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La novia del guerrero (29)

Los días que siguieron a la conversación  con Tito fueron tranquilos. Liliana los vivió en un estado de semi ensoñación literaria. Pasaba todo un día marchando a la hoguera como John Proctor, al grito de “creo vislumbrar un pedacito de bondad, no es lo suficientemente grande para tejer una bandera, pero es lo bastante grande como para dársela a los perros”. Al día siguiente era Tess D’Uberville: noble e ignorante, engañada y violada, luego rescatada y amada, repudiada, prostituida y encarcelada.
Se regodeaba en sus fantasías heroicas y anhelaba que llegara el momento en que Monti presentara el libro para que emergiera rodeado de gloria, el personaje que ella merecía ser. En este proceso de construcción de su mito personal, empezó a creer que había tenido una relación de pareja con Tito; fugaz, tempestuosa y condenada por siempre al fracaso por la presencia desmesurada del recuerdo del Rengo. En esta nueva visión de las cosas, El licenciado Alberto, destacada personalidad de la Facultad de Lenguas, dejaba de ser un renacuajo sin género y se convertía en un amour fou breve pero resplandeciente, con la feliz consecuencia de haberle dejado el mejor de los regalos: su hermosa hija Sibila.
Convencida de que el libro de Monti no estaría completo sin estas revelaciones, trató de ponerse en contacto con la escritora. No fue fácil. La mujer parecía estar muy ocupada. No devolvía los mensajes que Liliana dejaba en el contestador. Una vez que llamó después de las once de la noche, Monti respondió de un modo áspero que no eran horas para llamar a una persona ocupada. Luego más serena, le explicó que, aunque la historia pudiera ser relevante en la dimensión personal, el recorte en su producción apuntaba a un  hic et nunc específico, con lo cual, todo lo que excediera el marco temporal establecido no sería un gran aporte.
Al cortar Liliana estaba furiosa. Monti lo había hecho de nuevo: la había envuelto en toda su palabrería académica para dejarla afuera. Como si ella no fuera una pieza central. Recordando las clases de filosofía concluyó que todo el tiempo ella había sido el “motor inmóvil”, el centro desde el cual habían gravitado todas las historias.
Se tomó un par de días para tranquilizarse y luego insistir. Esta vez, más calmada pero igualmente cortante, Monti le explicó que el libro ya estaba casi listo, que ya había corregido las primeras pruebas;  así que no había ninguna posibilidad de hacer cambios o agregados; pero que de todos modos, si estaba interesada en verlo antes de la presentación, podía facilitarle una copia.
Esta vez Liliana se quedó más conforme. El futuro lanzamiento del libro se convirtió en el eje excluyente de sus conversaciones. Lo comentó en la escuela, donde los compañeros de trabajo la felicitaron con desgano, y también en los negocios de la cuadra de su casa. Al verdulero y al almacenero la noticia no les pareció impresionante. Cuando se cansó de contar la novedad, se dedicó a demorar caprichosamente el encuentro con la copia que le habían ofrecido, como si jugueteara con un amante. A la semana del último llamado, juntó coraje y fue a buscar su ejemplar.
El momento no tuvo nada de espectacular. Es más, Monti se asomó de mala gana, y con la excusa de que el gato trataba de escaparse, no terminó de abrir la puerta ni la invitó a pasar. Se limitó a darle una bolsa de papel, saludó´educadamente y cerró.
Liliana se quedó sola en la vereda con el paquete en las manos. Se lo llevó junto al pecho y sintió una felicidad enorme, como si un significado precioso y oculto se le hubiera revelado. Con el sobre apretado contra el corazón fue buscando un café. Terminó en "El Ruedo". Interpretó que allí había una simetría: éste capítulo de su historia se había abierto y se cerraba en el mismo lugar.
Estaba tan abstraída en sus recuerdos del Rengo hablándole de la circularidad de la historia, que el mozo tuvo que tocarle el hombro para llamarle la atención.
—Señora, le pregunté tres veces que va a tomar.
—Disculpe, un  whiskey doble.
Sacó los papeles del sobre y decidió que se dedicaría por entero a leer y que nada la interrumpiría. Durante las dos horas siguientes, solamente paró para pedir más whiskey. El corazón  en el pecho. Monti había escrito el libro mezclando las entrevistas con pequeñas situaciones noveladas. Liliana se encontró viviendo el libro. Los diálogos transmitían importancia. No había un solo momento intrascendente. Todos aparecían magnificados y brillantes.
Cuando terminó de leer se sintió borracha de la felicidad y el whiskey. Le pareció lógico seguir cerrando círculos. Sacó el teléfono de la cartera, y como pudo, llamó a Sibila. Le avisó que en quince minutos pasaría por su departamento. Cortó, metió los papeles de nuevo en el sobre, llamó al mozo, pagó y se fue.
Durante el trayecto de las diez cuadras que separaban "El Ruedo" de la casa de su hija, Liliana iba ensayando como le contaría a Sibila el secreto de su origen, del affaire apasionado en Buzios.
Cuando llegó, Sibila estaba en camisón tomando café.
—¡Hola hija mía querida!
—Hola.
—Sibilita, mi amor, es hora de que hablemos.
—Bueno, esto es nuevo. ¿Estás en pedo?
—Mi querida, se que no siempre nos hemos llevado bien, en parte por tu carácter podrido, pero no importa. Hoy vas a entender la historia de tu vida y todo va a cambiar.
—Hay café fresco en la cafetera. Tomá un poco así se te baja la borrachera.
—No estoy borracha querida. He visto la historia en perspectiva y estoy feliz: todo tiene sentido.
—Mirá vos.
—Sibila, tenés que saber quien es tu padre.
Sibila, dejó la taza sobre la mesa, se acomodó en la silla y sin sacar la mirada de los ojos de su madre le dijo:
—Hace años que se que soy hija de Tito. Todas las veces que te lo pregunté desde entonces fueron por el puro gusto de cagarte la vida.
Liliana se quedó muda.
—De todas maneras, con todas las que me hiciste, todavía tengo crédito a favor.
—Pero, ¿Cómo?, ¿Cuándo?
—Cuando me borré de casa a los diecisiete, estuve una semana escondida en lo de Raquel. Ella me contó. Sitió lástima y consideró que me merecía la verdad.
Liliana volvió a reaccionar de su manera habitual;
—¿Y qué saben ustedes de la verdad?
—Si viniste a discutir criterios epistemológicos, te recuerdo que mañana me levanto temprano.
Liliana sintió que le habían asestado un cross de derecha. Decidió que ya no tenía que nada que hacer en ese departamento y buscó la puerta. Cuando apoyo la mano en el picaporte, Sibila le metió el golpe del knock out.
—¿Nunca te preguntaste como mantengo este departamento? La mitad del alquiler la paga "papá".

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