Ir al contenido principal

Sarita


De Sarita, lo primero que nos viene a la memoria es, sobre todo, su andar cansino, arrastrando los pies. Recordaba las escenas finales de las películas de guerra: madre, habitante de un pueblo recién liberado, marcha hacia cámara, primer plano de  la mirada perdida de la mujer, y luego fundido a negro. Los ojos de Sarita también tenían tenían ese aspecto extraviado, pero tanto esto como el modo de caminar no  eran producto de la guerra sino de los primitivos antidepresivos que despreocupadamente le recetaba el psiquiatra, allá por la década del 70.
Si esta forma de “estar en el mundo” ya hacía de Sarita un personaje bastante particular, agreguemos que, además de ser obesa y vestirse durante todo el año con blusas, faldas y conjuntos de estampado búlgaro, para terminar su arreglo personal, adornaba su cabeza con una peluca que, la mayoría de las veces, quedaba ligeramente torcida.
El uso de pelucas y postizos varios no se debía a la moda de la época. Sarita era pelada como una rodilla. El origen de la alopecia de Sarita había sido sujeto de varias disquisiciones. Según las mayoría de los familiares, se debía a la depresión, y según el resto a los efectos secundarios de los medicamentos con que la trataban. Todos coincidían en que el malestar psicológico estaba  en el nudo del asunto.  Menor era el consenso cuando se intentaba identificar la causa última de todos los males: unos señalaban la dureza de su juventud en el campo, el no haber podido tener hijos por la sucesiva pérdida de embarazos, otros decían que su marido la humillaba y golpeaba; y según sus hermanas,  Sarita había sido loca toda la vida. Así nomás, con la sencillez y brutalidad que les daba haberse criado en el Chaco Santiagueño, habían establecido que en el caso de Sarita no había nada para explicar.
En realidad, nadie tenía argumentos sólidos para esgrimir porque la vida de Sarita no abundaba en momentos demasiado destacables o fuera de lo común. Cuando fue niña jugó con sus hermanas, quiso a sus padres, fue a la escuela, creció, trabajo en el campo, se trasladó con su familia a Córdoba, tuvo uno o dos novios, se casó.
Durante su matrimonio Sarita se limitó a cumplir escuetamente las obligaciones que le correspondían a su sexo: mantenía la casa en orden y trataba de cocinar lo que medianamente sabía que le gustaba  a su marido. Como no tuvo hijos propios se ocupó de los sobrinos, ayudaba una vez por semana en la parroquia, y cuando llegó la televisión se dedicó a mirar novelas. En algún momento de la madurez, empezó a desarrollar pequeñas manías y a perder el pelo. A los cincuenta años estaba completamente calva. Para la misma época había tejido para cada mujer de la familia una bolsa de compras hecha con tiras de sachets de leche.
Cuando quedó viuda se dedicó a llenar los tiempos muertos coleccionando. Formaba y organizaba series de objetos sin ningún valor: cajas de fósforos, alfileteros, pisapapeles, hojas membretadas. A ninguno de nosotros se le ocurrió que esto fuera una conducta enferma hasta que empezó a coleccionar intentos de suicidio, con sus consecuentes  fracasos. A lo mejor, la necesidad de acumular muchos ejemplares de un mismo tipo de elemento, era lo que le salvaba la vida. Sino, hubiera muerto en el primer intento.
Salvo las armas de fuego, demasiado complicadas para su rústico intelecto,  probó con una larga lista de métodos desde arrojarse de balcones, la inhalación de gas, herirse con objetos punzocortantes varios, ingerir toneladas de medicamentos. Llegó incluso a intentar tragarse un autito de juguete. Nunca nos quedó claro como en su cabeza, atiborrada de sustancias, se le cruzó la idea de que esa sería una forma viable de matarse.
La familia fue incorporado esta conducta como parte del paisaje. Llegó un momento que los intentos fallidos de Sarita no generaban más que algún comentario lateral, interrumpiendo algún capítulo poco interesante de una telenovela. Si pasados algunos meses el tema volvía a surgir, seguramente alguna discusión política lo soterraba rápidamente y se pasaba a cuestiones más relevantes. Después de todo, las hermanas de Sarita tenían la firme convicción de que ella estaba destinada a enterrarlas a todas. Si alguno de los menores insistíamos en  buscar una explicación más elaborada para su comportamiento, lo mejor  que obteníamos como respuesta era: “La Sara siempre tuvo las ideas cruzadas”.
Así fue, que de tanto escuchar ésto, logramos desarrollar una hipótesis de lo que realmente pasaba con Sarita: la peluca gobernaba su pensamiento. Si estaba colocada derecha, Sara tenía un buen día, y procedía de acuerdo a las  escasas expectativas de normalidad que manteníamos los familiares. Y si la peluca estaba, como la mayoría de las veces, chueca, todo su comportamiento resultaba inevitablemente torcido.
Como sucede en las películas de terror japonesas, un objeto que creíamos secundario, lateral, se iba convirtiendo en el protagonista absoluto y extraño del relato. Siguiendo esa lógica dedujimos que la peluca no solo la guiaba, sino que consumía el impulso vital de Sarita. Delante de la mirada incrédula de los parientes, el repertorio posible de estados de ánimo de la mujer se iba reduciendo a las pocas variantes de posición que la maraña de canecalón tomaba sobre la cabeza pelada. Un peligroso animal sintético había tomado el control del destino de lo que había sido una mujer.
La idea de que una garrapata espacial disfrazada de peluca buscaba someter la voluntad de los humanos nos pareció más lógica que todas las teorías sobre la salud mental y dejamos de ocuparnos del asunto. Fuimos creciendo, y a medida que aparecían las obligacionse de la edad adulta, dejamos de frecuentar a Sarita. Llegó el momento en que Sarita se murió de vieja. No fue ni la primera ni la última en morir de las hermanas,  con lo cual no llegó a enterrar a todas. Nunca sabremos si al tomar conciencia de la llegada la muerte tuvo miedo o sintió que se realizaba su deseo. Simplemente sucedió y consecuentemente la velamos y enterramos.
El duelo fue corto: Los sucesivos intentos de suicidio habían logrado que el repertorio de diálogos preparado para sobrellevar el velorio sonara gastado y artificial, como ensayado demasiadas veces. Finalmente, como siempre pasa, cada uno de nosotros  volvió a sus ocupaciones y de Sarita quedó apenas un poco más que el recuerdo de sus fracasados suicidios y la peluca chueca. A veces, cuando alguno deja la cabeza vagando en pensamientos intrascendentes se acuerda de ella y se pregunta por el destino de la peluca: ¿esperará agazapada en el ataúd, esperando que alguna circunstancia extraña le permita escapar?, ¿o ya escapó y va  de cabeza en cabeza, sometiendo voluntades para alimentarse de almas suicidas, como un vampiro peludo?


