cantidad de pedidos de librerías. Después le tomó una mano para despedirse y fue a repasar los agradecimientos que iba a hacer.
Eran las ocho cuando el público entró a la sala. Eran jóvenes y ruidosos. Y muchos. A Liliana le parecieron todos hermosos, como habían sido ella y el Rengo. Parecía una novia espiando la llegada de los invitados a la fiesta. A los diez minutos el hijo de Carbone, sentado con la computadora, empezó a proyectar un video con fotos de los protagonistas del libro. De fondo, Roque Narvaja cantaba “Octubre”. Liliana no se pudo contener y empezó a lagrimear. Sentía que todo tenía sentido de nuevo. Que no importaba el desprecio de su hija, ni las ironías de Raquel, o la estupidez de la Susy. Ella había estado en un momento irrepetible de la historia, que además ahora estaba impresa con tinta en la Historia con mayúsculas.
Cuando la gente terminó de acomodarse, alcanzó a ver a Tito del otro lado del salón. Se miraron y reconocieron. Tito atinó a saludarla mostrando la palma de la mano. Liliana dudó sobre si debía acercarse a hablar con él. De todas maneras, la voz de Carbone saliendo de los parlantes la sacó de esas cavilaciones.
—Señoras, señores, vamos a comenzar.
Las luces se apagaron y sobre la pantalla se proyectó un corto parecido al avance de una película, donde se mezclaban otras fotos de los protagonistas, con voces de actores leyendo textos del libro. Cuando terminó las luces se volvieron a encender, Monti apareció desde el fondo y se paró frente a una mesa donde ya estaban sentados dos actores y una periodista. El público aplaudió y Monti hizo una pequeña reverencia. Carbone volvió a tomar el micrófono, leyó el curriculum de Monti, y relató como había surgido el proyecto. Liliana estaba impaciente. Después presentaron a la periodista que conversó unos diez minutos con la autora, que aprovechó para agradecer a las personas que habían colaborado. Cuando terminó la entrevista, los actores leyeron unos diálogos. Liliana se decepcionó cuando escuchó la primera dramatización: un dialogo entre Berazategui y el Rengo, donde ella explicaba porqué se iba del país. Al terminar, se proyectó en la pantalla la foto de una mujer vieja, y Monti aprovechó para agradecer la orientación que le había dado Berazategui para el libro.
Madame está hecha mierda—  pensó Liliana.
Inmediatamente después los actores volvieron a hablar. Liliana dio un salto en la silla cuando escuchó las primeras palabras del diálogo:
—Gracias por salvarme de la lección de literatura.
Era ella. Eran ella y el Renguito en una situación que nunca había sucedido, pero a la que Monti le había dado una perfección literaria tal, que hacía que mereciera haber existido. Liliana lloraba sin freno. Todo resultaba perfecto.
Cuando los actores terminaron el público aplaudió y Liliana sintió que la ovación era para ella.
—Muchas gracias— Carbone volvió a hablar. —En minutos la autora va a firmar ejemplares y conversar con el público, pero tenemos una última sorpresa.
Las luces volvieron a apagarse y se encendió el proyector. Liliana vio como el hijo de Carbone hablaba a través de un micrófono mientras miraba la cámara de la computadora. Finalmente, apretó unos botones en el teclado, y en la pantalla apareció la cara de un hombre de unos cincuenta años, con auriculares y micrófono. Movía los ojos de un lado al otro como despistado. Carbone lo presentó:
—Para acercarnos sus experiencias y opiniones, Ernesto Federico, el hermano de César Carlos, nos habla por teleconferencia desde Princeton.
Liliana miró la pantalla. Ese hombre era el hermanito del Rengo. El que la había tratado de pelotuda cuando abrió la puerta de la casa de barrio Cofico, y le había tirado una goma de borrar por la cabeza a la Susy. Trató de encontrar algún rasgo reconocible, pero lo único que veía era una cabeza que revoleaba los ojos hasta que por fin se detuvo y habló:
—¿Me escuchan allá en Córdoba?
El chico Carbone le contestó que si.
—Ese libro no es más que pura mierda y mentiras.
Todo el publico dio un respingo junto con Liliana. En la pantalla, el hermano del Rengo sonreía satisfecho. Tragó saliva y volvió a hablar.
—Mi hermano no era un héroe. Por culpa de él casi nos matan a todos. El único que hizo algo por nosotros fue Tito que nos ayudó a escapar. Del resto de los “amigos”, —Ernesto Federico hizo un gesto de comillas con los dedos—, nunca supimos nada; y mucho menos de esa estúpida que estuvo una sola vez en mi casa y ahora se presenta como la novia.
A Liliana le empezaron a zumbar los oídos y a transpirar las manos. Alcanzó a ver como Carbone padre le hacía señas al hijo para que cortara la teleconferencia. Monti se había puesto de espaldas al público y se tapaba la cara con las manos. La gente murmuraba. Carbone hijo puso música, mientras Carbone padre volvía a hablar:
—Les pedimos disculpas por este incidente lamentable. En unos minutos, la autora estará firmando.
Liliana se puso de pie en silencio. Se sentía seca. No podía llorar. Caminó como un robot hasta la salida de la biblioteca. Estaba aturdida. En la calle 27 de Abril, el tránsito era una maraña sin sentido, y el aire olía a humo de los autos y a pizzería. Siguió andando sin pensar hasta la Plaza San Martín. De ahí buscó la calle Alvear y siguió hasta la vereda de la sinagoga. Se paró a mirar el lugar donde se había encontrado con el Rengo, donde había estado el Sporting, pero lo único que vio fue un camión recolector levantando la basura del día.


