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Erk (Baigorria 2) (Cap. 1)

Un cuerpo. A primera vista uno no llega a darse cuenta de que está delante de un cadáver. No piensa en la muerte y en la descomposición. Lo que era un sistema autónomo, colapsa, se entrega a las leyes de la física y la química, Las membranas estallan, los líquidos se escurren, Otros seres vivos, que están allí adentro aunque tratemos de olvidarlo,  toman el control. Esto no es un asunto que le interese ya al muerto, pero a los vivos sí, y han desarrollado una cantidad de estrategias para disimular la decadencia.
Esto ya lo sabían los antiguos egipcios. Aunque pensamos que muy poco de ellos ha quedado entre nosotros, basta con asomarse a una funeraria para darse cuenta lo equivocados que estamos. La delicada conversación sobre la necesidad de quebrarle las articulaciones a una señora judía, que por error prepararon con las manos cruzadas, o la prudencia de esconder los olores y los fluidos, nos trasladan inmediatamente a la devoción que la humanidad tuvo alguna vez hacia las momias. Otros dignos herederos de los egipcios son los cirujanos plásticos. Pero ese no es el tema del que quería hablar.
Una persona que muere en un hospital resulta en un cadáver bastante previsible. La mayoría de las veces es un despojo cansado, apaleado, maltratado por los intentos numerosos de evitar la muerte. Los que mueren en lugares públicos, asaltados por un infarto o un accidente cerebral parecen en cambio una estatua de cera que congela el momento de agonía, el gesto dolorido. Días atrás los diarios comentaban la noticia de que en Francia habían aparecido los cadáveres de dos viandantes que yacían a la madrugada en un jardín,  sobre la mesa de su cena estival. Después de muchas elucubraciones por parte de los vecinos, los forenses concluyeron que el más viejo y gordo de ellos se había ahogado con comida. y el más jóven se había infartado al ver la muerte de su amigo. Apenas otra muerte trivial, sin demasiado que ofrecer a los habituales y malpensantes vecinos. Los cuerpos tirados en los parques son un tema completamente distinto.
Conjuran las peores fantasías. Los abusos, las violaciones, las venganzas, la prostitución vergonzante y furtiva. Las dobles vidas. Todos son contextos posibles en la imaginación de la gente. Los timoratos con vidas poco interesantes celebran discretamente la aparición de estos cadáveres, que de algún modo les permiten justificar sus existencias grises y romas: —Eso nunca va a pasarme a mí— piensan mientras miran con asco al muerto. Y siguen cons sus vidas comunes y corrientes.
Un cuerpo tirado en la madrugada de un lunes en la base del cerro Uritorco, en cambio, produce la incomodidad del absurdo. Sobre todo si no es un expedicionista perdido, o alguna víctima de esa nueva forma de imbecilidad llamada “deportes extremos”. Una chica cualquiera, profesional, con una vida común y buena ropa aparece muerta. La noticia sale en los diarios y todos tratamos de olvidarla rapidamente, para que su extrañeza no interfiera con la tranquilidad de lo previsible.
Esto no debiera afectarme porque no voy seguido a Capilla del Monte. Nunca encontré interesante un pueblo cuyo movimiento turístico se sostiene en una piedra con forma de zapato y la creencia en los platos voladores. Pero como le pasaba a Mahoma, a veces la montaña viene donde uno está; y no es que el cerro Uritorco se hubiera trasladado a mi oficina de barrio Pueyrredón, sino que un pobre par de viejos vienieron a pedirme que investigara una desaparición.  Apenas abrí la puerta me cayeron mal. La cara de desesperación era un poco impostada, y además empezaron elogiandome de una manera exagerada, para inmediatamente invocar como referencia el nombre de Gomez. No los eché inmediatamente porque ya no soy el dueño de mi agencia. Rújale es quien ahora se ocupa de administrar el emprendimiento. Y es una jefa bastante difícil.
Así que no tuve más remedio que escucharlos. No tendría que haberlo hecho.




Si les interesara conocer la anterior aventura de Baigorria, deberían empezar por aquí.

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—Esperá y dejame hablar. Llevo demasiado tiempo y dinero gastado en psicoterapia como para permitirme una pataleta.
—¿Te molesta hacer una pataleta, o concluir que tiraste la plata yendo a terapia?
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—Che, una cosa es que hayamos limado asperezas, y otra muy distinta es ser meloso.
—Bueno, gringo puto, ¿qué mierda querés?
—¿Ves? Ese es el Gómez que me inspira confianza. ¿Qué te anda pasando que estás en tu casa?
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