Ir al contenido principal

La novia del guerrero (30)

La caja era de madera y no más larga que un brazo. Liliana la había tapado con una manta de patchwork y almohadones. Podía pasar por un objeto decorativo cualquiera. Pero para Liliana no. Para ella la era un compromiso con César Carlos. Él personalmente  la había traído.
Habían acordado un horario en que Liliana iba a estar sola en la casa. El Rengo llegó puntualmente manejando un Opel celeste. Liliana casi no lo reconoció. Había algo en la mirada y los gestos de su amigo que se había perdido. Faltaba la ilusión y la picardía del día en que para salvarla de la lección oral se hizo sancionar por la “pito gordo”.
El encuentro fue breve. Se bajó del auto, sacó la caja del baúl y se acercó a la puerta de la casa. No llegó a tocar el timbre porque Liliana abrió antes. Había estado esperando al lado de la ventana.
—Quedate adentro.
El Rengo ni siquiera le dijo “hola”. Entró con la caja en las manos y la puso sobre la mesa.
—Hola César.
—Tenés que tener esto escondido.
—¿Qué tiene?
—Cuanto menos sepas, mejor para vos.
—¿Y qué más tengo que hacer?
—Esperar a que te llame. O, solamente en el caso que el paquete o vos estén en peligro, contactarme.
—¿Cómo?
El Rengo sacó una libretita del bolsillo de atrás del vaquero y escribió un número de teléfono. Arrancó la hoja y se la dio a Liliana.
—Llamá solamente en caso de emergencia. Si esto cae en manos de cualquiera las consecuencias pueden ser terribles.
Después de decir esto, dio media vuelta para salir. Liliana tuvo un impulso. Antes de que llegara a la puerta lo agarró del hombro y lo detuvo. El Rengo volvió a girar.  Liliana le cruzó los brazos por la cintura, y apoyo la cabeza en su pecho. Se quedó así en silencio. Hubiera querido decir un “te quiero” pero la frialdad de César Carlos la frenaba. Él no la abrazaba. Después de un instante la apartó sin delicadeza.
—Tengo que irme. Gracias por guardármela.
Y salió.
Liliana se quedó sola. Inmediatamente miró la caja sobre la mesa y pensó en que su madre podía llegar de un momento a otro. La levantó y la escondió en su habitación.
Durante dos días, en el tiempo que estaba en su casa Liliana no hacía otra cosa que pensar en la visita del Rengo. Al tercer día llegó a la conclusión de que eso iba a volverla loca, y decidió contarle todo el asunto a Raquel. Su amiga hizo una mueca y le contestó bajito:
—Tratá de sacártela  de encima. Si te llegan a allanar la casa, los llevan a tus viejos y a vos con caja y todo.
Liliana no entendía bien que era un allanamiento, pero por el tono de la conversación dedujo que no debía ser nada bueno. De todos modos, como detestaba mostrarse ignorante delante de Raquel, se limitó a agradecerle el consejo y cambió de tema. Como no podía preguntarle a sus padres, aprovechó una visita de Elenita y Carmen para sacarse la duda.
—Liliana, ¿vos sos tonta? ¿No te das cuenta de que podés estar encubriendo a un subversivo?
Las palabras de Elenita le chocaron. Nunca había pensado en el Rengo en esos términos. Para ella era un revolucionario, un romántico. Además la palabra “subversivo” tenía un sonido horrible que le hacía acordar a los noticieros. Con todo, siguió escuchando a su prima describiendo un procedimiento policial, mientras Carmen asentía con la cabeza.
—Te vas a hacer matar por culpa de esa caja —remató Elenita.
Liliana sintió pánico. Por su vida y la de sus padres tenía que hacerle caso a sus primas y sacarla de la casa.
—Hablemos con tío Poroto —dijo Carmen.
El tío Poroto era el hermano de la madre de las chicas. Si el matrimonio Petrini, evitaba hablar de su cuñada, con Poroto actuaban como si no existiera. Nadie jamás le había conocido alguna ocupación útil, y las pocas veces que se habló de él, se comentó que sospechaban que era soplón de la policía. Liliana apenas lo había visto dos veces en su vida.
Al caer la tarde las chicas se fueron a su casa, diciéndole a LIliana que no se preocupara, que ya iban a encontrar una solución al problema. Tres días después Poroto llamó por teléfono. Atendió doña Nélida, que se limitó a escuchar durante veinte minutos sin abrir la boca. Liliana sospechó que algo no andaba bien porque su madre empezó a retorcer con la mano que tenía libre, el ruedo de la falda. Sin decir una palabra le extendió el tubo del teléfono para que hablara. Mientras Liliana se acomodaba, su madre se encerró en la cocina.
—Hola.
—Hola Lilita.
Liliana odiaba que le dijeran “Lilita”, pero no dijo nada.
—Así que nos metimos en problemas….
Lo que siguió fue una hora larga en la que Poroto detalló todos los crímenes que Liliana había cometido recibiendo en su casa al Rengo y guardándole la caja, así como las cosas terribles que iban a pasarle a ella y sus padres. Salvo que se aviniera a colaborar.
Liliana se dio cuenta que no había nada de broma en las palabras de Poroto.
—Mañana paso a buscar el paquete por tu casa.
Esa noche Liliana no durmió. A través de la pared de su dormitorio escuchaba como sus padres lloraban. Lo que más la impresionó, porque nunca antes lo había oído, era el sollozo de su padre, que sonaba como un animal herido. Liliana pensó que iba a volverse loca antes de que llegara la mañana.
Al día siguiente Poroto llegó cerca del mediodía manejando un Ford. Era bajito y panzón como un tesorero de banco. Pero con una forma de mirar intimidante. Entró sin saludar, pero los Petrini tampoco lo hicieron. Estaban desde muy temprano sentados a la mesa. La caja estaba de nuevo donde la había dejado el Rengo. Poroto la tomó con las dos manos y la levantó. La volvió a dejar sin abrirla.
—Bueno Lilita, ¿vamos a devolver esto a su dueño?
—Ssssi.
—Entonces querida, —Poroto sacó un papel del bolsillo— vas a llamar por teléfono y le vas a decir a tu amigo que la busque en este lugar y horario.
Liliana agarró el papel. Sintió que actuaba como hipnotizada, como si alguien la manejara tirando de unos hilos invisibles. Sin ninguna emoción marcó el número que el Renguito le había dado. Cuando atendieron preguntó por Carlos Vladimiro. Le dijeron que no estaba pero que dejara el mensaje. Explicó lo que tenía en su casa, y que no podía quedárselo por más tiempo, que necesitaba devolverlo. Dio las señas que le había indicado Poroto y colgó.
—Bien Lilita, —dijo Poroto— ahora dejate de hacer cagadas si querés seguir viva.
El hombre volvió a tomar la caja y salió de la casa. Ninguno de los Petrini volvió a hablar durante el resto del día. Liliana se quedó encerrada en su habitación. Faltó a la escuela una semana entera. El sábado Cacho la llamó por teléfono. No llegaba a entender qué le decía porque hablaba muy rápido. Al final dijo algo sobre el diario y cortó.
Liliana fue a la cocina. En la tapa de "La voz del interior" el titular central hablaba de un enfrentamiento entre la policía y una célula terrorista. Ilustrando la nota, había una foto de la esquina de San Lorenzo y Paraná. En la vereda se veía tirado el cuerpo del Renguito.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Muertos

