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Erk (capítulo 3)

Faltaban cinco días para el regreso a Córdoba de Sara Sandler, y yo estaba en mi agencia recibiendo a dos viejos. No había nada raro o anormal en su aspecto, pero su manera de moverse y hablar era demasiado controlada, como si todo el tiempo estuvieran atentos a los efectos que su presencia podía generar. Esperaba encontrarme con un par de padres apesadumbrados por la desaparición de su hijo y la muerte de su nuera (o la novia, o pareja del hijo). Después de hacerlos pasar, el hombre se quedó mirando el Dauphine como si estuviera evaluando un auto para comprarlo. La mujer pasó directamente a sentarse delante de mi escritorio.
Estaba desconcertado. Rújale era quien recibía a la gente, pero es mañana había salido temprano con el diario debajo del brazo. No había querido decírmelo, pero estaba buscando departamento para mudarse con el orate. Me sentía doblemente abandonado: mi hija se iba de casa otra vez, y además tenía que hacerme cargo de atender a dos personas extrañas.
 No sabiendo como iniciar una charla con la mujer me acerqué al marido que orbitaba alrededor de mi auto. Empezó a hablarme como si continuara una conversación interrumpida.
—Una belleza de línea, lastima que las leyes argentinas hicieron que le agregaran un paragolpes que no comulga con el resto del diseño.
No supe que contestarle, así que se sintió libre para seguir con su discurso.
—La carrocería es impecable, pero usted no ignora que el motor trasero fue una elección problemática —el hombre hablaba como si tuviera una audiencia deseosa de absorber su conocimiento—, sin duda se gana espacio al eliminar la transmisión. La distribución del peso lo hacía muy inestable en curvas...
—¡Adalberto!
La mujer empezaba a incomodarse aunque lo quisiera disimular. Sin embargo el hombre seguía dando cátedra.
—...si no se ponía una cantidad de equipaje que equilibrara,  podía desviarse fácilmente. En España lo llamaron "el fabricante de viudas"...
—¡Adalberto, acá!
No llegó a ser un grito ni una orden, pero el viejo inmediatamente se calló y fue directamente a sentarse al lado de su esposa. Yo caminé detrás de él con una visible incomodidad. La mujer extendió su mano hacia la mía. Contesté el saludo. La manera en que la señora apretaba la mano era firme y estudiada. Afirmaba quién estaba a cargo.
—Ingrid. Encantada.
—Baigorria. ¿En qué puedo ayudarlos?
Retiré la mano lo más rápido que pude y fui a refugiarme detrás de mi escritorio. Ingrid tomó la iniciativa mientras Adalberto se acomodaba en la silla.
—Usted ya debe saber quienes somos.
—En realidad Gómez no me dijo...
—Así que es vital que usted se maneje con la mayor discreción posible. Por el tipo de trabajo que hacemos no necesitamos nuestro nombre en los diarios.
Tenía delante mío una mujer que disfrutaba de ponerse en escena. Imaginé que su cabeza estaba llena de imágenes de Joan Collins haciendo de Alexis en Dinastía. La escena me perturbaba. Pero no por asistir al espectáculo alucinado y egocéntrico de Ingrid. Joan Collins me recordaba a Sara. Sara tenía como Joan, el pelo muy oscuro, la piel blanca y los ojos azules. Además, los últimos momentos de vida feliz en familia, estaban ligados a Sara mirando Dinastía a las carcajadas, burlándose la trama ridícula. Generalmente después organizaba una representación del capítulo junto con Ariel, Raquel y yo.
Ingrid me devolvió a la realidad
—¿Me está prestando atención?
—Por supuesto.
La mujer siguió con un relato lleno de glorias reales o imaginarias, que no me interesaba en absoluto.  En el amasijo de palabras que iba soltando, se mezclaban sus ancestros austriacos, su infancia en una colonia rural de la pampa gringa, su brillante paso por la facultad de Ciencias Económicas, la gran familia que había formado con Adalberto , y su fugaz pero rutilante paso por la política municipal, desempeñándose en el Concejo Deliberante durante la intendencia de Luis Juez.
Ahí me di cuenta de por donde podía venir el vínculo con Gómez.
Harto de la palabrería insustancial, del recuerdo de Sara, y como si fuera poco, con algo de hambre, decidí tomar las riendas de la entrevista. Me puse de pie y coloqué los puños cerrados sobre el escritorio, con mis brazos extendidos, tratando de lucir músculo. Alcancé por el ventanal a Raquel que pasaba de regreso.
—Señores, ¿qué necesitan de mí concretamente?
El viejo habló, tímido y alterado.
—Por favor, encuentrenos a Bertito. Estaba en Capilla del Monte con esa infeliz, y hace días que no sabemos nada de él.
La vieja lo fulminó con la mirada. Adalberto se calló y ella pudo seguir a cargo del asunto.
—Adalberto hijo no heredó nuestro temperamento. Se dejaba fascinar por cualquier trolita que pasaba por la vereda, y tenía una debilidad especial por las hippies pata sucia. Hace unos meses se fueron a una comunidad a Capilla o a San Marcos, para aprender a "respirar" —Ingrid empezaba a perder la compostura—, como si el par de pelotudos no supieran respirar automáticamente desde el nacimiento. Al principio la comunicación era regular. Hablaba cada vez que se les acababa la plata. Pero hace dos semanas que no tenemos noticias.
—Si tenemos noticias —interrumpió Adalberto—, ahí la tenés a la pobre Maribel en la Morgue.
—Mirá, ni siquiera registré que tenía nombre.
Mientras dijo esto último, la mujer se fue poniendo de pie, y se puso a revolver la cartera. Finalmente sacó un sobre y lo puso sobre el escritorio.
—De acuerdo a lo que me comentó Gómez, esto debe alcanzarle para sus honorarios y una semana en Capilla del Monte. Adentro hay una ficha con los datos para encontrarnos en cuanto tenga alguna información. Y si necesito ponerme en contacto, Gómez ya me pasó su celular.
Sin esperar a que le dijera que tomaba el caso, Ingrid se dirigió a la puerta. Adalberto saltó de la silla como un resorte y la siguió. Apenas salieron espié el sobre. Era una cantidad obscena de billetes de cien.
Me puse a pensar si tomaba el caso o no, cuando sentí el ruido de la puerta. Raquel se asomaba con el termo y el mate. Asomando medio cuerpo me habló:
—Vení a tomar algo así se te pasa la cara de pasmado.
La seguí hasta la cocina. Raquelita me cebó un mate. Cuando me lo puso delante mío, hizo una sonrisa socarrona y me soltó:
—Me parece que ya deberías dejar de hacer el gesto "portación de brazos" en el escritorio. Parecías un viejo patético.



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—Vamos a armar la agencia...
—¡Epa! ¿Y este giro copernicano?— interrumpí.
Raquel extendió su mano hacia adelante indicando que me callara.
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—¿Te molesta hacer una pataleta, o concluir que tiraste la plata yendo a terapia?
—Callate y escuchá.
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—Divertículos y hernia de hiato. Una carajada mirá. Si tengo que seguir comiendo puré de calabaza, voy a agarrar la reglamentaria y salgo a matar verduleros. Pasando a otra cosa, ¿te fueron a ver los viejos?
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