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Erk (cap. 4)

Otra vez tenía que salir del barrio. Y otra vez era Gómez el que me había puesto en el camino. Antes de hacer algún movimiento, tenía que preguntarle por el lado B del extraño par de viejos que había pasado por la oficina.
Llamé a la comisaría pero me dijeron que Gómez estaba con carpeta médica. Tuve que contactarlo al celular.
—¿Adonde te metiste negro botón?
—¡Hola Betito! El gusto de escucharte. ¿En qué te puedo ayudar?
—Che, una cosa es que hayamos limado asperezas, y otra muy distinta es ser meloso.
—Bueno, gringo puto, ¿qué mierda querés?
—¿Ves? Ese es el Gómez que me inspira confianza. ¿Qué te anda pasando que estás en tu casa?
—Divertículos y hernia de hiato. Una carajada mirá. Si tengo que seguir comiendo puré de calabaza, voy a agarrar la reglamentaria y salgo a matar verduleros. Pasando a otra cosa, ¿te fueron a ver los viejos?
—Por eso te llamaba justamente...
—Ojo que pueden parecer guita fácil, pero son más peligrosos que el cheto aquel que trompeamos el año pasado en Alta Gracia.
—¿Y por qué me los mandaste?
—Porque este par de soretes tiene un montón de contactos y presionan para que se hagan las cosas a su modo. Quieren una investigación, pero sin que la fuerza se meta demasiado. Alguien de la central les debe haber contado la historia del Papamóvil y decidieron que vos eras la persona indicada.
—¿Y vos?
—No Betito, yo soy un hombre mayor con diverticulitis. y no tengo una oficina en Barrio Patria donde me hago el Humprey Bogart.
La llamada siguió con el intercambio habitual de insultos e información confidencial que hacía de las conversaciones con Gómez, una situación irresistible e insoportable a la vez. Al colgar me habían quedado algunas pocas cosas en claro:
Adalberto Goetz tenía una empresa de suministros farmacéuticos que llevaba años viviendo a expensas de contratos con el estado provincial.
Ingrid de Goetz había sido concejal municipal por algún partido efímero, de esos que surgen en Córdoba cada vez que la gente se indigna. En el Concejo Deliberante se había forjado una fama de brutal pero eficiente.
Algunos años antes de casarse con Goetz, a Ingrid le había pintado los dedos en un escandalete financiero de esos que, al igual que los partidos políticos cordobeses, aparecen cíclicamente. Jugó el papel de secretaria medio estúpida y salió con una condena menor, y de cumplimiento condicional.
Adalberto hijo no se había destacado en nada en su vida, a pesar del empeño de su madre por pasearlo por todas las actividades deportivas disponibles en el Jockey Club. Durante la primaria logró ser expulsado del St. Patrick's, el Taborín, y la Dante Alighieri. Durante la secundaria lo toleraron estoicamente en las Monjas Azules, hasta que el muchacho decidió que las instituciones no eran para él.
Adalberto hijo y la tal Maribel llevaban años viviendo en Capilla del Monte. La única actividad lucrativa que se les conocía era los viajes hacia el cajero automático, donde mensualmente retiraban los fondos que los padres de María Belén Etchemendi Sosa depositaban.
Tenía información, tenía una misión pero también tenía hambre. Aproveché que llegaba Enzo, para mandarlo al almacén del Polaco de Avenida Patria. ya que tenía que salir de mi zona de confort, por lo menos lo iba hacer acompañado de unos buenos sándwiches de bondiola.

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