Nota: Una versión anterior de esta entrada fue publicada hace dos años.  Esta  es la definitiva (por ahora). 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Baigorria (20)

No me gusta salir del barrio. Menos de noche. Si accedí a subirme al auto de Gómez y viajar hasta Alta Gracia fue por la necesidad de terminar con todo este asunto. Además, toda la zona de Paravachasca me trae recuerdos de Sara Sandler, de tardes en el río en La Paisanita, de fotos al lado del Hongo (ese mirador extraño en el medio del río) de momentos mejores que estos que les relato. El trayecto fue más rápido de lo que esperaba. El tramo por la autopista no nos llevó más de veinticinco minutos, en los que Gómez apenas me dirigió la palabra. Recién después de cruzar el norte de Alta Gracia y buscar un camino de tierra empezó a darme indicaciones: —Tratá de no hacer cagadas. —Chuy. —No contestés como un pendejo —Re-chuy —Baigorria, sos un pelotudo bárbaro y si me contestás “chuy” de nuevo te meto un balazo y te tiro en una cuneta.

Baigorria (16)

Lo mejor que le puede pasar a uno cuando vuelve a su casa es que no haya nadie en la vereda. Que cada personaje del barrio esté ocupado en lo que le corresponde: el almacenero vendiendo, el mecánico arreglando, los nenes jugando, las viejas barriendo, y los ladrones imaginando como desvalijarte. Cada quién en su lugar. Si en cambio uno ve desde la esquina un grupo, grande o pequeño, no importa, a la altura de su puerta, significa que las cosas están entre mal y muy mal. Las llamadas perdidas de Rújale en el teléfono ya habían sido un aviso de que algo pasaba, pero cuando llegué por Buchardo a la esquina con Antranik, ya se veía, a una cuadra y media de distancia, un cúmulo de gente frente a mi casa. Traté de no perder la calma y seguí caminando a la misma velocidad. Yo se que esto no tiene ningún efecto sobre las cosas, pero tratar de mantener una conducta normal era la estrategia que había desarrollado en mis años de matrimonio con Sara Sandler. Si Sara se agitaba, yo aparecía calmad…

Baigorria (21 - Final)

Las semanas pasaron sin que nada pasara. Después de todo, fuera del entorno del Barrio, poca gente recuerda que existe el Museo de la Industria y que ahí estaba guardado el Papamóvil de la visita de Wojtyla de 1987. En el diario salían noticias de temas que preocupaban más a la gente o a los editores. A los directivos del Museo y a los insoportables de la Asociación de Amigos del Transporte los tranquilizaron con una réplica que la Renault armó a las apuradas en la Planta de Santa Isabel. Y siguiendo con la lista de insoportables y fanáticos, loa pocos militantes visibles de los Legionarios de Cristo no hicieron ningún comentario sobre su vinculación en un incidente que de acuerdo a la prensa nunca había sucedido. Además, como nunca comentaban abiertamente quienes eran sus  miembros, tampoco comentaron nada sobre el accidente del ministro. ¿Qué accidente? Bien, resulta que si alguien se atrevía a preguntarle al ministro por los moretones, contestaba que se había caído por la escalera.