  Un muerto es un muerto, o eso creemos. A veces es más. O es menos que eso. Un muerto puede ser una pancarta, o una insignia, una moneda de cambio, o una cifra. Hay muertos de los que nadie se acuerda, y hay otros de los que debemos acordarnos por decreto. Muertos que nadie reclama, tirados en una zanja o en la mesa de una morgue. Y otros que no se van, aunque queramos. Salimos a gritar por nuestros muertos, competimos por ellos, los ponemos en tablas de posiciones, en un torneo de muertos célebres y reivindicables. Nos esforzamos en que la bandera de nuestro muerto sea mejor que la del muerto enemigo. Mientras tanto, poco hacemos por los vivos, que de una manera u otra llegaran a ser muertos para que unos y otros exhiban o denuesten. País perverso es este en que vivimos, esperando la muerte solamente  para tener qué cargarle al oponente.

Un año después (Nocturno nºXV)

 Otra noche fría estoy en casa como el año pasado, pero no porque este año es menos cruel. No me he vuelto más sabio, no. Tampoco más cínico, o prudente pero el tiempo y el dolor enseñan. No es gran cosa, pero es todo: Prestar atención a los que quiero y no distraerme en los imbéciles. Recordar lo bello (una plaza, una playa, en el mar o la sierra, los hombros de Mariana) No necesito más. La confusión y la estridencia, volverán, pero soy más viejo. Estoy preparado.

Habana 87

  Cuando en el verano de 1987, algunos de mis conocidos viajaban a la Florida para sumergirse en el templo de la alegría capitalista que era (y debe seguir siendo) Disneyworld, mis padres me llevaron a conocer Cuba. La Cuba de entonces no era el destino de las empresas españolas de turismo. Todavía existía la URSS, por lo que la isla se dedicaba sobre todo a enviar azúcar a los rusos, y a recibir el turismo del bloque socialista: gente de un color blanco imposible, aún para mí, que desciendo de moldavos y ucranianos. En la Argentina de 1987 irse a Cuba era para los curiosos o los socialistas. Como mi familia pertenecía a este segundo grupo, habíamos contratado un paquete turístico que incluía en partes iguales, destinos de playa, de historia colonial e historia revolucionaria. Íbamos a conocer el caribe, y a la vez, empaparnos del humanismo socialista, supuestamente tan lejano al consumismo desenfrenado de la Florida.  Para llegar, había que subirse a un avión de Aeroflot que condensab