Ir al contenido principal

Erk (cap. 2)

Pero no les he contado como he llegado a ser un investigador privado.
Cuando le expliqué a Rújale cuales eran mis planes estuvo dos semanas sin apenas hablarme. El bodoque que tiene de novio, de vez en cuando hacía algún gesto a espaldas de mi hija tratando de hacerme entender que estaba enojada. Al muchacho no he logrado respetarlo pero hago el intento para no hacer que la relación con Raquel se ponga más tensa.
Pasados diecisiete días de ley de hielo, se sentó a desayunar conmigo.
—Vamos a armar la agencia...
—¡Epa! ¿Y este giro copernicano?— interrumpí.
Raquel extendió su mano hacia adelante indicando que me callara.
—Esperá y dejame hablar. Llevo demasiado tiempo y dinero gastado en psicoterapia como para permitirme una pataleta.
—¿Te molesta hacer una pataleta, o concluir que tiraste la plata yendo a terapia?
—Callate y escuchá.
La expresión dejaba claro que no tenía que interrumpirla más, y mucho menos tratar de hacerme el ingenioso.
—Vos ya estás viejo para andar haciendo pavadas, pero tampoco me gusta la idea que sigas trabajando de noche en el tema de la vigilancia. Yo por mi parte estoy en un momento de inflexión. En mi trabajo no voy a avanzar más allá de donde estoy. Soy una mujer de casi treinta, que vive con su padre y tiene un novio que nunca propone nada que lo saque del statu quo.  Si sigo así se me va a reventar la cabeza.
—¿Entonces?
—Entonces pensé: "O sigo como una boluda dando vueltas sobre lo mismo o doy un salto hacia adelante".
—¿Y eso sería?
—Dejo lo que estoy haciendo, y apuesto mis ahorros a tu idea de trabajar como investigador. Pero yo te administro. De paso, podemos poner en práctica eso de pasar "un tiempo significativo padre-hija"
Me quedé pensando. Raquel había hecho una movida arriesgada: se había salido del papel de hija cascarrabias, y de paso me reclamaba todas mis fallas como padre. Pero a la vez me tendía una mano para el proyecto. Como tardaba en contestar, ella rompió el silencio.
—¿Y?
—Acepto.