Fin

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Baigorria (20)

No me gusta salir del barrio. Menos de noche. Si accedí a subirme al auto de Gómez y viajar hasta Alta Gracia fue por la necesidad de terminar con todo este asunto. Además, toda la zona de Paravachasca me trae recuerdos de Sara Sandler, de tardes en el río en La Paisanita, de fotos al lado del Hongo (ese mirador extraño en el medio del río) de momentos mejores que estos que les relato. El trayecto fue más rápido de lo que esperaba. El tramo por la autopista no nos llevó más de veinticinco minutos, en los que Gómez apenas me dirigió la palabra. Recién después de cruzar el norte de Alta Gracia y buscar un camino de tierra empezó a darme indicaciones: —Tratá de no hacer cagadas. —Chuy. —No contestés como un pendejo —Re-chuy —Baigorria, sos un pelotudo bárbaro y si me contestás “chuy” de nuevo te meto un balazo y te tiro en una cuneta.

Baigorria (16)

Lo mejor que le puede pasar a uno cuando vuelve a su casa es que no haya nadie en la vereda. Que cada personaje del barrio esté ocupado en lo que le corresponde: el almacenero vendiendo, el mecánico arreglando, los nenes jugando, las viejas barriendo, y los ladrones imaginando como desvalijarte. Cada quién en su lugar. Si en cambio uno ve desde la esquina un grupo, grande o pequeño, no importa, a la altura de su puerta, significa que las cosas están entre mal y muy mal. Las llamadas perdidas de Rújale en el teléfono ya habían sido un aviso de que algo pasaba, pero cuando llegué por Buchardo a la esquina con Antranik, ya se veía, a una cuadra y media de distancia, un cúmulo de gente frente a mi casa. Traté de no perder la calma y seguí caminando a la misma velocidad. Yo se que esto no tiene ningún efecto sobre las cosas, pero tratar de mantener una conducta normal era la estrategia que había desarrollado en mis años de matrimonio con Sara Sandler. Si Sara se agitaba, yo aparecía calmad…

Baigorria (21 - Final)

Las semanas pasaron sin que nada pasara. Después de todo, fuera del entorno del Barrio, poca gente recuerda que existe el Museo de la Industria y que ahí estaba guardado el Papamóvil de la visita de Wojtyla de 1987. En el diario salían noticias de temas que preocupaban más a la gente o a los editores. A los directivos del Museo y a los insoportables de la Asociación de Amigos del Transporte los tranquilizaron con una réplica que la Renault armó a las apuradas en la Planta de Santa Isabel. Y siguiendo con la lista de insoportables y fanáticos, loa pocos militantes visibles de los Legionarios de Cristo no hicieron ningún comentario sobre su vinculación en un incidente que de acuerdo a la prensa nunca había sucedido. Además, como nunca comentaban abiertamente quienes eran sus  miembros, tampoco comentaron nada sobre el accidente del ministro. ¿Qué accidente? Bien, resulta que si alguien se atrevía a preguntarle al ministro por los moretones, contestaba que se había caído por la escalera.