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La novia del guerrero (27)

El cerco. Antes de lo que pasó el primero de mayo, cada vez que Perón hablaba para decir exactamente lo contrario de lo que  había prometido cuando no estaba en el país, el Rengo hablaba del “cerco”. Liliana, en aquel momento no entendía. Con el tiempo, las palabras que le daban sentido a una época se fueron olvidando para dar lugar a otras. Así, a medida que los años pasaban, Liliana había escuchado o dicho cosas como “socialismo nacional”, “ser nacional”, “soberanía”, “tercer movimiento histórico”, “revolución productiva”, “salariazo”, “uno a uno”, “cacerolazo”, “corralito”, “condenados al éxito”, y, como si una noria completara su giro, de nuevo “socialismo nacional”.
Sin embargo, la palabra que ahora volvía una y otra vez a la cabeza de Liliana era “cerco”. Unos días después del café con Raquel se le formó la imagen en la cabeza. Estaba en su casa con el televisor prendido, con el único fin de tener algún ruido que la distrajera. En algún momento empezó a prestar atención a una voz que relataba la historia de Temple Gradin. Lo primero que le provocó curiosidad era la forma de hablar tosca y monótona, con la que la actriz que hacía el voice over, intentaba emular el habla de la mujer. Ya más interesada, se detuvo a analizar el aspecto. La  encontró inculta y poco delicada, vestida  en un estilo vaquero que recordaba más al vestuario de una película que a una verdadera cowgirl.
De haber estado acompañada, Liliana se hubiera divertido haciendo comentarios irónicos sobre la mujer, pero no tuvo más remedio que prestar atención al contenido del documental. Así se enteró que Temple Gradin sufría de algún tipo de autismo, y que a pesar de eso había llegado a desarrollar una exitosa carrera diseñando mataderos. Según explicó, el secreto para matar a una vaca satisfactoriamente, era ir limitando sus alternativas de desplazamiento de un modo gradual, en un ambiente donde nada le permitiera anticipar lo que pasaría. El animal iba recorriendo un camino suave y ondulado que indefectiblemente llevaba al encuentro con un martillo neumático.
Liliana apagó el televisor y se quedó sentada con las manos sobre las piernas, del mismo modo que las ponía su madre. Cuando se dio cuenta las cambió de lugar inmediatamente. Volvió a pensar en lo que había visto y se le ocurrió que la habían llevado como al ganado, al lugar en el que se encontraba ahora. La primera llamada para tomar café, la invitación de Raquel para hablar con Monti, y finalmente, los mensajes de Tito en el contestador.
—Pero yo no soy una vaca— dijo poniéndose de pie. Decidió que iba a tomar las riendas del asunto y salir airosa. Tenía que moverse hacia adelante. Tenía que hablarle a Tito.
Buscó en el dormitorio una libreta y un lápiz. De vuelta en el living, se sentó delante del contestador y escuchó todos los mensajes hasta que encontró uno en el que Tito dejaba su número de teléfono. Tenía el mismo tono neutro de siempre, de persona sin importancia. Cuando terminó de anotar se puso a mirar de nuevo la foto del cumpleaños de quince que estaba sobre el combinado. ¡Qué poca cosa era Tito comparado con el Rengo!
Respiró hondo. Tenía que hablar. Era un pequeño esfuerzo y recuperaba el control de su vida. Era eso o entregarse, como la vaca al martillo neumático.
Marcó.
El teléfono estuvo sonando un rato largo. Cuando estaba por cortar, finalmente atendieron.
—Hola.
Liliana no alcanzó a contestar. Sentía que se le aflojaban las piernas, como cuando se emborrachó en Buzios. El corazón le latía muy fuerte.
—Hola. ¿Quién habla?
En Buzios Tito siempre hacía el mismo chiste estúpido, diciendo que Liliana estaba igual a Liz Taylor en "De repente en el verano", cuidándolo de las posibles tentaciones. Liliana entonces se reía. Ahora no. Apenas si podía mantener el aliento contenido para no llorar.
—Hable. ¿Me escucha del otro lado?
—Si.
No pudo decir otra cosa. Pensaba en la discusión que habían tenido en la playa. En como Tito le había dicho que era una burguesa de mierda, que no tenía derecho a juzgarlo.
—¿Liliana sos vos?
—Si.
Esa noche ella estaba borracha y volvió a decirle lo mismo que a la tarde: que él no era un hombre, que Koster y "los bárbaros" habían tenido razón siempre.
—Cuantos años pasaron Liliana.
—Muchos Tito. Demasiados.
Tito también estaba borracho. Enfurecido le dijo que no le importaba que ella pensara que era poco hombre. Después de todo, había sido lo suficientemente macho para rescatar a la familia del Rengo, después de que ella casi los hunde.
—Tenemos que hablar, Liliana. Tenemos que hablar.
Ella empezó a gritar y le dijo que era una mierda, que no se atreviera nunca más a hablar del Rengo, que había sido el hombre de su vida.
—Cuando quieras Tito, cuando quieras.
Tito le dio una cachetada primero, después la agarró del cuello con una mano y del culo con la otra y la arrastró a la habitación.

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