Los días que siguieron fueron de una actividad inusitada. Rújale se mostraba como una jefa afectuosa pero exigente. La puesta en marcha del proyecto incluyó una importante cantidad de discusiones donde ella terminaba imponiendo su criterio, a fuerza de exponer argumentos sólidos y consistentes. Lo más difícil fue sacrificar el galpón. Para hacer una oficina presentable y atractiva tuve que deshacerme de la mayoría de las herramientas. El Dauphine, por suerte no fue expulsado, porque según les pareció a Raquel y al orate, servía como elemento de decoración "vintage"
Los primeros casos fueron sencillos. Esposas que querían saber si sus maridos las engañaban. Raquel las recibía y las consolaba. Interrogaba los más relevante, y después me derivaba la tarea del seguimiento del comportamiento del supuesto infiel.
Las clientas empezaron a llover. Se pasaban el dato unas a otras. La mayor cantidad de veces los hombre no tenían otras mujeres sino algún entretenimiento vergonzante (generalmente cabinas de porno) o estaban aburridos de su matrimonio y salían a pasar las horas perdidas en bares o billares.
Raquel resultó ser una encargada de negocio inteligente y hábil para escuchar a las clientas. Al final pagaban contentas, no tanto por salir de la incertidumbre sobre el comportamiento de sus parejas sino por que habían podido hablar con alguien.
Los días pasaban de manera amable. El trabajo fácil y rendía buen dinero, y Raquel estaba de buen humor la mayoría de los días. Así seguimos durante unos tres meses. Pasado el verano empecé a notarla taciturna. No había perdido la afabilidad hacia las clientas, pero no se comunicaba más de lo indispensable con el novio y conmigo.
Una mañana en el desayuno volvió a patear el tablero.
—Antes que empieces a imaginar cualquier cosa, los últimos quince días tuve un atraso.
Se me atragantó la tostada. No terminaba de entender que sentimiento tenía.
—No se te ocurra tener ninguna reacción— continuó— No estoy ni estuve embarazada. Pero me quedé pensando en la posibilidad.
Intenté acercarme para hacerle algún cariño, pero no me dio la posibilidad. Se puso de pie con la taza de café en la mano y fue a apoyarse en la mesada de la cocina.
—La agencia funciona. Para mi es un alivio ver que pude salir de una situación de estancamiento con el trabajo. Y encima me llevo aproximadamente bien con vos. Así que me empiezan a saltar otras cuestiones que tenía tapadas por lo más urgente.
—¿Qué serían?
—Yo se que pensás que Enzo es un estúpido, pero lo quiero. Y ya tenemos edad suficiente para dar un paso adelante en la relación.
Esa si que no me la esperaba. Cuando empezaba a convivir de una manera sana con mi hija, se instalaba la posibilidad de que se fuera a vivir con el imbécil. Debo haber puesto una expresión de desazón enorme porque se apuro a decirme:
—No voy a irme inmediatamente. Con Enzo recién empezamos a conversarlo. Pero no me parece justo tomar una decisión y que vos seas el último en enterarte.
Traté de mostrar entereza.
—Hija mía, lo que decidas para mí va estar bien.
—Menos mal, ya tenía bastante con la visita de mamá como para tener que tenerte en contra en este otro asunto.
Me quedé helado. Raquel se dio cuenta de lo que había hecho.
—Perdoname, se me escapó. No tenía pensado decirtelo todavía.
—¿Cuando llega tu madre?
—En una semana.
Después de todo este tiempo, Sara Sandler volvía. Eso no podía significar más que incomodidad, dolor y reproches. Todo merecido.
A medida que descontaba los días que faltaban para su llegada mi malestar aumentaba. Me distraía leyendo el diario. Una pareja había desaparecido en Capilla del Monte, y los lugareños hacía comentarios e hipótesis completamente dementes que incluían extraterrestres y fuerzas telúricas. El tema me pareció divertido hasta que la chica apareció muerta. Al día siguiente Gomez me llamó por teléfono y me dijo que me iba a mandar a los padres del muchacho. Le consulté cuando pensaban venir. Me dijo una fecha e inmediatamente le contesté que sí, que vinieran.
Mejor si me mantenía ocupado mientras Raquel iba a recibir a su madre.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Erk (Baigorria 2) (Cap. 1)

Un cuerpo. A primera vista uno no llega a darse cuenta de que está delante de un cadáver. No piensa en la muerte y en la descomposición. Lo que era un sistema autónomo, colapsa, se entrega a las leyes de la física y la química, Las membranas estallan, los líquidos se escurren, Otros seres vivos, que están allí adentro aunque tratemos de olvidarlo,  toman el control. Esto no es un asunto que le interese ya al muerto, pero a los vivos sí, y han desarrollado una cantidad de estrategias para disimular la decadencia.
Esto ya lo sabían los antiguos egipcios. Aunque pensamos que muy poco de ellos ha quedado entre nosotros, basta con asomarse a una funeraria para darse cuenta lo equivocados que estamos. La delicada conversación sobre la necesidad de quebrarle las articulaciones a una señora judía, que por error prepararon con las manos cruzadas, o la prudencia de esconder los olores y los fluidos, nos trasladan inmediatamente a la devoción que la humanidad tuvo alguna vez hacia las momias. Ot…

Erk (cap. 4)

Otra vez tenía que salir del barrio. Y otra vez era Gómez el que me había puesto en el camino. Antes de hacer algún movimiento, tenía que preguntarle por el lado B del extraño par de viejos que había pasado por la oficina.
Llamé a la comisaría pero me dijeron que Gómez estaba con carpeta médica. Tuve que contactarlo al celular.
—¿Adonde te metiste negro botón?
—¡Hola Betito! El gusto de escucharte. ¿En qué te puedo ayudar?
—Che, una cosa es que hayamos limado asperezas, y otra muy distinta es ser meloso.
—Bueno, gringo puto, ¿qué mierda querés?
—¿Ves? Ese es el Gómez que me inspira confianza. ¿Qué te anda pasando que estás en tu casa?
—Divertículos y hernia de hiato. Una carajada mirá. Si tengo que seguir comiendo puré de calabaza, voy a agarrar la reglamentaria y salgo a matar verduleros. Pasando a otra cosa, ¿te fueron a ver los viejos?
—Por eso te llamaba justamente...
—Ojo que pueden parecer guita fácil, pero son más peligrosos que el cheto aquel que trompeamos el año pasado en Al…